La gente salía los sábados a tomar chupitos después de cenar en casa de su madre y en verano iban de vacaciones a Nerja con sus padres como en Verano Azul. Sólo se descolgaban del grupo de amigos los que se embarazaban sin querer y desaparecían arrastrados por una prole que era bien recibida por los abuelos aunque supusiera olvidar los sueños universitarios e ir de viaje de novios a París. Las cuentas viviendas se nutrían de jueves sin salir de casa, de la carestía de festivales musicales y de que la cultura viajera de la juventud se condensaba en el viaje a Mallorca del bachillerato y un viaje a Egipto al final de la carrera.
Hoy, un chaval a los 22 años ya se ha hartado de conocer mundo desde la ciudad que le ha tocado en suerte durante el Erasmus, ha escuchado en directo a sus ídolos musicales en festivales de verano que se celebran cerca de Nerja a los que asisten solos, sin sus padres. El bagaje cultural de un chico de hoy es abismalmente superior al de aquellos que la juventud les pilló hace tres décadas. Nuestros jóvenes conocen mundo, viven nuevas experiencias, multiplican sus ratos de ocio y el número de universitarios crece sin parar. Las diferencias con la juventud de sus padres son abrumadoramente ventajosas para ellos pero, no nos engañemos, ahora a nadie se le ocurre abrir una cuenta vivienda.
El Gobierno liquidó las ventajas fiscales de aquella forma de ahorro pero en su desaparición ha jugado un papel aún más importante el convencimiento de nuestros jóvenes de que lo de ahorrar es cosa de abuelos. Lo de sacrificarse por tener una vivienda nos lo ahorrará el próximo programa electoral que prometa un pack de vivienda gratis, siete vuelos transoceánicos y media docena de festivales musicales sólo por votar.