Vencejos del Nuevo Villamarín

Son estos los heraldos de los albores que quiebra el Gran Poder al llegar de regreso a San Lorenzo, «que bajan a quitarle las espinas de su corona... enverdinada de lágrimas de madre, de recias lágrimas de hombre». Esos pájaros que duermen de noche en los magnolios de una plaza «en esta Sevilla de verano antiguo» son también «socios del Betis» con «carné de sufrimiento y gloria». Son los vencejos del Villamarín, a los que Burgos le dedicó en 2018 su recuadro. En el cemento de la Preferencia habita una colonia que le gritaba oles a las fintas de Joaquín o a la zancada larga de Gordillo, como la del Señor de Sevilla, apurando la banda zurda. Estos pajarillos cantarines que de amanecida bajan al césped desde el último reducto de la vieja caja de herramientas jugaban «en las praderas del edén de la gloria de las trece barras».

Como recurso literario, los vencejos han alcanzado la categoría suprema en el pregón metafórico y sentimental de Sevilla: campanas aladas, puntadas negras que bordan el cielo, el son sobre el que se mecen los nardos de la Virgen... Pero en esta ciudad hay una auténtica plaga de cotorras contra el progreso y el avance por mero interés propio, o político, que pretende hacer uso de los nidos de los pájaros para parar la obra del Villamarín. No les funcionó el bulo del centro comercial, el de la seguridad de los vecinos, ni apelar al supuesto agravio comparativo en la rivalidad cainita para frenar la construcción del estadio.

Éste es, como los vencejos del alba y del verano, el símbolo estacional de la llegada de un nuevo Betis, más moderno y estable, donde pueden sobrevivir en la futura cubierta, bajo la sombra, estos abonados que, como Alberto Tenorio, también vivieron junto al Gol Sur.

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