Unos minutos antes de las 11.30, la hora prevista para la celebración de la eucaristía, la cola de curiosos, devotos, hermanos y fieles rebasaba el atrio y se enroscaba junto al Arco, pero imprimieron tal celeridad -después de repetidos avisos de silencio- a la fila que la misa empezó a su hora.
El salesiano Eusebio López Rubio arrancó dejando claro que el acto litúrgico era «lo más grande que puede hacer un cristiano» por si había algún despistado sentado en los bancos aprovechando para fijar la mirada todo el tiempo en la Virgen, no sin antes encarecer vivamente «respeto y cariño para que salga como tiene que salir».
Sus 55 años de sacerdocio le avalan. «Por lo menos, respeto no sólo a Ella [señalando a la Esperanza, a su espalda] sino a mi persona, porque estoy en lugar de Jesús», dijo allanando la explicación de que el sacerdote actúa 'in persona Christi' durante diversas fases de la misa.
La admonición (puesto que eso fue) de entrada dio su fruto y se vivió el sacramento sin ruidos -más allá de los clásicos pitidos de un teléfono portátil de costumbre- ni distracciones. El pueblo se centró en lo que estaba celebrando y, por si hiciera falta, los empleados de la hermandad advirtieron que no se grabara ni fotografiara hasta el final de la ceremonia, lo que este cronista cumplió a rajatabla, por supuesto.
En media hora y algunos minutos estaba despachada la solemnidad del Bautista con sus dos lecturas y su salmo responsorial que no había manera de saber cuándo tocaba responder porque el lector no levantaba la vista ni hacía inflexión de la voz. Pero bueno, la prosodia era la correcta aunque no hubiera estado de más ajustar el micro direccional antes de empezar.
Sin homilía pero con prédica antes de la comunión
Don Eusebio no hizo homilía y eso que algunos se sentaron tras la proclamación del Evangelio esperando alguna palabra sobre el santo del día. Pero había que cumplir el horario. En su lugar, aprovechó el fin de la plegaria eucarística, antes del padrenuestro, para hacer memoria de San Juan de la Palma: «Cada uno está llamado a llevar a los hermanos por los caminos del Señor, para llegar a su Madre y a Cristo, no a nosotros», referencia a la predicación del Bautista, de quien destacó que es, junto con la Virgen, el único santo del que la Iglesia «celebra su cumple». También es de los pocos que tienen víspera y, todavía más escasos, de los que se celebran dos fechas en el santoral: su natividad y su degollación.
La prédica de verdad vino antes de la comunión, cuando explicó que deberían comulgar «los que estéis preparados, los que seáis verdaderos creyentes, los que valoráis la eucaristía y sois auténticos, verdaderos, lógicos, porque si no soy, no puedo ser». El mismo replicó el trabalenguas: «¿Me habéis entendido perfectamente? Es un don que me ha concedido Dios».
Y a fe que debieron de entender lo que quería decir, que no es otra cosa que lo que dicta la Santa Madre Iglesia. Desde luego, fueron a comulgar muchos más de los que se habían arrodillado en la consagración (en torno a un 40% permaneció de pie) y bastantes más de la veintena que se levantó en el momento de la reserva en el sagrario.
En lo tocante a la celebración, el oficiante resultó algo grandilocuente y ampuloso tanto en la presentación de las ofrendas como cuando se volvió dramáticamente hacia el Señor de la Sentencia mientras rezaba el padrenuestro.
La misa concluyó con el ángelus y la jaculatoria macarena antes de que el celebrante felicitara a todos los que llevan por nombre Juan y a todos los presentes por su excelente comportamiento: «Gracias a todos, sois los mejores».
Y a renglón seguido, se llevaron el altar portátil a otra parte (¿tal vez por eso no había velas?) para reanudar la «visita» a la Virgen ya que en ningún momento se nombró la palabra «veneración» por megafonía. El inevitable runrún seguía creciendo en la fila interminable como si la tormenta de la madrugada pasada todavía no hubiera terminado de descargar del todo.