Xabi Alonso podía recibir la gracia real cuando era futbolista en el Real Madrid y un pilar en la mejor selección española que nunca hubo, seis temporadas de blanco y una Champions, la del gol de Sergio Ramos en Lisboa ante el Atlético, pero perdió toda su valoración previa cuando se sentó en un banquillo y asumió las responsabilidades propias de un entrenador.
Entonces el guipuzcoano dejó de tener gracia porque en el Real Madrid, salvo Mourinho por su personalidad, Zidane por su aura de gigante del fútbol y Carlo Ancelotti por su ceja ingeniosa de buen gestor de almas, pocos entrenadores han superado el tamiz. Zidane se marchó dos veces y en ambas, sobre todo en la segunda, adujo que renunció porque el club «ya no tenía confianza» en él.
A Xabi Alonso lo sentenció el sinfín de aspavientos de Vinicius cuando el entrenador decidió cambiarlo por Rodrygo durante el clásico de Liga que, paradójicamente, el Madrid le ganó al Barcelona el pasado 26 de octubre. El brasileño provocó un pulso con Alonso al realizar gestos de menosprecio, «¿Yo, yo?», protestó. Hasta que llegó a la banda fue una sinfonía de desprecios hacia el técnico que culminó con un frase de niño caprichoso. «Me voy del equipo, me voy del equipo», repitió cuando se dirigió al vestuario con el partido en juego.
Vinicius ya había mostrado su disgusto en otras sustituciones, y más después de que el preparador no lo considerase indiscutible durante el Mundial de clubes en Estados Unidos. Para Xabi Alonso solo Mbappé tiene esa condición única. Pero después de algunos chascos del Madrid, algunos jugadores (Huijsen y Guler) ya insinuaron que Vinicius y también Mbappé debían «defender más».
Vinicius ya había mostrado disgusto en otras sustituciones desde que Xabi no lo considerase indiscutible en el Mundial de clubes
La presión alta que quiere Xabi Alonso, al estilo de lo que hace la selección española con De la Fuente o el PSG con Luis Enrique, se ha ido difuminando en el transcurso de la temporada por la desidia defensiva de Vinicius y Mbappé.
La reacción general al enfado de Vinicius ha destrozado a Xabi Alonso, un técnico que no ha empatizado con el madridismo, demasiado frío, demasiado distante. El club no salió públicamente a defender la autoridad del entrenador y la estrella brasileña no pidió disculpas a su técnico en un comunicado lleno de excusas: al club, a la afición y a sus compañeros. De Alonso, ni palabra.
Por ahí se acabó el crédito del entrenador destituido. Los jugadores detectan a la primera el rasgo de debilidad y el propio Xabi Alonso no fue capaz de dar un volantazo a la situación con algún gesto público, algún chispazo en las ruedas de prensa. Con un perfil muy plano, habló de unión, respaldo, todos juntos, trató de aparentar afinidad entre el vestuario de estrellas y su staff técnico. No era difícil percibir la desconexión desde cualquier ángulo de visión.
Vinicius, que no fue a la gala del Balón de Oro por una rabieta de chaval cuando lo ganó el español Rodri y que recibió el apoyo explícito del club al no acudir nadie, encendió con su personalidad antojadiza la salida de Xabi Alonso.
La autoridad de Xabi Alonso está por los suelos: pidió a sus jugadores que hicieran el pasillo al Barça, pero Kylian Mbappé se negó y pidió a sus compañeros que no lo hicieran. Todos los jugadores hicieron caso al francés y no a su entrenador. Gravísimo. pic.twitter.com/Sldiy3ivYJ
— -1899- (@_Futbolero_) January 12, 2026
A partir de entonces, el mal juego y los discretos resultados le pusieron en un disparadero casi permanente. Tras el clásico de octubre, tres empates consecutivos en Liga ante rivales teóricamente menores —Rayo (0-0), Elche (2-2) y Girona (1-1)— abrieron el run run. El triunfo en San Mamés (0-3) ejerció de falso bálsamo, inútil tras la derrota cuatro días después frente al Celta en el Bernabéu (0-2).
Posteriormente llegaron las constantes bolas de partido para Alonso en las citas ante Alavés, Talavera (Copa), Sevilla y Betis. Saldadas todas elas con victorias, el examen final tenía una sede lejana, Arabia Saudí. La Supercopa, primer título del año, dictaría sentencia. Un triunfo angustioso ante el Atlético (1-2) y la derrota en la final ante el Barcelona rubricaron la sentencia final del entrenador vasco.