Quienes llegamos al carnaval gracias a las primeras retransmisiones televisivas y probamos su veneno con las coplas del Selu, el Yuyu o el Love; disfrutamos con el cuarteto de Rota y luego con el del Morera, –aunque no fuéramos de Cádiz–, o con aquel 'Titirimundi' del coro de los Niños, tenemos conciencia de haber asistido a una época dorada y arrastramos la nostalgia plañidera del luto por aquel carnaval, en el que las puyas de la crítica política y social se repartían a diestro y siniestro, pero no había siniestro que se salvara de las mismas.
Hoy, el concurso del carnaval se ha convertido en un foro tendencioso en el que sus autores demuestran una parcialidad preocupante que les impide criticar al sanchismo, a pesar de la cantidad de argumentos que ofrece para generar chanza, desde el coro de las sobrinas de Ábalos al cuarteto del Peugeot. Sin embargo, este año se ha cantado sobre todo al franquismo (de máxima actualidad), la monarquía (un clásico) y a la crisis del cribado, que ha servido para llamar a Juanma Moreno 'asesino' o mandarle 'a mamarla' (manca finezza). De todos los nombres de aquel cielo del carnaval que perdimos, sólo el papa Yuyu ha pisado este año las tablas, donde le han tachado de 'facha' por presentar en Cádiz el libro del presidente andaluz.
El déficit de memoria democrática inmediata de los autores no es el mayor motivo de preocupación. En este presunto secuestro ideológico perpetrado por el 'Komando Astilleros', lo peor es la campaña de acoso que soportan los que van a contramano del pensamiento único. Así lo han denunciado los Pastrana, que el año pasado hicieron una letra muy agresiva contra Pedro Sánchez (hermanos, el insulto no puede vencer nunca a la fina ironía), y cuya comparsa ha criticado este año esta mordaza de los copleros en un concurso donde al que no diga 'ole' ya ni se le respeta. Esta nueva censura, propia del tiempo que vivimos, no se puede asumir como normal porque afecta a la libertad, y por tanto a una enseña de Cádiz.
Siempre nos quedará la calle. Frente a las melancolías, –la de los copleros y la de los que están perdiendo la afición–, queda confiar en el albedrío de este carnaval gaditano que puede con todo, incluso con que gane una chirigota sevillana. Por eso, antes de perder la fe en el credo del apóstol Aragón y en ese «espíritu libre y santo» que lleva a «la vida eterna de los carnavales», imploremos al dios Momo para que se lleve esta noche la sordina que nos ha propuesto este año desde el Falla una sonrisa hemipléjica.