No fue fácil, porque afrontó una refundación con nuevos socios, Esther Romero y Andrés Alonso, y el traslado primero a Jesús y María y ahora junto a los Jardines de los Patos, pero el establecimiento, una institución en la cultura de Córdoba, sigue adelante.
-Muchos temieron que alejarse del Centro no fuese bueno. ¿Cómo marcha la librería en este lugar?
-Estamos muy contentos. Primero porque el espacio es mucho más amplio y más cómodo, y después porque estamos en una zona también céntrica, sin sufrir los agobios del turismo de masas en Las Tendillas. Es mucho más fácil el acceso en transporte público, o incluso en coche, y estamos estratégicamente cerca de la estación y la biblioteca Grupo Cántico.
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-¿Un librero es algo más que un dependiente de librería?
-En el librero hay muchas formas de ser librero, desde el librero a pie de mostrador, que trata con el cliente, hasta el que, desgraciadamente, como puede ser mi caso, está menos en contacto con los libros y más con la gestión y con la contabilidad. Digamos que la figura del librero tiene un poco de todo. Para ser un librero integral tiene que estar al tanto de las novedades, tratar con los clientes, saber cómo funcionan el almacén y la oficina.
-A la hora de tomar una decisión importante en una casa así, ¿hay que consultar con los muertos?
-Sí, pero eso es una cosa que tenemos nosotros muy asumida, muy interiorizada, que es lo que podríamos llamar el espíritu Luque, o Sarasola, porque al abuelo no llegamos a conocerlo. Cuando él murió, mi tío tenía seis años y mi padre, tres años. Entonces fue la abuela, Pilar Sarasola, la que se hizo cargo del negocio, a la que sí conocimos, porque estuvo en la librería trabajando hasta el final. Se respira esa forma de trabajar y de tratar tanto con los proveedores como con los clientes. Tenemos muy presente que lo primero es mantener ese espíritu viviente.
-¿Sigue existiendo ese cliente al que se conoce y se le recomienda porque uno sabe lo que le gusta?
-Claro, son nuestros clientes más tradicionales, que nos siguen siendo fieles aunque vayamos cambiando de ubicación y a los que tenemos un grandísimo respeto. Y si no es tan habitual, cuando alguien viene buscando recomendación, lo primero que se le pregunta es qué es lo que ha leído últimamente, lo que le ha gustado, por dónde van sus gustos, para poder orientarlo o aconsejarlo.
-La cultura apasiona a mucha gente, pero en lo económico es complicado encontrar un balance. ¿Es más difícil que se entienda como algo que también nos tiene que dar de comer?
-Tenemos el problema ese de que somos una tienda, un pequeño comercio, pero consideramos que lo que ofrecemos no son solamente son artículos con su código de barras, sino que tienen mucho más detrás. Hay clientes que sí, que lo entienden así, pero muchas veces nos cuesta trabajo que las instituciones aprecien también ese matiz. Nos gustaría que las librerías en general estuviesen mejor tratadas, pero no en lo económico, no pedimos subvenciones, sino que nos den unas ciertas facilidades a la hora de desarrollar nuestro trabajo.
-¿En qué sentido?
-Pues se me ocurren un montón de cosas. Las pequeñas librerías tenemos problemas para acceder a los concursos de adquisición pública para bibliotecas. En Francia, incluso aquí en España ya lo teníamos, hay un certificado, un sello de calidad en la librería, y con ese sello se puede diferenciar de otras empresas que están creadas específicamente para optar a estos concursos y ya saben cuáles son los requisitos y nos dejan fuera. Siempre intentamos apelar a las instituciones para que se den cuenta de eso, de que no sólo vendemos libros, sino que ofrecemos cultura. Igual que el resto de comercio de vecindad, somos los que vertebramos los barrios, los que hacemos ciudad.
«Se respira esa forma de trabajar y de tratar a los proveedores y a los clientes. Tenemos muy presente que lo primero es mantener ese espíritu viviente»
-¿Qué buscan los clientes?
-Narrativa por supuesto, pero es cierto que de un tiempo a esta parte el cómic o la novela gráfica están teniendo bastante más demanda. Una cosa que nos agrada mucho es la literatura juvenil, porque se ve que los chavales ya leen de otra manera. Al relacionarse entre ellos por las redes sociales no es que se haya creado, porque ya existía antes, una lectura que ahora es más comunitaria. Lo ponen más en común. Antes era en un club de lectura, en un grupo reducido, pero ahora se multiplica el efecto al difundirse por las redes sociales. Las editoriales, aparte de estar publicando más, ahora están haciendo ediciones más cuidadas, dándole más valor al libro físico en sí, con los cantos tintados, porque se han dado cuenta que es una cosa que aprecian los chavales.
-El libro a veces se imprime ahora casi en papel de fumar. ¿Sigue existiendo el libro bello y perdurable?
-Las grandes editoriales tienen sus libros en condiciones. Después hay muchos con unas calidades que no tienen nada que ver con eso. Las grandes editoriales se lo pueden permitir y ponen un precio por toda la campaña que tienen detrás de marketing o de publicidad o de distribución.
-¿Se ha pasado el miedo a que el libro electrónico acabara demasiado con el de papel?
