Pero esa fe, cuyo contenido se expresa como propuesta de sentido, no sería posible sin la historia, aunque la fe no es solo historia. Como dijo el Papa el viernes pasado en la Catedral del Espíritu Santo de Estambul, «la historia que nos antecede no es simplemente para recordar y después archivar en un pasado glorioso, mientras observamos resignados cómo la Iglesia católica se ha reducido numéricamente». El motivo por el que el Papa viaja a Turquía y al Líbano es el 1700 aniversario del Concilio ecuménico de Nicea, «cimiento en el camino de la Iglesia y de la humanidad entera» como escribiera el Papa Francisco. Hablar de Nicea implica referirnos a, como ha dicho León XIV, «la esencialidad de la fe cristiana entorno a la centralidad de Cristo y a la Tradición de la Iglesia».
Volver a plantear en qué consiste la esencia del cristianismo, ser cristiano, y qué consecuencias tiene para la vida de las personas. El ser antes que el hacer; la identidad que fecunda la diversidad. Nicea no se entendería sin el proceso de Arrio, que se debió de la fe verdadera. Nicea no se entendería sin los defensores de la fe. Atanasio años después escribió: «He sabido que no sólo os entristece mi exilio, sino sobre todo el hecho de que los otros, es decir los arrianos, se han apoderado de los templos por la violencia y entre tanto vosotros habéis sido expulsados de esos lugares. Ellos, entonces, poseen los templos. Vosotros, en cambio, la tradición de la fe apostólica». Y Nicea no hubiera sido posible sin el emperador Constantino.