'Long Story Short', o cómo resumir sesenta años en veinticinco minutos

La premisa, aparentemente sencilla, se revela pronto como un artefacto narrativo ambicioso: la historia de los Schwooper -antes Schwartz-Cooper, pero nadie en la familia quería lidiar con guiones en mitad del apellido-, una familia judía de la bahía de San Francisco, narrada en episodios de veinticinco minutos que saltan entre 1959 y 2022 como si fueran páginas desordenadas de un álbum de fotos. No hay una línea temporal recta, sino un mosaico. El espectador se mueve del pasado al futuro y viceversa, asistiendo a bar mitzvás fallidos, cenas de Shabat que terminan en reproches, una pandemia, lobos y divorcios.

Una cronología rota

El contexto industrial importa. 'BoJack' se benefició de un Netflix dispuesto a arriesgar en sus años de expansión. Hoy la plataforma vive en modo supervivencia: cancela proyectos con la misma rapidez con la que los estrena. En ese paisaje, una serie como 'Long Story Short' parece casi un lujo: animación para adultos, episodios de apenas media hora, estructura narrativa no lineal, temática culturalmente específica. Una rareza. Que haya sido renovada para una segunda temporada es ya una victoria, y que su primera entrega funcione como un fresco completo de seis décadas de vida familiar es un triunfo mayor.

'Long Story Short' no muestra una cronología regular: la gracia está en ver cómo un fragmento irregular ilumina a otro, y poco a poco se revela que todos los personajes existen a la vez como niños, adultos y ancianos. La hija rebelde que no soporta a su madre en los noventa es, simultáneamente, la madre que se desespera con sus propios hijos veinte años después. La circularidad es dolorosamente humana, es el «cuando tengas mi edad, lo entenderás».

Avi, Shira y Yoshi netflix

Bob-Waksberg, acompañado de su colaboradora habitual Lisa Hanawalt, vuelve a desplegar el mismo equilibrio entre humor absurdo y melancolía que ya había convertido a 'BoJack Horseman' en un fenómeno. Pero aquí el caballo alcohólico deja paso a una familia de carne, hueso y neurosis judías. No hay metáforas animales, salvo algún 'gag' surrealista escondido en las esquinas -un parque infantil invadido por lobos, un restaurante temático de pesadilla llamado BJ Bananafingers-. La vida familiar es suficiente terreno fantástico por sí sola.

Naomi, la matriarca solar

De todos los Schwooper, es Naomi (Lisa Edelstein) quien se erige como el sol alrededor del cual orbitan los traumas de la familia. Es la madre que cocina de más, critica de más y abraza de más. En cualquier otra serie quedaría como una caricatura, la madre judía de manual, pero 'Long Story Short' no se conforma con la superficie: basta con un salto atrás en el tiempo para descubrir de dónde vienen sus inseguridades.

Una reunión familiar en 'Long Story Short' netflix

El padre, Elliot (Paul Reiser), 'hippie' reciclado en profesor universitario, aparece más difuminado, tal vez porque Bob-Waksberg ha preferido guardar sus aristas para la segunda temporada, ya confirmada. Los hijos, en cambio, despliegan una química inmediata: Avi (Ben Feldman) y Shira (Abbi Jacobson), los mayores, comparten esa complicidad de hermanos cercanos en edad; Yoshi (Max Greenfield), el benjamín, permanece a la deriva mucho después de que sus hermanos hayan formado sus propias familias.

Humor con sombra

Si hay un rasgo que distingue a 'Long Story Short' de otras comedias familiares es su manera de situar el judaísmo en primer plano, no como anécdota cultural sino como práctica viva. Hay episodios que giran en torno a los platos de la cocina kosher, a los malentendidos en una boda interreligiosa, a la celebración de Yom Kipur tratada con una solemnidad insólita en la televisión.

Avi, Yoshi y Shira netflix

El humor, marca de fábrica de Bob-Waksberg, sigue presente: juegos de palabras, 'gags' visuales que se escapan si uno pestañea, situaciones de vodevil en bat mitzvás y cenas familiares. Pero debajo late siempre una corriente de melancolía. Lo que en 'BoJack Horseman' se expresaba en depresiones abismales y finales de temporada devastadores, aquí se cuela en pequeños traumas, en heridas mínimas que, acumuladas, definen la identidad de una persona. Lo que parece un reproche, un olvido, o un plato roto, se revela en realidad como cimiento de toda una vida.

Dayenu

Así, 'Long Story Short' habla de algo que trasciende su especificidad cultural. La serie explora cómo se transmite el afecto y cómo se transmiten también los defectos; cómo se heredan las recetas, las canciones, los silencios y los reproches; cómo cada generación cree estar inventando una nueva forma de vivir, pero al final reproduce los mismos gestos, los mismos errores. Esa universalidad se expresa, paradójicamente, a través de lo particular: en el detalle de los platos kosher, en el hebreo mal pronunciado de los niños, en los coros de voces familiares que se pisan unas a otras en la mesa. En el artefacto concreto está la emoción general.

El último guiño llega en hebreo: 'dayenu', «ya sería suficiente». Aunque la serie durara sólo esta temporada, 'Long Story Short' habría cumplido con creces. Bob-Waksberg había mostrado antes cómo se ahoga un caballo en la piscina de su propia tristeza. Ahora nos enseña algo quizá más doloroso y, a la vez, más consolador: que todos, tarde o temprano, somos versiones corregidas y aumentadas de nuestros padres. Que la vida familiar nunca es lineal. Y que, a pesar de todo, siempre habrá sitio para otro plato en la mesa.

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