Vale, a mí, que soy discreto autor y vendo mucho menos de lo que creo merecer, también me escuece. Pero pienso que si se llama negocio editorial, será por algo. A mi editor lo veo casi como una ONG, pero, oye, cada uno decide con quién se juega los cuartos.
Ahora que Planeta, contumaz en la fórmula, ha premiado con su inigualable botín a Juan del Val, arrecian las críticas y el estupor ante la supuesta degradación del noble arte de la escritura.
Yo entiendo, moderadamente, la trifulca. Algo las chanzas con el papelón de un jurado aleccionado para mirar hacia el lado correcto —o rentable— de la narrativa. Menos, la indignación con una empresa privada que hace con sus dineros lo que le viene en gana para sacar rédito a su camada literaria. Y nada, absolutamente nada, en los furibundos ataques al premiado. Por una razón que no creo menor: no se han leído la novela. No lo han hecho porque no se ha distribuido.
Se critica, entonces, por ser él quien es. Por lo que piensa, dice o contra quién lanza sus peroratas televisivas. Ese guerracivilismo prescinde de la obra para fustigar a su autor por lo que piensa antes que por lo que escribe.
Estoy entre los que no sucumbirán a la mercadotecnia editorial y la novela ganadora no estará entre mis futuras lecturas. Lo que no haré, tampoco, es vapulear una novela que no he leído. Aunque solo sea por solidaridad de autor.