Cuando esta noche suene la campana de la una en San Lorenzo, y cruja el cancel metálico al abrirse de par en par las puertas, con el sonido de los flashes y la primera saeta ahogada desde el balcón, «al fin nos hallaremos», como el poema de Juan Ramón. Las temblorosas manos apretarán suaves la madera, la dicha conseguida del reencuentro. Y empezará un sendero solo ornando la indolente paz de nuestra pisada, que será la suya. Porque todo está en Él, que sale a caminar sobre las almas perdidas.
El Gran Poder habita en los suspiros ahogados. En las riñas cuando pasa. Va envuelto en un misticismo porque en Él también está el milagro de la transustanciación, la conversión en madera de Dios mismo. Porque así lo ve su pueblo cuando le pasa fugaz por su lado. Hay quien besa el moldurón y quien se quiebra en dos al verlo alejarse. Hubo una abuela, porque este Señor es el de nuestros mayores, que cogió a su nieta de la mano. La niña vivía sus últimos días, víctima de una enfermedad para la que no lograban cura. La anciana levantó la levedad del cuerpo de la chiquilla de la cama y la llevó como pudo hasta la esquina del Duque. La colocó en primera fila.
Cuentan quienes iban debajo, asomados a la malla del respiradero, cómo la pequeña llevaba pintada en el rostro la palidez que anuncia la muerte. Apenas se sostenía en pie. La abuela la agarró al detenerse el Gran Poder delante de ella. Le levantó la cara y le dijo: «Vamos a rezarle, porque este es el único médico que puede curarte». Quienes lo escucharon se estremecieron, sonó el martillo y el paso crepitó como un trueno en su interior. Había caído encima todo el peso de la fe.