Los veteranos de Escipión: descubren el secreto que hizo letales a las legiones romanas

El valiente Ligustino, entre los tipos más condecorados de su era, es un ejemplo de esos soldados que los expertos han calificado como 'voluntarios profesionales' de la República romana; una etapa de la Ciudad Eterna en la que las legiones no eran permanentes y se formaban para campañas o periodos esporádicos. Pero que su nombre y los de otros tantos militares hayan quedado grabados en las fuentes nunca había probado que la figura de los combatientes que se alistaban de manera espontánea estuviera generalizada. Hasta la llegada del británico Connor Beattie, al menos. «He demostrado con una investigación concienzuda que había muchos más voluntarios de los que se creía hasta ahora», explica a ABC el historiador de la Universidad de Oxford.

En un nuevo estudio titulado 'The Case of Scipio Africanus Veterans', publicado en la revista 'Ancient History', Beattie rompe moldes y construye verdades hasta ahora ocultas bajo la alfombra. La máxima del historiador británico es que, en un tiempo tan remoto como el III a. C., cuando faltaba todavía un siglo para que el cónsul Cayo Mario profesionalizara los ejércitos y se dejaran a un lado las levas ocasionales, ya existía un grupo de combatientes reconocidos en la Ciudad Eterna que se reengancharon durante años en las legiones de todo el Mediterráneo. Y todo ello, tras luchar en África e Hispania de la mano de Escipión el Africano, el general que había vencido al todopoderoso Aníbal Barca.

La tesis es valiente, aunque los expertos consultados por ABC son escépticos. «A mí me parece verosímil que ocurriera, pero que pueda ser comprobado es más dudoso», afirma Fernando Wulff Alonso, académico y Catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Málaga. Por su parte, el historiador e investigador Yeyo Balbás es partidario de que Beattie «flaquea en algunos puntos», pero define la tesis como «bastante sólida, ya que existían muchos antecedentes de la profesionalización del ejército en el siglo II a. C.». En sus palabras, por entonces había «tropas veteranas que participaban de forma continua en las guerras y que estaban pagadas por grandes figuras, y no por el Estado». Lo mismo que ocurrió siglos después, durante la etapa imperial.

Espadas y elefantes

Beattie ha rastreado el origen de estos soldados de élite en las fuentes clásicas. Parte de ellos habían sido enviados a combatir en Hispania contra los cartagineses. «Serían ciudadanos romanos y 'socii' (aliados italianos) liderados por el padre y el tío de Escipión el Africano (Publio y Cneo Escipión) en el 218 a. C.», completa. Bregarse en la Península Ibérica les reportó, sostiene, grandes beneficios: «El primero era el botín que obtenían tras las victorias militares, especialmente tras los asedios de ciudades. El segundo era el prestigio social que obtenían si luchaban bien y demostraban valentía en la batalla». En tercer lugar, adquirieron una experiencia determinante en batalla. Todo ello, añade, les valió para ganarse una estancia tranquila en colonias locales como Itálica o Carthago Nova.

Parte de estos legionarios, y otros tantos afincados en Italia, combatieron junto a Publio Cornelio Escipión el Africano al otro lado del Mediterráneo contra Cartago en la Segunda Guerra Púnica entre los años 204 y el 201 a. C. «Los veteranos fueron bien entrenados por el general, tanto en Hispania como en Sicilia, antes de la invasión de África. Tras el conflicto no solo tenían experiencia en combate, sino que habían estado bajo el mando de un general con gran genio táctico que había empleado disposiciones y maniobras complejas tanto en la batalla de Ilipa como en la de Zama», desvela el historiador. En la última, tal y como narró el cronista Polibio, se destacaron por su habilidad para acabar con los elefantes que Aníbal había llevado al frente.

La Clemencia de Escipión N. POUSIN

Aquella experiencia, afirma el experto, les valió la popularidad. «Lo que les distinguió fue que, hasta la década del 190 a. C., continuaron luchando como parte de un grupo que contaba con fama y prestigio dentro de la sociedad de la época», explica Beattie. Y añade una segunda idea que, afirma, revoluciona la historiografía: «Era posible que tuvieran un espíritu de cuerpo del que carecían otros grupos de las legiones romanas de la época. Por lo tanto, era más probable que se mantuvieran firmes ante las adversidades y lucharan con mayor valentía por el bien de esta identidad colectiva y de la fama que habían adquirido». Los define, en definitiva, como uno de los gérmenes del éxito militar de la Roma republicana en el Mediterráneo; el preludio de lo que, tiempo después, fueron las legiones de la etapa imperial.

Beattie dice haber buscado en las fuentes los muchos destinos de los veteranos de Escipión. En el 200 a. C., por ejemplo, miles de ellos se alistaron de forma voluntaria en los ejércitos de Sulpicio Galba para combatir contra Filipo V de Macedonia. Y no pararon ahí. En el 198 a. C. partieron hacia Grecia y, ocho años después, hicieron lo propio en Siria. «Es posible que Tito Livio les describa en la batalla de Magnesia en el año 190 a. C. luchando contra el rey seléucida Antíoco el Grande. Soy partidario de que Lucio Escipión utilizó a los soldados que se habían enfrentado a los elefantes en Zama para hacer lo propio aquel día. Es lógico: tenían experiencia en este sentido y no les temían», defiende. Aunque admite que la ausencia de fuentes hace que esto sea una suposición.

Revolución historiográfica

Beattie defiende que estos voluntarios romperían con el sistema de reclutamiento general de la República. Y eso, en parte, es cierto. «El epicentro de la discusión radica en que, por entonces, Roma no contaba con un ejército profesional. Eso, ya de por sí, es llamativo. Si miras a la China de la dinastía Han o al Imperio cuxano de la India, te encuentras con contingentes profesionales y bien pagados. Eso, en la Ciudad Eterna, no pasó hasta la época de Augusto», explica Wulff. El catedrático recuerda que Roma se movía por «levas anuales» y que los contingentes se licenciaban acabada su misión. Aunque insiste en que la existencia de voluntarios ya era conocida a través de las fuentes: «Eso lo sabíamos desde hace mucho tiempo».

Aníbal jurando a su padre ser siempre enemigo de Roma (1731), óleo sobre lienzo Giovanni Antonio Pellegrini ABC

Wulff no niega otra de las máximas que sostiene Beattie: la sorprendente expansión de la República en los años posteriores a la batalla de Zama. «Es algo que impresionó a Polibio. Tras la guerra contra Aníbal, Roma conquistó el Mediterráneo en dos ratos tontos, si se me permite la expresión. Acabaron con Macedonia, pusieron en su sitio a los seléucidas…», señala. Lo que le chirría es considerar que el principal activo para conseguir esta ingente cantidad de victorias fue la inclusión en las legiones de los veteranos de Escipión. «Fue por un cóctel de factores. Para empezar, la oligarquía explotó el miedo en favor de la expansión. Funcionó muy bien porque los ciudadanos se habían sentido amenazados por Aníbal, que había llegado hasta las puertas de Roma, y reaccionaron de forma paranoica», completa.

Balbás, por su parte, pone el foco en un aspecto que considera clave del estudio: las ciudades para veteranos que se fundaron fuera de las fronteras de la República. «Es interesante el hecho de que hubiera cuerpos de veteranos a los que, una vez licenciados, se les entregaran posesiones –'ager publicus' o 'tierras públicas'– para formar una colonia. Estas ciudades exteriores a Roma eran idóneas para reclutar combatientes expertos porque los reunía en un mismo espacio geográfico», señala.

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