En Boscoreale, a un paso de las ruinas de Pompeya, un congreso multidisciplinar ha intentado cerrar el debate. Filólogos, arqueólogos, geólogos, paleoclimatólogos y otros especialistas de diversos países han revisado de manera conjunta el origen de cada evidencia, los errores de transmisión y los sesgos acumulados. El resultado, según el consenso expresado en las sesiones, vuelve a colocar la aguja en el mismo punto donde Plinio la dejó: el 24 de agosto. La novedad no es solo la fecha, sino el método: la decisión de cruzar textos antiguos, procesos estratigráficos, arqueobotánica y paleoclima para evitar que un dato aislado -una moneda, un grafiti, frutos secos- desequilibre la interpretación global.
Plinio, los copistas y la «invención» del otoño
La carta de Plinio el Joven a Tácito es el testimonio más preciso que conservamos sobre la erupción. Escrita unas tres décadas después, sitúa el desastre el 24 de agosto («nonum kalendas Septembres»). Durante siglos nadie lo discutió. Todo cambió cuando, en la tradición manuscrita medieval, aparecieron variantes con numerales alterados que empujaban la fecha hacia octubre o noviembre. Algunas ediciones impresas del siglo XV reactivaron esos errores, y la idea de una «erupción otoñal» arraigó por acumulación, no por nueva evidencia.
El filólogo Pedar Foss, tras nueve años de estudio, reconstruyó en Boscoreale la cadena completa de esos errores: cómo ciertos copistas confundieron abreviaturas, cómo editores del Renacimiento interpretaron lagunas del texto como si indicaran meses, y cómo esa bola de nieve de algunos textos terminó generando hasta cinco fechas diferentes en la bibliografía moderna. Su conclusión es clara: los códices de mayor calidad sostienen sin ambigüedad el 24 de agosto.
A ello se sumó la arqueóloga Helga Di Giuseppe, organizadora científica del congreso. Su revisión de las supuestas «pruebas otoñales» fue demoledora, en particular sobre dos puntos: por un lado, la moneda citada durante años como argumento de peso había sido mal leída; por otro, la inscripción a carboncillo, presentada en su momento como hallazgo clave, no aporta ninguna pista fiable sobre cuándo se escribió. Otros indicios, como ciertos frutos o grafitis, «no permiten fijar con certeza una fecha distinta y, en ningún caso, desplazar la de Plinio». El congreso dio así por cerradas las alternativas del 24 de octubre y del 23 de noviembre, consideradas producto de errores acumulados en la tradición escrita.
El «otoño romano»: agosto podía parecer frío
El mayor giro de Boscoreale vino del clima. La fecha del 24 de octubre se fijó en buena parte porque en Pompeya aparecieron frutos secos o productos almacenados que hoy asociamos al final del otoño. Además, algunas víctimas vestían ropas de lana más propias de una estación fría. La aclaración llegó de los paleoclimatólogos: en el siglo I, debido a variaciones astronómicas y a un régimen estacional distinto del actual, el «otoño romano» empezaba antes. Lo que hoy consideramos pleno verano podía vivirse como el inicio del otoño: noches frescas, cambios de luz, cosechas escalonadas.
«La erupción fue en otoño, eso es seguro; fue el 24 de agosto, el otoño del 79 d.C. según Plinio»
Helga Di Giuseppe
Arqueóloga
De ahí la seguridad con la que habló la arqueóloga Helga Di Giuseppe: «La erupción fue en otoño, eso es seguro; fue el 24 de agosto, el otoño del 79 d.C. según Plinio». Es decir, a ojos romanos, agosto podía «oler a otoño», pero seguía siendo el 24 de agosto.
La aportación valenciana: las excavaciones de Porta Nola
En este punto encaja la investigación del arqueólogo Llorenç Alapont, de la Universidad de Valencia, uno de los trabajos más esperados del congreso. Su equipo ha estudiado en detalle los ropajes de las víctimas halladas en la necrópolis de Porta Nola, comparando las prendas de quienes murieron dentro de las casas y las de quienes fueron alcanzados en la calle. Los resultados muestran una diferencia clara: en el interior predominan túnicas ligeras de uso cotidiano; en el exterior, mantos de lana y prendas más pesadas.
A primera vista, estos abrigos parecían apoyar la idea de una erupción otoñal. Pero tras las discusiones de Boscoreale, su lectura cambió: esas prendas podían deberse tanto a la necesidad de protegerse de la lluvia de cenizas y lapilli como a unas noches más frescas propias del «otoño romano» de finales de agosto.
El propio Alapont subrayó que su estudio continúa y que falta analizar con precisión las fibras y densidades de los tejidos, pero su aportación -vista ahora dentro del marco climático romano y no del nuestro- ya no contradice la fecha de Plinio, sino que contribuye a matizar el contexto en que murieron las víctimas.
Un laboratorio de método para la arqueología
Más allá del calendario, la conferencia ha sido reivindicada por muchos participantes como un «punto de inflexión». Por primera vez, especialistas de disciplinas tan distintas como la numismática, la paleobotánica, la estratigrafía, la filología, la geología y la arqueozoología han discutido juntos un mismo problema.
El director del Parque Arqueológico de Pompeya, Gabriel Zuchtriegel, lo resumió en una frase que sirve como conclusión del congreso: «Pompeya no necesita una nueva fecha; necesita un nuevo método. La ciencia avanza cuando cada disciplina deja de hablar en solitario y empezamos a escuchar lo que dicen juntas el texto, la tierra y los objetos. En esa escucha, no en el calendario, está el verdadero legado del 24 de agosto».