La vuelta de la Hiniesta Gloriosa y la Cena cierran el Corpus: haced esto en conmemoración suya

Ignacio Liaño Bernal

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Ver el Corpus de vuelta es como comulgar con las manos y regresar a tu sitio en el banco más candente que hay en tu parroquia para volver a ese arte imperfecto que es la genuflexión: tomas el camino más corto, sin hablar con nadie, elevando tu alma al Señor, y esperas a que el organista remate su partitura antes de que todos volvamos a ser meros y humildes servidores, cada uno desde el diván de su pupitre. Hay que tomar y comer todos de Él, porque este es su cuerpo que será entregado por nosotros. Es justo lo que nos recuerda hoy San Mateo, que cuando hagamos oración, decía Jesús, no hablemos mucho como sí hacían los paganos, «que se imaginan que a fuerza de mucho hablar serán escuchados. No los imiten», proseguía. «Porque el Padre sabe lo que les hace falta, antes de que se lo pidan». Así, sin más, queda explicado cómo la ciudad de María Santísima es manifiestamente soberana para cerrar el telón de la solemnidad justo el día en el que más siente que Dios está y estará siempre con ella. «Así que tomad y bebed todos de Él, porque éste es el cáliz de su sangre». Y lo hizo con la última doble participación tras la vuelta de Santa Teresa hacia el Santo Ángel por el 450 aniversario del convento de San José: la de la Hiniesta Gloriosa y la de la Cena. La Sevilla civil y la religiosa amén de la caritativa para poner el broche a una jornada verdaderamente festiva para la capital, sí, pero que invitó a la oración, también. Así que había que hacer esto en conmemoración suya.

Apenas amedrentó el calor el espíritu de quienes se animaron a echarse a las calles a buscar las dos últimas imágenes que iban a ser trasladadas a sus aposentos. San Julián esperaba a la puntual patrona de la corporación municipal, que partió veloz a las 20.00 de la tarde desde la fachada del Ayuntamiento de Sevilla, y los Terceros aguardaba a que llegara el Señor de Sebastián Santos amasando nuestro pan de cada día. Los Ariza comandaron el paso, propiedad de la que pinta de azules Hiniesta cada nube invisible de un Domingo de Ramos, y fascinante fue su discurrir bajo la portada de la capilla de los Marineros, como si la luz añeja de la lámpara del Gran Britz plateara aún más si cabe las sienes de esta imagen letífica que es, lo saben, orgullo de nuestro pueblo. Es ciertamente «de Sevilla patrona y bienhechora», apuntaba desde la frontal, antes de que la imagen gloriosa de San Julián partiera suspirando por murallas y nos dejara en herencia una paleta de azules a su paso siempre alegre. Así se perdía bajo los ecos siempre tan bien hilados por la banda de Mairena del Alcor.

La Cena, con todos sus comensales

Azul era su manto, como los ojos claros de San Mateo en el misterio de la Cena. Se dice que Ortega Bru decidió regalarle ese tono en la mirada al apóstol porque eran las horas postreras del imaginero, y el cielo que el Señor le tenía prometido lo tenía tan sólo a un gubiazo de distancia. Por eso Jesús busca el cielo de Sevilla. Abelardo convocaba a los músicos de las Cigarreras en el Palacio Arzobispal y ellos que iban raudos a ver si aún no lo habían traicionado por las treinta monedas que aún recontaba por si acaso el infame de Judas Iscariote. Sonaba 'Eucaristía', y lo hacía como si fuera la calle Sol, el astro que ilumina la espalda de quien nos enseña cada día con su Humildad y su Paciencia que no naufraguemos en ningún Subterráneo. Salía imponente y al completo el misterio de caoba en conmemoración del 475 aniversario del origen de la cofradía. Para cuando Sevilla iba recolocándose bajo el crepúsculo, Cigarreras enlazaba la tetralogía de los juicios del Hijo de Dios, obra del prolífico músico Cristóbal López Gándara. Probablemente nadie habrá hecho una chicotá en menos tiempo ni espacio dejando a su paso a tanta belleza. Alcanzaban el tiempo y la noche, porque nadie quiso perderse la última Cena del Señor según la entiende la ciudad, sabedora de que estaban a punto de ajusticiarlo en Molviedro, en Santiago, en la Macarena. Donde sea. Y uno se detenía a ver los labios semicerrados que talló Sebastián Santos, que parecían elevar la copa a la hora definitiva y contar a viva voz que aquello era, acabada la Cena, «sangre de la alianza nueva y eterna que será derramada por vosotros y por todos los hombres. Para el perdón de los pecados». Haced esto en conmemoración suya.

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