Plató de autógrafos

o no, sacan por estos días su librito, muy abiertos todos de sonrisa. Lo sacan, o bien lo han sacado. Las instagramers se arriman la literatura, lo que no quiere decir que la literatura se arrime a ellas. Luego están los cocineros, o los diputados, o las gentes de MasterChef. Yo no tengo nada en contra de que cada cual vaya y publique sus folios, mejores o peores, pero lo jodido es cuando salen luego estos culpables en los papeles de promoción y te largan de lo suyo igualándose a Javier Cercas, por ejemplo, o a Pedro Cuartango, que tienen nuevo título en curso. Dan por hecho que tener un libro en El Corte Inglés acredita haber entrado en la cultura, cuando lo que está por ver es si la cultura ha entrado en ellos, o no, que violentamente no. Lo jodido de la ignorancia es que no conoce el límite. El inolvidable Paco Umbral, que tenía una piscina de cementerio para tirar los libros de este género, más los de Baroja, distinguía entre redactar y escribir, y yo creo que procede recuperar la distinción, porque estamos hablando de gentes que redactan, pero nunca escriben. Entre otras cosas, porque tienen un negro con prosa que apareja el manuscrito oculto, que es como se fabrican ahora estos best sellers que acaso no lo son tanto. Mario Vaquerizo, que también frecuentó estas alegrías, insistió en su momento en que su libro lo había escrito «él solito», porque tiene estudios. Pero lo esclarecedor de la salvedad escalofriante es que el famoso de oficio tiene claro que los libros los escribe otro. El famoso está para poner el retrato, aunque luego en las teles o las radios, o Instagram, se adorne de autor. Los famosos en España salen en la tele, y tienen pluma. Y no hablo de mariconeo, sino de pluma de la otra. Ahora la sacan. La Feria del Libro va a ser un plató de autógrafos.
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