'El lago de la creación', de Rachel Kushner: la espía que no amó

Así, firmas como las de John Banville o Ian McEwan o Javier Marías o Michael Ondaatje o Denis Johnson se han dado una vuelta por esas oficinas grises y mensajes en clave que, antes, agentes magistrales como Graham Greene o John le Carré supieron frecuentar y elevar a la categoría de gran literatura a secas.

NOVELA

'El lago de la creación'

Imagen - 'El lago de la creación'
  • Autora Rachel Kushner
  • Editorial AdN
  • Año 2025
  • Páginas 448
  • Precio 21,95 euros

Ahora Rachel Kushner (Oregon, 1968; tal ve la escritora más interesante de su generación junto a Catherine Lacey y Ottessa Moshfegh) se enrola en esas filas y propone con 'El lago de la creación' su versión del asunto. Kushner —quien ya había hecho lo suyo y de las suyas, con talento y originalidad, en las novelas histórico-histéricas 'Télex desde Cuba' y 'Los lanzallamas' y en la carcelaria 'La sala Marte'— propone aquí una más que interesante variante de la especie: la novela de espías para espiar.

Y la busca y atrapa con modales que evocan lo que alguna vez hicieron Robert Stone en 'La puerta de Damasco', J. G. Ballard en 'El día de la creación' y 'Milenio negro' y 'Bienvenidos al Metro-Center', Joan Didion en 'Una liturgia común' y 'Su último deseo', el Don DeLillo de 'Los nombres y Mao II' y el Cormac McCarthy de 'El pasajero' y 'Stella Maris' con polares aires 'noir' de Jean-Patrick Manchette.

Es decir: en 'El lago de la creación' no solo importa aquello que se espía sino lo que lleva a alguien a querer espiar. Y ese alguien es la espía —nombre/alias que sorprende— Sadie Smith. Cínica treintañera políglota formada en Berkeley y expulsada del FBI por alguna falla. Y, aunque de aspecto banal, particularmente obsesionada con la implantada y plástica perfección de sus pechos (seguramente algún productor del Mondo Netflix ya está pensando en Sweeney Todd para el rol protagónico) y ya legítima y auténticamente instalada en la verdadera falsedad.

La misión de la mercenaria Smith es desestabilizar a los poco estables sabiéndose desestabilizada

Y la ahora mercenaria Smith está especializada en infiltrarse en grupos activistas y radicales y en «la destrucción de vidas». Pero Smith no es enviada a turbulento clima medioriental sino a bucólico paisaje al sur de Francia. Y su blanco y objetivo es una comuna agrario-anarquista llamada Le Moulin (bajo el mandato de una suerte de cruza ermitaña y crepuscular entre Kurtz y Mago de Oz, el ya legendario y añejo obsesionado por el legado neandertal y transmigratorio así como por la persecución de los medievales Cagot llamado Bruno Lacombe) con pretensiones utópicas pero sospechada de estar involucrada en actos de eco-sabotaje a flotillas de tractores y cosas por el estilo.

Su misión es desestabilizar a los ya de por sí poco estables sabiéndose desestabilizada. Pero, de nuevo, lo que más le interesa a Smith (y a Kushner a partir de su muy precisa a la vez que digresiva primera persona narradora) no son tanto los cómo sino los por qué mientras va y vuelve por un Viejo Mundo para ella tan novedoso y digno de ser decodificado y despojado de todo cliché turístico para así dejar al descubierto a «la Europa real». Mientras tanto, seduce al cómodo y acomodado director de cine indie Lucien Dubois.

Y enrolla al mecenas de los 'moulinars' Pascal Balmy (claramente inspirado en el filósofo marxista Guy Debord). Y le sonríe torcido a la autoridad local Paul Platon. Y le intriga la súbita aparición del escritor Michel Thomas (transparente reescritura de Michel Houllebecq) documentándose para una «novela agrícola». Y disfruta (mucho) del buen vino. Y todo esto y esos es y son lo que vuelve muy interesante y recomendable a esta novela. Una novela —degenerando al género— más que digna de ser espiada.

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