El porqué del 'tapón' de Matalascañas: los piratas y la Flota de Indias

La Flota de Indias: galeones frente a Matalascañas

En 1503 se estableció en Sevilla la Casa de Contratación de Indias, el organismo fundado por Isabel la Católica para regular, centralizar y, en definitiva, controlar todo el comercio con el Nuevo Mundo. Con el monopolio concedido a Sevilla, ningún barco podía partir hacia América desde otro puerto que no fuese el hispalense, ni regresar de allí a otro destino que no fuera también la capital del Guadalquivir.

Esta situación, tan novedosa como beneficiosa para Sevilla, otorgó a Sanlúcar de Barrameda el papel clave de antepuerto. En el siglo XVI, Sanlúcar vivió un notable crecimiento económico y demográfico gracias a la Carrera de Indias: allí se terminaba de aprovisionar la flota antes de partir y se descargaba parte de la mercancía llegada de ultramar para su traslado por tierra a Sevilla, donde se registraba oficialmente en la Casa de Contratación. Era el modo que tenía la Corona de asegurarse de que nada escapase al control fiscal… aunque el estraperlo, haberlo, habíalo. Pero esa es otra historia que dejaremos para un futuro artículo.

Y es que, aunque hoy cueste imaginarlo, frente a la tranquila playa de Matalascañas cruzaban, majestuosos, los enormes galeones de la Flota de Indias, tanto de ida hacia el Nuevo Mundo como de regreso cargados de plata, oro y riquezas americanas. Aquella costa que hoy pisamos para descansar fue, durante siglos, frontera, vigía y testigo de una de las rutas más importantes de la historia universal.

Recreación de una Flota de Indias a su paso por el Atlántico Imagen: RTVE (Flota de Indias)

¡Sí hay moros en la costa! Cuando el mar era un peligro

Cuando hoy en día tomamos el sol o nos damos un refrescante chapuzón en alguna de nuestras playas de Huelva o Cádiz no nos imaginamos el peligro que suponía el vivir en estas orillas en siglos pasados. Desde la Edad Media, la costa de las actuales provincias onubense y gaditana era un hervidero de piratas berberiscos y de diferentes nacionalidades, que aprovechaban cualquier momento para atrapar barcos o directamente atacar poblaciones y aldeas costeras para llevarse hombres, mujeres, niños y ancianos cautivos a Berbería, para bien esclavizarlos y venderlos o para pedir un rescate (económico) a la península, que solían pagar las dos órdenes religiosas más valientes, que se jugaban literalmente el pellejo por salvar cautivos en el Norte de África: mercedarios y trinitarios, los redentores de cautivos. De ahí viene la famosa expresión «no hay moros en la costa», hoy políticamente incorrecta pero cuya raíz histórica fue directamente el problema de la piratería berberisca en nuestras costas en siglos pasados.

A partir del establecimiento de la Casa de Contratación en Sevilla y sobre todo a partir de la segunda mitad del siglo XVI, la piratería ya no solo afectaba a barcos y a la población sino que directamente amenazaba a la propia Flota de Indias a su paso por lo que hoy en día es la costa onubense, llamada entonces «Playa de Castilla». Los piratas aprovechaban las numerosas flechas de arena que el mar va formando en la costa (Tavira, El Portil, Punta Umbría…) para -sobre todo de regreso- intentar asaltar algún navío de la Flota de Indias y hacerse con parte de la riqueza, sobre todo el metal americano, codiciado por toda Europa, pero que solo España traía, gracias a las minas de plata y oro de México (Guanajuato, Zacatecas…) y el deslumbrante y célebre Cerro Rico del Potosí, en el Virreinato del Perú (actual Bolivia).

Cerro Rico del Potosí (Bolivia), la que fuera la mayor mina de plata del mundo. Foto del autor

El problema se fue tornando cada vez más importante y se fue convirtiendo en un verdadero quebradero de cabeza para la Corona Española, que veía amenazado tanto el oro y la plata americana como a una gran parte de la población que vivía, aterrada, en la costa.

