La ciudad en la que mandan los niños

Fundada en 1970 por Alberto Muñiz Sánchez, apodado 'Tío Alberto', esta ciudad para menores en situación de desamparo acoge y educa desde la confianza, la implicación y la participación. Es uno de los 115 recursos de la Comunidad de Madrid para proteger a los menores en situación de vulnerabilidad.

Desde fuera, lo único visible es una verja verde, discreta, casi silenciosa, como si custodiara un secreto. Pero al cruzarla, comienza una travesía inesperada. En el punto de entrada que marca el umbral entre el mundo de fuera y esta ciudad especial, nos reciben con sonrisas generosas: Juan, un chico de 15 años con la seguridad serena de quien ha hecho de este lugar su hogar; Marisol Martín, coordinadora del hogar de adolescentes hombres; y Beatriz Arias, responsable de los más pequeños. Son ellos quienes nos abren las puertas para comenzar una lección de vida.

La ciudad está viva. Tiene su propio ayuntamiento, sus calles con nombres de poetas, huertos, una radio donde los niños hacen sus propios programas y un colegio concertado al que acuden la mayoría de los niños que allí residen.

La participación es el corazón que da vida a esta comunidad: una alcaldesa elegida democráticamente, delegados que velan por el medio ambiente, asambleas semanales donde se decide en conjunto y se escuchan todas las voces. Es en esos momentos donde la comunidad se fortalece y crece. Juan lo sabe bien. Lleva más de un año viviendo en el centro junto a sus cuatro hermanos y hoy es el concejal de ciudadanía. Su labor es recibir a quienes llegan por primera vez, guiarlos, hacer que se sientan parte de esta pequeña ciudad desde el primer paso. «Yo soy el primero en enseñarles la ciudad para que se sientan cómodos. Aquí nos cuidamos entre todos», explica a ABC.

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Jaime García

La ciudad está dividida en tres hogares: el de los pequeños, hasta los 13 años; el de los adolescentes; y el de las adolescentes. Detrás de cada puerta, decorada de forma expresa por ellos mismos, hay una historia.

En el hogar de los pequeños, la calidez se respira en cada rincón. Las paredes, llenas de dibujos y palabras como amor, paciencia y libertad, reflejan un entorno donde crecer con afecto y seguridad.

Los adolescentes también tienen su espacio. Pese a tener hogares separados por sexo, están muy cercanos entre sí, lo que favorece una convivencia respetuosa y una comunidad unida. Justin, uno de los adolescentes que vive en la residencia de chicos, es el concejal de orden. Aunque al principio se muestra algo tímido, no duda en explicar su función: «Yo intento que todo esté en armonía. Si hay un conflicto, primero hablamos», comenta con madurez. Cada hogar cuenta con espacios comunes pensados para la convivencia: salas de estudio, zonas abiertas sin pasillos para fomentar el encuentro, una sala de televisión y 14 habitaciones –la mayoría individuales, salvo dos dobles– donde cada joven tiene un lugar propio.

La convivencia en la CEMU va mucho más allá del día a día. Hay excursiones, visitas a la piscina, fiestas al aire libre y asambleas donde se celebran cumpleaños.

Algunos menores mantienen el vínculo con sus familias: hay visitas supervisadas, permisos para dormir fuera y un trabajo constante de reunificación. La CEMU no sustituye a la familia, la complementa, la apoya.

Mayores de edad sin casa

Cuando estos jóvenes cumplen 18 años, deben abandonar el centro. Sin una casa, sin un trabajo y en muchas ocasiones, estudiando para conseguir el mejor futuro. Fue el caso de Lorena, una joven de 23 años, que tuvo que marcharse de su residencia. «Estaba estudiando para la selectividad. No tenía casa, ni trabajo», explica. Desde la fundación Alentia le ofrecieron una casa, con una única condición: estar estudiando. Después de 5 años, está trabajando y estudiando la carrera de Enfermería. «Lo que me llevo de mi estancia en el centro son los valores de gratitud y perseverancia. En esa época, me di cuenta de que si hay gente buena en el mundo, que, además, te quiere ayudar a ser feliz», finaliza la joven.

«Desde la CEMU, intentamos que las personas que vayan a cumplir 18 años, tengan un trabajo o estén estudiando. Así será más fácil para ellos. Ojála pudiéramos quedarnos con todos», comenta Maia Ortiz, directora de la ciudad-escuela.

Los educadores son uno de esos pilares que acompañan y guían en este camino. «No estamos con ellos porque toca, sino porque quieren que estemos y queremos estar», explica Ortiz.

La CEMU nunca cierra. Siempre hay movimiento, mezcla, vida. Niños que viven allí, otros que vienen de fuera para ayudar, todos formando parte de una ciudad que se abre al barrio y al mundo. Porque en esta ciudad hecha de estructura y cariño, los niños no solo son acogidos. Son reconocidos.

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