-Hubo un ataque de pánico cuando salió, más fuera del sector librero que dentro de los propios libreros, porque nosotros sabemos cuál es el valor del libro y cuál es su proyección. Pero sí es cierto que te decían que todo el saber universal iba a estar reducido a una pantalla en que se iba a poder consultar un millón de libros. Al final no ha sido tan demoledor, no ha sido tan malo para el libro. Se ha quedado como un buen recurso para la lectura. Tiene sus ventajas, sobre todo en las profesiones técnicas, que necesita estar al día en legislación o normativa y se pueden descargar actualizaciones. Creo que el que es lector en libro electrónico sigue siendo lector en papel, y el que lee en papel, si tiene la posibilidad o la conveniencia de usar el dispositivo, pues no le hace ningún asco. No creo que sean incompatibles.
-¿Se sienten bien tratados los libreros por los escritores y por las editoriales?
-Sí, en general sí, por las editoriales y por los autores. Es cierto que hay editoriales que se olvidan, quiero pensar que inconscientemente, de que somos el escaparate de sus libros para que la gente tenga acceso a ellos y su canal de venta principal. Se sienten arrastrados y tentados por las nuevas formas de vender, por las nuevas plataformas de comercio electrónico, y muchas veces nos sentimos un poco dejados de lado para que ellos puedan pensar que así van a vender más. Que sí, que venderán más, pero en el momento en que vendan lo que nosotros no vendemos, nosotros vamos con unos márgenes muy justos. En el momento en que nosotros no podamos hacer frente a los gastos y tengamos que cerrar, como están cerrando muchísimas librerías, ¿la culpa de quién es? Si faltan las librerías independientes y la venta de los libros queda reducida a una serie de plataformas por internet, la libertad de publicación y de venta también se vería muy condicionada, porque serán pocos los que decidan qué vender y cómo vender.
«Las editoriales se dejan tentar por nuevas formas de vender y se olvidan de que somos el escaparate para sus libros»
-¿Porque no habría acceso a todo lo que publica?
-Claro. Se puede publicar por libre, pero la distribución en manos de unos pocos que deciden mucho tiene esos riesgos.
-Sus familiares conocieron y sufrieron la censura. Ahora hay librerías que no se atreven a vender ciertas obras señaladas por algunos sectores, como el libro de Juan Soto Ivars sobre denuncias falsas. ¿Lo comparte? ¿Ha retirado obras?
-No, nosotros no lo hemos hecho. Ponemos a la venta los libros que nos mandan las editoriales o los que nosotros elegimos, pero no censuramos ninguno, porque sabemos lo que supone la censura para la cultura en general y tenemos el recuerdo de la quema de libros en Las Tendillas cuando el alzamiento, que de eso todavía hay memoria social y familiar.
-¿Cómo se compite con las grandes librerías?
-Competir es muy difícil. Las pequeñas librerías que formamos el tejido de librerías independientes de España. Estamos agrupadas en el Gremio de Librerías de España, que precisamente vio la necesidad de tener que ofrecer una plataforma de venta de libros en internet que fuese de las propias librerías. Así nació todostuslibros.com, la mayor plataforma de venta de libros en España, y los que los vendemos somos directamente las librerías asociadas. Las grandes corporaciones tienen más medios, más recursos y más especializados y nosotros, gracias al trabajo del gremio y gracias también al apoyo de los clientes estamos haciendo que la gente, cuando piense en comprar un libro en internet, no se vaya primero a la gran plataforma. Respecto de la cadena, pensamos que es en la atención personalizada al cliente donde radica nuestra mayor baza, en la cercanía y el buen trato al cliente.
-¿El mundo de la cultura y del libro viven en una crisis permanente?
-Se ha dicho que esta crisis es eterna, pero por el momento que me ha tocado vivir, del año 2000 hasta aquí, el tiempo que yo llevo en la librería, si no hay una crisis económica es porque hay una guerra, y claro, todo se resiente, particularmente el libro cuando no es un artículo de subsistencia o de primera necesidad. Pasó con la pandemia también. Nos adaptamos a las circunstancias y vamos resistiendo y yo creo que volvemos otra vez a florecer. Cuando pasa la mala temporada, como esta racha de lluvia que hemos tenido, al final la gente termina volviendo a las librerías.
-Un libro con mucha venta y no tan buen calidad, ¿garantiza, como se dice, que otros más minoritarios y mejores puedan publicarse?
-A lo mejor por la venta masiva de un premio literario la librería le beneficia porque puede seguir abierta. Yo pienso que no hay libros buenos o malos. Cada libro tiene su público, el hecho de que a lo mejor no tenga la calidad que se le debería reconocer no es inconveniente para que haya gente que le guste y gente que no necesita una altura intelectual en los textos para disfrutar de la lectura. Tenemos todo tipo de género y la gente disfruta en cualquier momento de cualquiera de ellos. No creo que haya libros buenos y libros malos.
«No censuramos ni retiramos ninguna obra, porque tenemos la memoria de la quema de libros en Las Tendillas»
-¿Se lee en Córdoba?
-Para la población que tenemos en Córdoba en comparación con otras ciudades sí hay pocas librerías. ¿Que eso sea síntoma de que se lee poco? Quizás, a lo mejor tradicionalmente la sociedad cordobesa era menos cultural y era más rural, pero hoy en día no. Está todo muy equilibrado y sería bueno que se leyese más pero no veo tantos problemas.
-¿Qué lee un librero?
-Para mí no hay un género en concreto. Tenemos que leer mucho, sobre todo las apuestas de las editoriales, y libros de autores locales que te ruegan encarecidamente que les des tu opinión. Un librero que tiene que leer de todo y en mi caso hay ciertos géneros con los que no disfruto, como puede ser la novela policiaca o de intriga, porque como digo yo, no me gusta pasarlo mal y me sume en un estado de tensión y de nerviosismo con los que no disfruto especialmente.