En su obsesión por saturar la cartografía del mundo de su color favorito –el fanta naranja– Trump se enfrenta ya al mismo dilema de otros autócratas embarcados en construir imperios sin límites en el tiempo o el espacio pero que terminan desbordados. No hace falta remontarse a la antigüedad clásica para advertir los riesgos del 'overestreching'. Napoleón y Hitler nos recuerdan con sus respectivas invasiones de Rusia que cuando se muerde más de lo que se puede digerir, los que terminaron devorados fueron los invasores y no los invadidos.
La corrupta Grande Armée trumpiana amenaza con encontrar su Stalingrado en Groenlandia. La anexión de una parte del territorio de Dinamarca tiene papeletas de sobra para convertirse muy rápidamente en una colosal catástrofe geoestratégica, empezando por la destrucción del vínculo atlántico de seguridad que representa la OTAN y multiplicar todavía más el riesgo de un ataque frontal del Kremlin contra los países bálticos.
El equivalente a repartirse el cada vez más estratégico Ártico con Putin provocará además una previsible guerra comercial con la Unión Europea; dañará gravemente tanto el flujo de inversiones bilaterales como los intereses de grandes empresas americanas de defensa, energía y tecnología; obligará a la Casa Blanca a gobernar 'manu militari' a una población que no les va a recibir con los brazos abiertos; frustrará todavía más al MAGA que prometía 'America First'; y probablemente provocará una reacción en la opinión pública de Estados Unidos con impacto negativo en las elecciones de mitad de mandato previstas para este año.
Para disimular un poco, la Administración Trump dice por ahora que su intención es comprar Groenlandia, como ya se hizo el siglo pasado con Alaska. El problema de la 'doctrina Donroe' es que al asumir como propia la estrategia de Pablo Escobar –¿plata o plomo?– también tendrá que asumir las terribles consecuencias.