¿La solución? Se la debemos al muy católico alto y poderoso Rey de las Españas, Felipe II.

La Torre de la Higuera y las torres almenaras, la solución ante los piratas

La solución vino de la mano del rey Felipe II, para salvaguardar tanto el metal que cruzaba el Atlántico como a la población que vivía junto al mar, así como la dignidad de España en su propio territorio. ¿En qué consistía? En una idea sencilla pero eficaz, construir decenas de torres almenaras en nuestras costas para que sirviesen de vigía ante la presencia de piratas, ya fuesen berberiscos, franceses, portugueses, corsarios ingleses o incluso españoles, que también los había. Felipe II encargó al comendador Luis Bravo de Laguna el diseño de una red de torres de vigilancia y defensa a lo largo del litoral atlántico andaluz, desde Gibraltar hasta la frontera con Portugal.

Bravo de Laguna inspeccionó la costa onubense en 1577 y propuso emplazar varias torres estratégicas entre la desembocadura del Guadalquivir y la del Guadiana. La Torre de la Higuera sería una de estas, localizada en la costa de Arenas Gordas (nombre antiguo de la zona de Matalascañas). Su función original era servir de atalaya para vigilar la costa y alertar mediante hogueras (almenaras) de cualquier avistamiento enemigo. También debía proteger un punto de aguada (abastecimiento de agua dulce) utilizado por pescadores y navegación de cabotaje proveniente de Sanlúcar de Barrameda, ya que se sabía que los navíos enemigos recalaban allí a aprovisionarse de agua.

Aunque el plan se trazó en 1577, muchas torres tardaron años en levantarse por falta de recursos; en general la construcción de esta línea defensiva se prolongó hasta alrededor de 1638. La Torre de la Higuera, finalmente erigida a finales del XVI o comienzos del XVII, prestó servicio como parte de la defensa costera durante esos siglos.

De esta forma, Felipe II dotó la costa de Huelva de un sistema de torres almenaras intervisibles, que junto a fortalezas mayores ofrecían vigilancia continua frente a incursiones enemigas. En la porción costera del actual municipio de Almonte se concentraron seis torres vigía a lo largo de unos 40 km de litoral, desde la Torre de San Jacinto en la desembocadura del Guadalquivir hasta la llamada Torre del Río del Oro (o Torre del Loro) cerca del límite con Palos de la Frontera. Junto con la Torre de la Higuera, se incluían en este tramo las torres del Asperillo, Carbonero, Zalabar y San Jacinto, muchas de las cuales aún se mantienen en pie o en restos.

Estas construcciones defensivas eran esenciales en una costa rica en pesquerías, poblados y haciendas, cuya prosperidad atraía a los piratas. Siendo esta costa la única vía natural de entrada de los galeones americanos hacia Sevilla, ésta representaba un objetivo codiciado para corsarios extranjeros dispuestos a capturar el tesoro de las Indias.

Torre Carbonera o Carbonero, una de las mejore conservadas en la actual Playa del Coto de Doñana

Incluso tenemos crónicas que atestiguan la tensión y el peligro que suponía la zona. En 1581, por ejemplo, el corsario berberisco Paparoli desembarcó en la playa de Arenas Gordas —actual Matalascañas— y capturó al noble Juan de Vega Garrocho, que regresaba de la jornada militar de Larache. Décadas más tarde, durante la construcción de la cercana Torre del Asperillo, los piratas berberiscos raptaron a los trabajadores de la obra, retrasando su finalización y dejando para la posteridad la expresión «se llevó la gente los moros», reflejo del terror constante a los secuestros con fines de esclavitud o rescate.

No se trataba de ataques aislados: al oeste de Matalascañas, la Torre del Río del Oro —también conocida como Torre o Pico del Loro—, equipada con dos piezas de artillería ligeras, fue asaltada por el pirata Morat Arráez, quien logró inutilizar los cañones clavándolos con estacas de acero y arrojándolos al mar, dejando la torre completamente indefensa. De hecho, solo unas pocas almenaras de la costa de Doñana estaban artilladas, como la del Río del Oro (Pico del Loro) y la de San Jacinto, dada su importancia estratégica.

