Junto a una intervención específica de Omar Janaan, y en espera de la inauguración en diciembre de un proyecto de Timsam Harding, actualmente otras dos muestras coinciden en su sede.
Nos referimos a las de Diana Fonseca (La Habana, Cuba, 1978) y Carla Hayes (Málaga, 1997). Ha de señalarse que ambas comparten asuntos que son centrales en sus poéticas; a saber: la migración, cierta nostalgia del origen y lo originario, la importancia de lo manual y artesanal en numerosas piezas, la presencia del mar, el matiz político en tanto que posicionamiento y señalamiento (de falta de derechos, abusos de poder, injusticias y, también, actos de resistencia), así como la pertenencia a un mismo ámbito, producto de una historia entrelazada y de una red de relaciones.
Esto es, el llamado 'caribe afroandaluz', que, aunque se refiera a un mestizaje histórico y cultural entre esas localizaciones, participaría de un constructo mayor como es el 'Sur global'. Dicho esto, no sólo toca celebrar las bondades de ambas propuestas, también el acierto de La Térmica al programarlas en paralelo, adquiriendo complementariedad.
Para la libertad
Fonseca trabaja con elementos cotidianos, e incluso precarios. Estos quedan transformados de una manera poética para arrojar nuevos sentidos, propiciando en ocasiones cierto absurdo y sentido paradójico, así como alumbrando potenciales metáforas sobre la libertad. Con ello, la artista cubana parece hacer una demostración de realismo mágico hispanoamericano, evidenciando el apabullante y aguzado ingenio que late en su manera de hacer trascendente lo cotidiano e inocularle una gran carga sentimental, política y nostálgica.
Numerosas son las obras que deben ser interpretadas en relación a la situación política y socio-económica de su país natal, así como la resistencia y esperanza: los grilletes, los candados abiertos en los que florecen especies, una suerte de jaula que deja espacios para huir o el perfil de La Habana hecho con tuberías que gotean sobre un sumidero, cual malecón, haciendo resonar lo vetusto, al tiempo que la nostalgia.
Carla Hayes nos sumerge en un relato en el que Historia y presente quedan unidos en torno a los cuerpos racializados y al uso y abuso de ellos como potencia de trabajo, expuestos durante siglos a un forzoso desplazamiento en el que el mar asume una ambigua condición: promesa de felicidad, como vía para el progreso y como retorno a ese origen obligado a abandonar, y, por otro lado, distancia, sepultura para los sueños, literal fosa.
Como afrodescendiente, la honestidad y la crítica que rigen su posicionamiento –hay una demanda de justicia social– se alían con un lirismo y exquisitez que no desactivan esa vertiente comprometida. La artista escenifica en vídeos y fotografías, de un modo poético y fabulado, el trasiego vital –promesa y fatal desenlace– en torno a ese mar. Así, borda con rafia, fibra africana que incorpora desde el inicio de su trayectoria, una cola de sirena con la que volver al agua.
Diana Fonseca y Carla Hayes en La Térmica
Diana Fonseca. 'Entelequia' Hasta el 15 de febrero. Cuatro estrellas.
Carla Hayes. 'Este mar llamado mi espalda'. Comisarios: Javier Cuevas y Ariadna Ruiz. Hasta el 22 de febrero. Cuatro estrellas.
La Térmica. Málaga. Avda. de los Guindos, 48.
Ese gesto del bordado no es individual, ya que algunas piezas textiles son comunitarias (mujeres racializadas y el Colectivo Biznegra participan), revelando un sentido de pertenencia y haciendo que esos roleos azules de rafia las visibilicen y se cuelen en nuestra conciencia.