Un escenario complejo que además tiene como telón de fondo la integración y una mayor penetración de las renovables y el avance hacia la electrificación, como es la apuesta de la UE. No solo con el fin de descarbonizar nuestra economía sino también para lograr mayor autonomía energética y no tener que depender del suministro de combustibles fósiles de terceros países, muchas veces inestables. Especialmente la UE no quiere ni ver el gas ruso.
Nueva estrategia
De ahí que la Comisión Europea (CE) haya realizado el pasado mes de septiembre una consulta pública (recogiendo propuestas de ciudadanos, empresas, organizaciones e instituciones) para revisar el marco regulador de la seguridad energética de la UE. La última estrategia en este sentido fue adoptada en 2014 y tiene que ser actualizada ante los nuevos desafíos. «Estamos en un nuevo contexto que exige una modernización del concepto de seguridad, que debe distinguir entre los factores externos que afectan al sistema energético y los factores internos sobre los que el sector eléctrico puede influir. En respuesta, debemos contar con una nueva Estrategia que logre un sistema energético capaz de anticipar, resistir y recuperarse de las posibles incidencias, al mismo tiempo que apoya la descarbonización y la competitividad», explica Marta Castro, directora de Regulación de Aelec (Asociación de Empresas de Energía Eléctrica), integrada por EDP, Endesa e Iberdrola.
Lo que se quiere es lograr un sistema energético más robusto, resiliente y más seguro, que garantice el suministro frente a nuevas amenazas emergentes. «Lo importante es ser resiliente», asegura Ignacio Urbasos, investigador para Energía y Clima del Real Instituto Elcano. «Es un cambio de estrategia -añade-. Por ejemplo, ahora es preferible tener existencias elevadas de componentes, aunque sean de China y se tengan que realizar fuertes inversiones, para ser capaces de acometer reparaciones de turbinas, de compresores... que comprar en cadenas de suministros globales que se ha comprobado pueden fallar».
La Comisión no solo quiere garantizar la seguridad ante sofisticados ciberataques y ataques híbridos (que no se sabe muy bien de dónde provienen), o ante sabotajes en tuberías, cables e interconexiones transfronterizas, sino también ante fenómenos meteorológicos extremos que ahora son más intensos y frecuentes por el cambio climático (como las catastróficas inundaciones de la Dana en Valencia), ante la falta de piezas de recambio y reparación en la cadena de suministros o ante episodios, como el apagón español de abril de este año, que pueden afectar a otros países europeos.
Hay que invertir 584.000 millones de euros hasta 2030 en mejorar las redes eléctricas
La idea de la CE es presentar en el primer trimestre de 2026 una nueva estrategia de seguridad energética. «La política de seguridad energética lleva desarrollada durante muchas décadas en Europa. Pero hay nuevos desafíos. Ahora requiere una estrategia más dinámica y adelantarse a los posibles riesgos», asegura Ignacio Urbasos.
Se trata de una nueva realidad que desafía la seguridad del sistema energético europeo, como comenta Ignacio Sánchez Serrano, responsable de Resources en Accenture. «La guerra en Ucrania ha puesto de manifiesto los riesgos derivados de ataques a infraestructuras críticas, como tuberías y cables submarinos que han sido objeto de sabotajes. A esto se suman los ciberataques, cada vez más frecuentes y sofisticados, que amenazan las redes eléctricas y de gas, especialmente en un contexto de transición energética que implica mayor digitalización y descentralización».
Para hacer frente a todos esos peligros hay que elevar, y mucho el nivel de seguridad. De hecho, un estudio de esta consultora («Estado de la ciberresilencia 2025»), que recoge las opiniones de 2.200 ejecutivos de ciberseguridad y tecnología de grandes organizaciones de todo el mundo, destacó que el 91% de las empresas de utilities a nivel global carecen de la madurez necesaria para contrarrestar las amenazas actuales habilitadas por IA.
Crisis energética
De todas formas, la Unión Europea ha ido dando pasos estos años atrás para garantizar la seguridad del suministro energético. En 2022, la guerra en Ucrania desencadenó una brutal crisis energética en el Viejo Continente. Los cortes de suministro de gas ruso, fundamental para Europa, y aunque no se sintieron en los hogares y empresas, provocaron una escalada de precios en el mercado eléctrico. En los momentos picos de la crisis en 2022, el precio del MWh de gas superó los 300 euros. En diciembre de 2023, costaba 34 euros. Y eso afectó a la industria (hubo fábricas que tuvieron que parar la producción); a las empresas (que tuvieron que cerrar) y a la economía doméstica, impactando gravemente en el bolsillo de los ciudadanos. Se puso en evidencia la volatilidad de los precios energéticos por nuestra dependencia del exterior.
