El duelo por las mascotas es un asunto que me obsesiona, pues no hay día en que no piense en que algún día mi perrita Xica morirá. Y cada vez, se me aguan los ojos ante ese abismo de dolor. Pienso, «mi Xiquita algún día morirá» y luego pienso «¿qué voy a hacer entonces?». La pregunta es melodramática pero muy real: no concibo que ese dolor pueda superarse. Por otra parte, la pregunta es retórica, porque sé exactamente lo que voy a hacer después de que Xica se muera: adoptar otro perro.
Esta idea genera rechazo. Pareciera insinuar que un perro puede remplazar a otro. Sería una traición insoportable, como casarse un mes después de enviudar. Sin embargo, con los perros es distinto. Su tiempo de vida es tan terriblemente breve comparado con el de los humanos que la existencia, gracias a estos pequeños dioses peludos, se parcela con la promesa de varios comienzos.
Fue un libro escrito como respuesta a la muerte de su perro Argos
El mejor alivio para el duelo por un perro es tener otro perro porque no hay dolor que se resista al amor de un perro. Así de simple. El problema es que ese nuevo perro también morirá y la idea de pasar otra vez por esa experiencia lleva a algunos a decidir, o a decir, que no tendrán otro jamás.
A primera vista, luce comprensible: ¿quién, en su sano juicio, accedería voluntariamente a participar en ese ciclo de dolor? Sin embargo, ese razonamiento no resiste mucho análisis. Y la causa es que, como suele suceder con los seres humanos, ponemos todo en la balanza de nuestras emociones, en especial de las negativas, y solo pensamos en cómo nosotros vamos a quedar devastados por la eventual pérdida.
Cuando la verdadera pregunta que te hace Dios a través de un perro es: ¿estás dispuesto a recibir un amor sin medida? ¿Te atreverás a amar por completo, con todas las garantías, sin otro miedo o desagravio que los que nos da siempre el azar, la enfermedad y la muerte? Ese es el enigma y el reto que los perros plantean a los seres humanos, porque una vez que se ama no hay forma de dejar de amar.
El objeto (el sujeto) del amor puede morir, puede abandonarnos o hacernos renegar de todo lo que alguna vez veneramos, pero el amor en sí no desaparecerá. Eso fue, según la leyenda, lo que la madre Teresa de Calcuta le preguntó a Facundo Cabral después de que el cantautor perdiera a su esposa y a su hija en un accidente de avión: ¿Y ahora qué vas a hacer con todo ese amor? Los perros tienen la respuesta: pongo mi amor en el presente, en ti que ahora estás frente a mí y me amas.
Por supuesto, los perros también pueden morir de tristeza. Después de tantos siglos de convivencia, era inevitable que mordieran la manzana melancólica de nuestra condición. Pero se recuperan más rápido. Al menos, esa la impresión que tenemos. Olvidamos que un par de meses, en su mundo, son años para nosotros. Algo podríamos aprender también de esa pureza, de esa fugacidad.