Ese giro fue cristalizado por el presidente Theodore Roosevelt y su «corolario» de 1904. El «Corolario Roosevelt» venía a establecer a EE.UU. como el gendarme de la región, con derecho a la injerencia ante la evidencia del mal gobierno que lastraba a las repúblicas americanas. Lo proclamó a raíz de un episodio en el que justamente Venezuela estuvo en el foco internacional (países europeos habían enviado sus cañoneros para cobrar la deuda), tal como ahora ese mismo país caribeño se encuentra en el epicentro del «Corolario Trump».
El regreso a la Doctrina Monroe, que prematuramente la Administración Obama dio de modo oficial por enterrada, había llevado estos meses de presidencia de Donald Trump a que algunos hablaran de Doctrina Monroe 2.0 o incluso, en un juego de palabras, de «Doctrina Don-roe». No obstante, dado el precedente rooseveliano, lo de corolario puede ser más adecuado. Así es, en cualquier caso, como lo designa la propia Administración.
El diccionario de la RAE define ese término como «proposición que no necesita prueba particular y se deduce con facilidad de lo demostrado previamente»; como sinónimos presenta los siguientes vocablos: conclusión, consecuencia, inferencia, deducción. El núcleo de la Doctrina Monroe es vincular la seguridad de Estados Unidos al comportamiento de sus vecinos americanos. Primero se concretó en el temor a que la debilidad constitucional de estos atrajera de regreso a las potencias europeas, quienes, con un pie de nuevo en el hemisferio occidental, podrían amenazar directamente a Washington. Un siglo después, se formuló una inferencia del mismo principio para hacer frente a la debilidad gubernamental de los países latinoamericanos; estos, por su mala gestión financiera, estaban atrayendo a los cañoneros europeos, los cuales, si bien ya no eran una amenaza para un Estados Unidos consolidado y crecido, venían a pasearse por un escenario que Washington consideraba su exclusivo patio trasero.
Nuevas circunstancias hacen que un siglo más tarde surja otra deducción del principio original, ahora concretada en tres aspectos: por un lado, la amenaza de injerencia extrahemisférica ya no es europea sino fundamentalmente de China; por otro, la amenaza directa para Estados Unidos viene de la presión migratoria, el narcotráfico y el resto de actividad de los grupos de crimen organizado que tienen su origen en Latinoamérica; finalmente, está el deseo de Washington de acceder a recursos y cadenas de suministros en su entorno geográfico inmediato que le ayuden a mantener el pulso estratégico en el nuevo orden mundial que se configura.