Salvador Gavira sueña con el espíritu sacramental de los toros, con esa primitiva esencia entre lo osado y la locura de aquel que entre corduras sabe que eso de ser ganadero sólo se sobrelleva a base de ingenio sobre la locura. Porque criar toros sólo puede ser cosa de locos, y lo verdaderamente peligroso es estar demasiado cuerdo. No se trata de buscar bravos con los ojos verdes, como Fernando Villalón, que aquello no era otra cosa sino un invento de muchos, ni siquiera de la punta de los pitones verdosos, lo cual podría tener su gracia, pero que no deja de ser una pantomima literaria.
Lo que de verdad buscaba el ingenioso Villalón (aquel esotérico poeta), era un toro tan manso que no hubiera diestro que se pusiera delante y menos para tocarle los pitones, y lo encontró, pues a sus toros no los querían ni Joselito ni Belmonte. Por eso, el toro de Gavira, sí lo podemos entender como lo que uno ansía, y a través de sapiencia y desazón, encuentra reencarnado en la fijeza y la clase de sus embestidas. Se exige un romanticismo en ese andar por la dehesa cuando entre lo salvaje y lo anárquico encontramos la fidelidad de un ganadero que, heredero de su abuelo y también de su padre, el aquel añorado Antonio Gavira, se ha hecho entre acebuches y alcornoques para encontrar en esa finca de Vegablanquilla, a un toro que encierra en sus ojos la idiosincrasia de este Salvador que sólo podría ser lo que es… ganadero. Hijo pues de ese lado que no se ve pero se siente cuando de sol a luna, uno sólo sabe vivir por ese amor hacia el toro bravo, y que en camas de paja y sin el pajar techao, reza con esa fe en las embestidas de unos toros que por nobleza piden estar en las ferias importantes.