Arbeloa recibió el primer bofetón de realidad vestido de negro y sin inmutarse

Y eso que fueron recibidos entre silbidos, algo que ni los aficionados más longevos del lugar recordaban. Siempre la admisión del Real Madrid en el Belmonte había sido con la alfombra roja, pero, esta vez, desde la génesis del choque hubo discordia. Algunos intuían la animadversión que suele provocar Vinicius, cuyo nombre, tras la megafonía, alcanzó el máximo de sonido de reprobación. Arbeloa no fue mucho menos, como si alguien viera ciertas sombras relacionadas con él en el despido de su amigo. Su recepción fue casi a la par de la Vini Jr.

Después, de pie desde el inicio, apenas se inmutó. Tampoco un Vincius que apenas compartía estado emocional con la grada; en su primer control, Capi, un meritorio manchego de diecinueve años, le robó la pelota con la misma intensidad con la que la grada le gritaba. No cesaron nunca los gritos de desavenencia con el brasileño, protagonista en los prolegómenos de manifestaciones racistas en su contra.

Pero apreció la niebla. Y con ella los blancos, ayer azules, ganaron espesura. Entonces Arbeloa, cuando apenas se llevaban diez minutos, se sentó por primera y única vez en el banco, por segundos, pues su regreso estuvo marcado por las dos entradas consecutivas que enardecieron a la grada solicitando tarjeta.

«He visto jugadores que han querido ganar, que se han esforzado y no les puedo reprochar nada, aunque entiendo al aficionado y a su exigencia»

Arbeloa

No hubo dudas sobre quien aupó sus primeras correcciones en un dibujo táctico que se le esperaba. Fue Fede Valverde a quien le quiso dar sus primeros galones en el campo. Sus primeras instrucciones fueron para el uruguayo que se veía desbordado por la intensidad local.

Volaba la niebla y el partido de los suyos se adormecía. No se inmutó cuando el gol al borde del descanso de Javi Villar. Una lección, tras un córner, para trabajar con exigencia la táctica. Ya tiene un debe en sus tareas. Y menos mal que Mastantuono, más que Arbeloa, alegró la noche hasta el descanso tras un dislate donde hubo dudas sobre quién juega en la élite y quién en la categoría de plata.

Sabiéndose capaz de solucionar el desaguisado expuesto en la primera mitad, amaneció la reanudación con un panorama que había virado en los instantes finales del primer acto. Esta vez los silbidos eran para el trío arbitral. Arbeloa se mostraba más nervioso; salía y entraba del banquillo, y ordenaba calentar a tres de los pesos pesados que tenía esperando su oportunidad en el banco: Carvajal, Camavinga y Alaba. Lo demás eran principiantes y Ceballos. Y seguía con las manos en los bolsillos, sin apenas gestos de reproche, cuando el equipo pareció otro, muy distinto esta vez al inicial. Poco le duró, solo lo que tardó el Albacete en enchufarse a una causa en la que comenzaba a gustarse.

Y ahí se fajó Arbeloa con rapidez cuando asistió a la resurrección del juego manchego. Fueron veinte minutos tras los que instruyó a Camavinga y Alaba para dar una vuelta de tuerca a una zaga que sufría con la amarilla mostrada a Huijsen.

«En este club empatar es una tragedia. Quien quiera calificar esto como fracaso lo entiendo, pero el fracaso está de camino al éxito, no son direcciones opuestas»

Arbeloa

Pero ni con esas. Buscó alternativas consensuadas con sus ayudantes en el setenta y uno, a su vera dentro de un banquillo donde ajustó al equipo con uno de su confianza, César Palacios, un referente ofensivo de su filial – con Ceballos, sin calentar, está claro que puede que sea el último de su fila-.

Cada vez había más nervios, más desasosiego en sus actos, más excitación con unas acciones que lastraban sus órdenes… hasta que llegó el segundo gol local y acudió, de nuevo, a buscar consejo entre su cuerpo técnico. Solo Vinicius, que se acercaba a hidratarse, recibió un cruce de mensajes de un Arbeloa cada vez más meditabundo.

«Perder en el Real Madrid no es un alivio nunca, pero tiene consecuencias positivas por el tiempo que tendremos mayor para trabajar, tendremos más margen de mejora físico»

Arbeloa

El silencio del técnico, apesadumbrado con las manos en los bolsillos, no mostraba signos de alteración un cúmulo de corners sobre el que se sostenía el ataque de los madridistas. Y ahí, Gonzalo hizo las tablas cuando la soga en el cuello les estaba dejando sin aire. Tampoco mostró Arbeloa, entonces, señales de aceptación intuyendo un desastre que se concretó con el tercero del Albacete que despedía de la Copa del Rey a un equipo roto. Arbeloa se iba cabizbajo firmando la primera derrota del Real Madrid de la historia en la ciudad.

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