Así que los países miembros de la UE comenzaron a adoptar una serie de medidas dentro del plan REPowerUE. El objetivo era dejar de depender de los combustibles fósiles rusos lo antes posible. Para ello había que consumir menos gas, acelerar la transición hacia una energías más limpias y diversificar los proveedores.
Cambio conseguidos
Hoy el consumo de gas se ha reducido en un 18% entre 2022 y 2024. El gas ruso que suponía el 45% de todas las importaciones de gas a la UE antes de la crisis, ha bajado al 18% en 2024. Las instalaciones de almacenamiento de gas se llenan a más del 90% de su capacidad cada año antes de que llegue el invierno, como es mandato de la UE desde 2022. Las renovables están dando grandes avances: en 2023 la fotovoltaica batió un nuevo récord con la instalación de 56 GW de capacidad, un 60% más que en 2021. Y se ha trabajado en la diversificación hacia proveedores más fiables: Noruega fue el principal fuente de suministro de gas a la UE en 2024 (también llega de Argelia, Qatar, Reino Unido, Azerbaiyán y Rusia) y Estados Unidos de gas natural licuado.
Europa ha trabajado también en otras direcciones. «Ha aprobado un Network Code específico de ciberseguridad eléctrica, ha reforzado normativas como la directiva sobre Seguridad de las Redes y Sistemas de Información 2 (NIS2), y la directiva sobre la Resiliencia de Entidades Críticas (CER). También pretenden prevenir sabotajes físicos a cables y tuberías transfronterizos mediante el Plan de Seguridad de Cables», indica Sánchez Serrano. Este mismo año la CE ha presentado un plan de acción con medidas a corto plazo para reducir los costes de la energía, completar la Unión de la Energía, atraer inversiones y estar mejor preparados ante crisis energéticas.
En 2021, el 45% del gas que se consumía en Europa provenía de Rusia. En 2024, bajo al 18%
Para armar esta nueva arquitectura de seguridad energética hay que poner el foco en la columna vertebral: las redes eléctricas. Según la Comisión Europea, será necesario invertir en ellas 584.000 millones de euros hasta 2030, incluyendo tanto las interconexiones transfronterizas como la adaptación de las redes de distribución a los retos de la transición energética, en especial para integrar más renovables y electrificar. «Una mayor electrificación de la economía europea exige un sistema eléctrico más fiable que nunca. Ello implica el reconocimiento de la red como un eje vertebrador que es preciso desplegar, modernizar y digitalizar, dotándolo de las suficientes inversiones», cree Marta Castro.
Kilómetros de cables
Hay que reconocer que el reto es colosal si tenemos en cuenta la monstruosa infraestructura energética que está desplegada en el continente. Según datos de un análisis realizado por el Tribunal de Cuentas Europeo este mismo año: solo la red eléctrica de la UE se extiende a lo largo de 11,3 millones de kilómetros (como rodear la Tierra 282 veces), cuenta con 2.500 gestores de red de distribución (GRD) y otros 30 de la red de transporte, que dan servicio a 266 millones de hogares y empresas y que conecta 27 países. Una red envejecida porque la vida útil media de las líneas eléctricas oscila entre 40 y 60 años, tanto cables subterráneos como tendidos aéreos.
De hecho, desde 2023 está en vigor el Plan de Acción de Redes de la UE. Uno de sus objetivos es duplicar la infraestructura de transporte transfronterizo hasta 2030 con 64 GW más de capacidad (ahora hay 93 GW). Eso reducirá los costes de generación en 9.000 millones de euros anuales hasta 2040. También pretende modernizar y dimensionar las redes de distribución europeas (el 40% de ellas tienen 40 años y las solicitudes de conexión esta mall aumenta de media un 19% cada años.
La integración de renovables, para reducir la dependencia energética del exterior, también plantea grandes desafíos. «Un mix cada vez más descarbonizado supone contar con una redes mucho más digitalizadas porque las renovables requieren mayor monitorización en tiempo real de la red, debido a su carácter intermitente. Hay que garantizar la operativa de los sistemas eléctricos. Y exige desarrollar infraestructuras de almacenamiento para cuando no haya sol ni viento», considera Marta Castro, o para momentos de escasez.
Sánchez Serrano Europa también sugiere avanzar en otras líneas estratégicas: «Unificar estándares de seguridad informática y diversificar proveedores para asegurar la cadena de suministro. Es clave crear reservas estratégicas junto a centros europeos de defensa energética. Se requieren ejercicios conjuntos de respuesta a crisis, garantizar la seguridad desde el diseño en procesos de digitalización y reforzar la vigilancia de cables e infraestructuras offshore. Además, se necesita asegurar la cadena de suministro crítica mediante estandarización y pruebas comunes, ejecutar el gemelo digital paneuropeo para operar con IA y datos en tiempo real».
Una forma de encajar las piezas del complejo puzle de la seguridad y autonomía del descomunal sistema energético europeo.