Jorge Ferrer: "Más que por fusilamientos, la Revolución cubana nos ha matado a golpe de tiempo"
Regresó a Cuba el año pasado, preparando el libro. ¿En qué se diferencia la Cuba de ahora de la que encontró en su primer retorno desde Moscú, hace 30 años?
Son dos Cubas muy parecidas. El paisaje visual cambia poco, aparte de que las casas se han ido llenando de rejas, más allá de las rejas metafóricas. La gente tampoco cambia mucho. Lo que sí noté en esta última visita es la sensación de que ya no hay Cuba. Esa idea de una nación con un discurso determinado, errado o no, ya no existe. Se vive en una suerte de post-país, en un país que ya se acabó. Lo pensaba en una visita fantasmagórica que hice al Museo de la Revolución, que estaba en obras. La guía me decía: vamos a empezar desde la historia precolombina y mirar hacia el futuro. Es decir, son conscientes de que ya no existe la Revolución: como la Revolución no es nada, que lo sea todo.
¿Y cómo ha vivido la evolución de Rusia?
He estado yendo a Rusia desde principios de los 2000, por mi trabajo con la literatura rusa. Y he sido testigo de cómo la transformación propiciada por Gorbachov, el sueño de libertad, ha acabado en la pesadilla chovinista, solipsista y nacionalista de Vladimir Putin. Es decir, esa regresión de Rusia a la peor Unión Soviética. Svletana Aleksiévich me lo explicaba cuando comenzó la guerra en Ucrania. "Vivimos en el Gulag durante muchos años. Un día nos dijeron 'las puertas están abiertas, salid'. Y salimos, y la intemperie de la libertad, la intemperie a la que es arrojada la gente cuando desaparece el Estado, es tremenda. Y entonces volvimos a meternos dentro del gulag, cerramos la puerta y nos peleamos ahí dentro". Lo que sucede en Rusia, por desgracia, no es excepcional. El mundo del postcomunismo es también el mundo de los populismos, de la ferocidad nacionalista.
Rinde homenaje en el libro al exilio cubano, tan maltratado por la gran capacidad de propaganda que tenía el régimen. Sobre todo las primeras generaciones.
No crea que la izquierda europea de los 90, que vivía la resaca del fin la Guerra Fría y el fracaso del sistema socialista, fue benévola con nosotros. Aunque fue peor la situación de quienes salieron en los 60 y en los 70. Todo ese desprecio y esa animadversión han perseguido durante años al exilio cubano, que suele ser visto como una entidad monolítica, muy de derechas, muy reaccionaria, y que sin embargo es un animal plural y complejo. Y en definitiva, está integrado por víctimas de una dictadura cruel, que las ha expulsado de una manera oprobiosa. Pese a ello, el exilio ha mantenido económicamente a Cuba y a los cubanos durante años y lo sigue haciendo. Y ha mostrado con sus victimarios una generosidad nunca correspondida.
Viendo su trayectoria vital, cabe preguntarse de dónde es, realmente.
He terminado por concluir que soy híbrido: muy cubano, un poco ruso, bastante español. De ahí esa pasión que tengo por unir los puntos, como en ese juego infantil en el que creas figuras. Yo uno a Marina Tsvetáieva con Severo Sarduy y con José Martí y es como una revelación. Mi vida es un juego intelectual permanente para juntar esas referencias de tres países que siento muy míos.
Estuvo a punto de irse a un nuevo exilio, con el golpe secesionista de 2017.
Tuve la sensación de que se repetía la historia. Decía hombre, ahora esta gente me va a convertir en byvshi, en alguien que no cabe en la sociedad nueva. Lo mismo que le sucedió a mi abuelo. Y tuve como un ataque de ansiedad. Compré un billete y me fui a los Cayos de la Florida. Y ahí me senté en un kayak y vi en el teléfono el discurso del Rey. Cuando todo se calmó dije, vale, ya puedo volver. Esta vez no han ganado.