«El trabajo era sacar a todas y cada una de las personas que había en los vagones de los trenes implicados», explica. Los equipos de emergencia se dividieron para actuar de forma simultánea en ambos convoyes siniestrados, aunque a Uceda le correspondió principalmente el Alvia, que se llevó la peor parque tras la colisión.
La actuación se coordinó estrechamente con los servicios sanitarios, que realizaban el triaje sobre el terreno para priorizar a los heridos más graves. «Íbamos evaluando e intentando sacar a las personas que estaban peor», recuerda el bombero, que entró en los vagones con material de descarcelación para retirar chapas, cortar estructuras y abrir huecos entre un amasijo de hierro que apenas dejaba espacio para moverse.
El ruido de las sierras y las herramientas pesadas añadía angustia a una escena ya límite. «Les hablábamos mucho a las personas atrapadas, intentábamos tranquilizarlas, explicarles lo que íbamos a hacer», recuerda afectado Uceda, consciente del miedo que generaba el estruendo del metal al ser cortado a escasos centímetros de los heridos.
Atrapadas por las piernas
Entre los recuerdos más difíciles, el bombero menciona el rescate de dos mujeres que permanecían atrapadas por las piernas. «Costó sacarlas, pero finalmente lo conseguimo». Otro herido, sin embargo, falleció en el mismo lugar poco después de ser liberado. «Lo sacamos con vida y, por desgracia, se nos murió allí mismo», explica.
«Nadie está preparado para eso», concluye el bombero. «Es nuestro trabajo actuar como actuamos, pero luego te llevas ese pellizco de no haber podido salvar la vida de esa persona», se lamenta este especialista quien, como el resto de compañeros y equipos de restate, soporta ese peso invisible de la catástrofe.