Contaba Fontanillas en aquel texto cómo Manolo Espinosa, hermano mayor de la corporación trianera entre 1951 y 1957, fue el encargado de llevarle a la orilla alegre de la Esperanza, aceptando un año el cargo de consiliario. «Éramos ambos vocales de la Junta de Gobierno del Colegio de Agentes Comerciales de Sevilla, y como para dejar constancia de que al colocarnos profesionalmente bajo el patrocinio de la Esperanza, que tan bien cuadra con nuestro incierto quehacer, no significaba ninguna preferencia por una imagen concreta, razón por la que ahora, y desde que lo presido, rendimos homenaje a la Macarena, la de la Trinidad y la de Triana, pues Sevilla, como he dicho alguna vez, está cercada por la Esperanza, ya que a las citadas hay que sumar a la de San Roque, que además aporta la Gracia». Tras ofrecer un recital, el escritor reveló que la cofradía le permitió ir en presidencia una madrugada, y en ella le confundieron con Bobby Deglané: «Me dieron una noche de penitencia más pesada que si hubiese llevado los tobillos encadenados con grilletes, aunque compensada porque podía volverme de vez en cuando hacia la Santísima Virgen para comprobar que no podía haberla más bonita y para hablar con Ella en la noche más grande y luminosa de Sevilla», establecía.
De ahí que Fontanillas se rindiera a los encantos de quien hoy y siempre es guardiana de la capilla de los Marineros, dedicándole dos ruegos en forma de décimas que aparecieron en un volumen denominado 'Plegarias. Interpretación poética de la Semana Santa de Sevilla' (1951) en el que el autor incluyó una imperdible selección de sus letras, tanto con dedicaciones cristíferas como marianas para una ciudad que le cautivó. Un año antes de aquellas oraciones cantadas publicó 'Intimidad', otro poemario del que Camilo José Cela afirmó encontrarse «de cara a la contemplación y al goce de unos versos necesarios». Por exponer algunos de sus versos más cofrades, la lírica dedicada a la Piedad que anida en el Arenal: «La Niña del Baratillo / saetas canta que canta. / No es de mujer, es de ángel, / su cristalina garganta, / y en la noche misteriosa, / por la luna plateada, / seguidillas, martinetes, / saetas canta que canta... / Y lloran los corazones / con música de palabras». Otro día entonó la clásica pregunta que todos nos hemos hecho alguna vez por San Gil: «Macarena, Macarena, / ¿qué misterio hay en tu llanto? / ¡Madre mía! / ¿Por qué sonríes y lloras / y por qué estás suspirando / con un gesto de sonrisa / en el cáliz de tus labios?». Otro bezo del que escribió nace y muere en la calle Castilla: «Está Expirando el Cachorro, / tiene la boca entreabierta, / para que el dolor escape / hecho suspiros por ella. / Pero el alma está en su cuerpo, / en su cuerpo prisionera, / trasminando por sus llagas, / presente en su carne abierta, / dentro de sus fibras todas, / toda amor, toda largueza, / para ofrecerla a los hombres / con dolor de gloria eterna. / ¡Está expirando el Cachorro; / tiene la boca entreabierta!». A continuación, esas dos plegarias a la Esperanza de Triana, que a diferencia de los romances anteriores, sí encadena la justa medida de seis décimas, tres por cada plegaria, para hacer de
Plegaria a la Esperanza de Triana, por Nicolás Fontanillas (I)
«¡Madre! ¡Madre! Tú Esperanza
y yo la fuerza del mal.
Tú brisa y yo vendaval,
yo tormenta y Tú bonanza …
Tú eres velero que alcanza
el vuelo de raudas aves
y yo soy como las naves
que, destrozadas y rotas,
acabaron sus derrotas
en el fondo de los mares.
Déjame que, con Triana,
siga el ritmo de tu andar,
déjame, Madre, llorar.
Deja que mi alma cristiana
sienta la gracia lozana
de tu infinita dulzura
y se ilumine la oscura
mancha que mi vida encierra,
pues va pegada a la tierra
y está densa de amargura.
Déjame que, por el puente,
por el puente de Triana,
te siga en esta mañana
mientras que Tú, refulgente,
vas cruzando, suavemente,
por el poético rio
que estremecido de frio,
parece, en la madrugada,
una sierpe plateada
que perdió su poderío».
Plegaria a la Esperanza de Triana, por Nicolás Fontanillas (II)
«Y mientras tu pie ligero
va pisando en la corriente
la cabeza de serpiente
que encadenó al mundo entero.
Y con tu amor verdadero,
de madre y de dolorosa,
sonríes -y vas gozosa-
porque alargando tu manto,
toda Triana, con llanto,
te pone cerco amorosa.
Toda Triana fundida
en un clamor fervoroso,
que es amargo y es piadoso
porque te ama compungida
como a la madre dolorida.
Y tus ojos, de gitana,
son en la fría mañana
como una antorcha divina
que con amor ilumina
a su barrio de Triana.
¡Óyeme, Madre, que quiero
tu protección y tu amparo,
que me guíes como un faro
guía al pobre marinero.
Que seas como un lucero
que me enseñe a navegar
hasta que pueda llegar
por un camino seguro
hasta Ti más limpio y puro,
que las espumas del mar!».