Con el equipo carioca también disputó una final de la Libertadores en 2008, pero la perdió contra Liga de Quito en la tanda de penaltis. Una larga carrera en los banquillos que comenzó tras otra exitosa etapa como jugador. Ganó todos los títulos de su país, también levantó una Intercontinental, una Copa América con Brasil y marcó más de 200 goles.
Renato nació en una familia con catorce hermanos, con un padre albañil y una madre ama de casa, entregada a la crianza de sus 15 hijos. Siempre quiso jugar al fútbol, como sus hermanos Flavio y Mauro, que también fueron profesionales, pero el contexto familiar le llevó por otro camino. Trabajó en una fábrica de muebles y en una panadería para llevar dinero a casa. Lo hacía mientras probaba suerte en distintos equipos, como el Inter de Porto Alegre, pero ni siquiera le pagaban el desplazamiento a los entrenamientos y acabó renunciando.
Un palo para la familia, sobre todo para su padre, fiel seguidor del Inter y enemigo de Gremio, el equipo que finalmente acabó convirtiendo en profesional a Renato, pese al disgusto y la disconformidad de su progenitor, que nunca llegó a verle jugar. Falleció poco antes de su debut con el primer equipo de Gremio, allá por 1982.
Renato era un extremo de banda derecha eléctrico, veloz, habilidoso y con gol. Le llegaron a comparar con Garrincha. No lo era, por supuesto, pero era uno de esos futbolistas brasileños por los que pagabas gustosamente hasta el último real de la entrada. Un disfrute para la afición, una bendición para sus compañeros, y un dolor de cabeza para los dirigentes. No salía de un lío cuando ya se estaba metiendo en otro. No quería jugar con espinilleras, una vez que la FIFA las puso como obligatorias en los ochenta, bebía demasiado, acabó echando del Flamengo a Djalminha tras una pelea con él, amenazó con irse de Gremio cuando el presidente le multó por comprarse un coche de macarra que el mandatario no permitía… Era una caja de bombas.
En 1983, ganó con Gremio la Intercontinental ante el Hamburgo, marcó los dos goles y fue declarado el mejor futbolista del partido, lo que le libró de la multa del presidente por aquel coche espantoso que incumplía las reglas del club. La prima de aquel histórico título la utilizó para pagar una casa a cada uno de sus hermanos.
Los escándalos de Renato no se circunscriben solo a sus clubes. Fue expulsado de la concentración de Brasil, con quién ganó el título continental en 1989, durante el Mundial de México 86. Antes de debutar en el torneo, varios jugadores montaron una barbacoa que acabó yéndose de madre. Al intentar regresar al hotel, ya por la mañana, junto a su amigo y compañero Leandro, fueron pillados y Tele Santana los mandó a ambos a casa.
Amante del mar y de su país, era el plan B de la CBF si Ancelotti hubiera vuelto a decir que no a la selección brasileña. No fue así, y Renato continúa con su sexta andadura en el banquillo de Fluminense y podría volver a cruzarse con el Madrid en una final. Ya fue así en 2017, como entrenador de Gremio, en el formato reducido del torneo, que en aquella edición se jugó en Abu Dabi. Fue cuando sacó, una vez más, su lado provocador y se comparó con Cristiano: «Ronaldo es un gran jugador, pero yo fui mejor. Era más técnico y más versátil, y él era todo fuerza.
No se cortaba con nadie Renato. Tampoco con Pelé. Durante su etapa como futbolista, Renato coincidió un día con él en un programa de televisión. No paraban de poner goles de Pelé, y tras uno de ellos, el astro brasileño le susurró al oído a Renato: «Mil goles». «Por cada gol tuyo, una mujer mía», le contestó Renato: «Lo que pasa es que Pelé paró en mil y poco, y yo no», dijo después de aquel programa. Así es Renato Gaucho, el panadero que acabó siendo una estrella del fútbol, y de la vida.