El mayor misterio es el tiempo

Recuerdo cuando mis abuelos entraron en esa etapa de la vida de donde no se vuelve. Mi padre, su hijo, sabía que se iban a morir, que las cosas solo podían ir a peor, que solo era cuestión de tiempo. Lo tenía asumido. A veces, pensaba que eso sería lo mejor, una liberación para todos. Porque a menudo, lo peor no es la muerte, sino todo lo que la precede.

Recuerdo cuando mi padre empezó a hacer de padre de sus padres. Los cuidaba, se hizo cargo de todas sus necesidades, tenía miedo a cada llamada inesperada, y también se sentía culpable por el tiempo que no estaba con ellos.

Recuerdo el fin de semana antes de que ingresaran en la residencia. Mi abuelo me acarició la mano y me miró con miedo y cierta ternura. Entonces supe que era el final. Esa mirada se me quedó grabada. Mi padre quería que se murieran y a la vez no. Eran sus padres y quería que siguieran a su lado, llamarlos y que fueran ellos los que respondieran al otro lado del teléfono, saber que estaban ahí, que seguían en el mismo mundo, aunque también sabía que hacía tiempo que habían dejado de estarlo.

Si uno ha tenido una vida más o menos amable, los recuerdos deben ser un agradable refugio cuando el final de esta se acerca

Y de eso hablan ‘Amor’, de Michael Haneke, y ‘Vortex’, de Gaspar Noé. El final de la vida con toda su crudeza. Pocas películas (al menos que yo recuerde o haya visto) han reflejado con tanta verdad todo lo que implica morir y ver morir a quien amas, cómo el tiempo lo destruye todo. Sin florituras ni buenismos absurdos, en ambas películas están todas las miserias y la generosidad que puede haber en ese final: el miedo, el dolor, la soledad, el egoísmo, el engaño y su posible conveniencia, la desesperanza, la impotencia, la pérdida y también el amor por encima de todo.

Pero antes de esa etapa final está el recuerdo, la memoria. Sentir el paso del tiempo. Hace unos años, no recuerdo exactamente cómo ni dónde, en una entrevista, Almodóvar dijo que lo que más amaba eran sus recuerdos, que ese era el lugar donde le gustaría quedarse. Es una idea que se quedó conmigo y que últimamente he recordado por distintos motivos.

Si uno ha tenido una vida más o menos amable, con los momentos buenos y malos que hay en toda vida que no puede decirse desdichada, los recuerdos deben ser un agradable refugio cuando el final de esta se acerca. De eso trata esa inolvidable película de Ingmar Bergman llamada ‘Fresas salvajes’. El protagonista —un profesor de física de setenta y largos años— emprende un viaje a su ciudad natal para recibir un homenaje de su universidad.

A partir de ese viaje, hará repaso a toda su vida: sus recuerdos de infancia y juventud, las personas que formaron parte de ella, sus ilusiones y frustraciones, sus alegrías y tristezas secretas, lo que un día fue y ya no es, todo cuanto vivió y morirá con él. ‘Fresas salvajes’ es una película demoledora, pero también hermosa. En ella está todo lo bello y lo triste de la vida, la tristeza de su término y también la felicidad que puede haber en ella. Pero no hace falta llegar al final de la vida para sentir pasar el tiempo y querer girar la vista atrás.

El tiempo siempre avanza y nunca se detiene. Basta con tener cierta experiencia de vida para que un día nos encontremos preguntándonos quiénes fuimos años atrás, por qué cambiamos, qué nos pasó, quién somos ahora, con quién de todas esas personas que una vez fuimos nos gustaría quedarnos, quién se parece más a lo que nos gustaría ser, quién seremos mañana.

De golpe

En la segunda temporada de la serie ‘La ruta’ (que se estrenó recientemente en Atresplayer), tras muchos años sin verse, un personaje le pregunta a otro que qué piensa cuando mira sus fotos, y este último le responde: «Es como si hubieras sido varias personas distintas».

Me conmueve ‘La Ruta’, creada por Borja Soler y Roberto Martín Maiztegui (como también lo hizo ‘Los años nuevos’, la última serie de Rodrigo Sorogoyen creada junto a Paula Fabra y Sara Cano), porque en el fondo habla de eso, del paso del tiempo, de lo que éste hace con nosotros, de las personas que se van y las que se quedan, de cómo cambiamos con él, a veces de golpe, porque algo nos sucede, y otras sin darnos cuenta, simplemente porque la vida es así, un día dejas de ser lo que fuiste, eres y no eres la misma, hay cosas que se esfuman por algún lado y otras que siempre permanecen. «El tiempo lo cura todo, excepto las heridas», escribió Cristina Rivera Garza al inicio de ‘El invencible verano de Liliana’ citando un extracto de ‘Sans soleil’, de Chris Marker.

Pienso en estas películas y en estas series y me acuerdo de aquello que escribió Manuel Jabois en ‘Mirafiori’: «Que el mayor misterio es el tiempo: el tiempo lo salva y lo destruye todo». Y pienso que ese misterio se seguirá repitiendo y seguirá emocionando a quienes nos sustituyan cuando hayamos muerto y también lo reconozcan en sus pantallas.

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