Torre del «Pico del Loro» o Río del Oro, de las pocas que estaban artilladas en la costa. Entre Matalascañas y Mazagón

Y si la Torre de la Higuera no estaba artillada, entonces, ¿para qué servía?

No todas las torres costeras estaban diseñadas para el combate. De hecho, la mayoría no lo estaban. La Torre de la Higuera, como muchas otras almenaras de la costa de Doñana, cumplía una función esencial pero menos espectacular: vigilar, avisar y ganar tiempo. Cuando un vigía divisaba velas en el horizonte o detectaba actividad sospechosa en la orilla, encendía de inmediato una hoguera en lo alto de la torre. Esa señal visual, llamada «ahumada», consistía en una columna de humo denso durante el día o de fuego por la noche, visible a muchos kilómetros de distancia.

El sistema estaba ideado con precisión. En cuestión de minutos, como si de un mensaje cifrado se tratara, toda la línea de almenaras de la llamada «playa de Castilla» —desde Sanlúcar hasta la frontera con Portugal— respondía en cadena con sus propias señales. Las columnas de humo se sucedían una tras otra a lo largo de decenas de kilómetros de playa, creando una especie de telégrafo óptico que alertaba no solo a las torres vecinas, sino también a los núcleos de población del interior. Así, en pueblos como Almonte, Bonares o Bollullos, se sabía que había moros en la costa incluso antes de que el peligro tocara tierra.

Esa era, precisamente, la utilidad de torres como la de la Higuera. Aunque no disparasen, su mirada era el primer escudo. Permitían que milicianos, habitantes, religiosos redentores o incluso tropas reales pudieran reaccionar con antelación, preparar la defensa, esconder a los más vulnerables o simplemente huir a tiempo. En tiempos donde la piratería era una amenaza constante y mortal, una columna de humo podía marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

Y la pregunta que nos puede surgir es, ¿por qué está tumbada en medio del agua?

El «Tapón de Matalascañas» con su característica forma de tapón de botella

¿Por qué está volcada en medio del agua?

Una de las preguntas que me repetía de pequeño en mi querida playa de Matalascañas es: ¿por qué hay una piedra con forma de tapón en medio del mar? La conocida como Torre de la Higuera no siempre estuvo así. En su origen se levantaba sólida sobre un acantilado arenoso, a varios metros de la línea de costa. Pero el terreno que la sostenía —inestable, erosionable y castigado por los temporales— fue cediendo con el tiempo. Durante años se creyó que fue el terremoto de Lisboa de 1755, y el posterior maremoto, lo que hizo desplomarse la torre. Sin embargo, estudios recientes demuestran que ya en 1743 la torre aparecía caída en mapas oficiales, lo que apunta a un derrumbe anterior, probablemente por la erosión del acantilado y el abandono progresivo de su función defensiva.

Desde entonces, su estructura quedó boca abajo, con su zapata de cimentación al aire, confundida por muchos con una roca natural. Pero no lo es. Es un resto arqueológico de una construcción defensiva del Siglo de Oro, ordenada construir por Felipe II, un vestigio de la gran red defensiva levantada para proteger los tesoros del Atlántico.

Estado original de la Torre de la Higuera antes de su desplome en el siglo XVIII Imagen: Almonte en la historia (Facebook)

Hoy, el «tapón de Matalascañas» forma parte del paisaje emocional de sevillanos y onubenses, un símbolo que muchos hemos visto desde niños, sin saber del todo qué era ni por qué estaba allí. Un patrimonio integrado en nuestra memoria, pero no siempre comprendido. Espero que este artículo haya servido para sacar de dudas, y que al mirar hacia Matalascañas recordemos que por estas costas pasaban los galeones cargados de riquezas de América, y que aquella piedra inclinada, solitaria y testigo del tiempo, alguna vez fue vigía de uno de los corredores marítimos más importantes del mundo.

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