La encerrona de Bayona o Castella al encuentro de sí mismo

¿Habrá realizado Castella, en su encerrona de Bayona, el encuentro entre estos dos anhelos, más bien contradictorios, de su toreo? En parte, pues el festejo se dividió claramente en dos mitades, aunque el maestro haya puesto todo su empeño para imponer la variedad a lo largo de la tarde: variedad en las tres ganaderías elegidas (Jandilla, Domingo Hernández y Pedraza de Yeltes), en los inicios de faena - doblones largos y templados, pases sentado en el estribo, estatuarios, cites desde los medios para pases cambiados-, y en el tono de su trasteo. En los tres primeros toros imperó la seriedad y el clasicismo, predominando las verónicas templadas, los derechazos y los naturales largos, sin desplantes ni golpes de efecto, como si Castella quisiese ante todo sentar cátedra ante el público de Bayona, vestido de blanco y rojo, pero nada bullicioso como el de Pamplona, manteniendo en esta fase un silencio de concentración y respeto que estallaba en la ovación solo al final de las tandas. Cohibido por el magisterio de la lección, tal vez se sentía en un aula. En estos primeros toros, sin embargo, Sebastián perdió las orejas por los fallos repetidos de la espada.

Cuando ya cundía la preocupación por el temido vacío de la tarde el panorama cambió. Tal vez los toros se prestaron más, la espada empezó a funcionar, pero sobre todo Castella se alivió del peso de la corrida y de su responsabilidad, y dejó su toreo fluir por su vertiente más natural. Se volvieron a imponer la verticalidad en los embroques, la alternancia entre los cites de largo y de cerca, los remates vistosos y los desplantes. Despertó y se animó el ambiente. Esta remontada hizo notar, e incluso recordar, que Sebastián estuvo en torero y en director de lidia toda la tarde, jaleando y animando a sus subalternos, dictando órdenes escuetos. La sorpresa vino en el quinto, de Domingo Hernández, cuando el matador decidió tomar las banderillas, ofrecerlas, para que se luzcan, a sus banderilleros habituales, José Chacón y Rafael Viotti, y cerrar el tercio citando en los medios y clavando un par al quiebro.

La actuación del torero cobró un verdadero peso, y la emoción consiguiente, con el último toro, un imponente colorado de Pedraza de Yeltes, de fogosa salida. Castella lo colocó de largo para la primera vara - lo que agradó al respetable - sufrió un atropello en un quite y en un pase con la derecha, pero cuajó con las dos manos una faena intensa ante la acometida encastada del animal, aguantada y conducida con decoro. El toro tardó en prestarse a la estocada por distraerse y querer ir a las tablas, pero ésta no falló.

Cuatro orejas, cortadas en la segunda fase, fueron el balance final de la encerrona, pero más allá de los trofeos, Sebastián Castella pudo gozar de la satisfacción de haberse reencontrado a sí mismo.

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