Lo que diferencia a Raphinha y Joan García de Lamine Yamal

Lamine no está en estos momentos en la frecuencia de genialidad de la que salen goles como el de Vini; ni en la constancia, forma y finura con que Raphinha pudo marcar por partida doble y dar al Barcelona el primer título de 2026.

Por mucho que la prensa local, y la parte más forofa de la afición, quieran ver grandes desempeños donde apenas hay fallidos intentos, lo que no puede ser discutido es que la relación entre el rendimiento y el salario de Lamine está muy por debajo de lo esperable y de lo esperado.

Y a mucha distancia, Joan García, por 6,25 millones por temporada, que es mucho para el común de los mortales pero poco para los 15 (sin bonos) que se lleva su incompareciente compañero. No son los únicos desajustes. Éric García, el sustituto de todos -menos del portero- que tantas veces ha salvado los muebles al equipo (y al entrenador), tiene una ficha muy parecida a la de Joan García y cobra menos de la mitad que Rashford y Lamime Yanal, y una cuarta parte de lo que percibe Robert Lewandowski.

Sobre todo entre chicos tan jóvenes, y en un deporte cuya gloria es tan traicionera y volátil, hay que entender que a los jóvenes hay que ayudarlos. Es el caso de Lamine, pero la manera de protegerlo no puede ser enmascarando su realidad extraviada sino que hay que trabajar con él desde la exigencia, inculcándole el sentido del deber y la responsabilidad que un contrato como el suyo genera , y haciéndole entender que jugar en el Barça es un privilegio que sólo tienen once elegidos, y no un avión privado en el que él tiene su asiento reservado.

De esta conciencia del derecho adquirido por ser quien es, y no por lo que hace, no puede salir nada bueno, y menos en un crío que viene de los bajos fondos del suburbio, y con un padre que está lejos de ejercer en su vida cualquier rol pedagógico basado en la prudencia y el equilibrio.

EEl ejemplo de Joan García, tranquilo, silencioso, sin escándalos privados que trasciendan a la vida pública, da al Barça no sólo consistencia deportiva sino también social y representativa, lo que sin duda acaba influyendo en un mejor rendimiento que el que suelen tener los jugadores con la vida personal más descontrolada y expuesta.

Joan, a diferencia de otros jugadores, negocia sus contratos y decide sus inversiones sin la presencia de su padre y en compañía de su novia de toda la vida. Con cada contrato, establece dos cálculos: uno por si su carrera se tuerce por culpa de una lesión fatídica, y otro, el más optimista, para ir creando un colchón que le permita, cuando se retire, empezar en condiciones su segunda vida.

Con la actuación frente a su ex equipo, en el primer partido del año, se coronó como héroe tranquilo y humilde que es en la vida real, en este Barcelona que en gran parte gracias a él, se sobrepone a sus carencias no por la vía de solucionarlas -ahí están- sino compensando con mucho más talento.

El caso tal vez más particular es el de Raphinha, porque aunque nadie discute su importancia, tampoco acaba de tener un relato. En este equipo en el que cada cual tiene su metáfora extradeportiva, Raphinha queda como un muy buen empleado del banco que llega, trabaja, y cuando acaba lo que tenía que hacer, apaga la luz y se va.

 

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