22 de mayo de 2010. Mourinho gana la Champions al Bayern (0-2) y logra el triplete con el Inter. Hazaña que no celebrará junto a su equipo. El técnico portugués no viajará de vuelta a Milán y se queda en Madrid, para cerrar el acuerdo verbal que tenía con el club blanco. Tres años de contrato y un objetivo claro: acabar con la dinastía del Barça y devolver al Madrid al lugar que le pertenece.
31 de mayo de 2010. Mourinho es presentado como nuevo entrenador del Madrid y confirma por qué Florentino, pese a las reticencias de Valdano, ha decidido cargarse a Pellegrini y confiar en él el proyecto deportivo: «Del Madrid me atraen su historia, sus frustraciones de los últimos años y las expectativas de ganar. Pero lo bonito no es dirigirlo, sino ganar aquí. Hace unos minutos, el presidente me enseñaba las copas ganadas por el club en el pasado y añoraba el último triunfo. Yo también». Declaración de intenciones y aviso de lo que sería una tensa relación entre la prensa y el luso: «¿Usted ficharía a un entrenador que no celebra la Champions con su equipo?», le preguntaron en esa presentación. «Yo ficharía al entrenador que gana la Champions», contestó.
José Mourinho estuvo tres años en el banquillo del Real Madrid, tiempo en el que el club, el equipo, la afición y el entorno se dividió por completo en dos. O eras pro Mourinho o eras anti Mourinho, o lo que definió el propio Mou como «pseudomadristas». No había grises. El luso prometió títulos, pero hubo más semifinales que finales y más broncas que copas (solo ganó una Liga, una Copa del Rey y una Supercopa de España). Y, además, provocó la etapa de mayor fractura social de la historia del Madrid, cambiando la forma de relacionarse con los rivales, con los árbitros, con los medios, con LaLiga, con la UEFA, con la FIFA… Entendía que todos estaban contra el Madrid y que eso no podía permitirse. Empezando por los periodistas: «Nuestra prensa, la que nos sigue, va contra nosotros», se lamentaba una y otra vez.
A Mourinho le llevaban los demonios que sus jugadores filtraran información y que los periodistas que seguían el día a día del Madrid no remaran en la misma dirección que él. Era su modo de entender el binomio prensa-club, y así lo había puesto en práctica en el Oporto, el Chelsea y el Inter. No iba a ser un excepción el Madrid, así que para intentar ganarse a los medios, quiso unir lazos. Sentada en julio con los enviados especiales en la gira de pretemporada en Estados Unidos, y a mitad de esa primera temporada, en febrero, partido del cuerpo técnico contra la prensa. Gestos que no encontraron la respuesta que Mourinho quería. No, al menos, de toda la prensa. Y cortó por la tangente. Tras esa primera temporada, echó a la prensa del avión del equipo. Y también hizo lo mismo con un par de jugadores.
A Pedro León le dejó de convocar de un día para otro por, supuestamente, calentar con desgana en un partido ante el Levante. Pero realmente, lo hizo porque pensaba que el murciano filtraba a la prensa, y hasta le humilló públicamente en una rueda de prensa diciendo que no era «ni Zidane ni Maradona» como para que los periodistas preguntáramos tanto por él. A Canales también le acusó de 'topo'. Tanto que un día le pidió su blackberry, le hizo poner su pin para entrar en BlackBerry Messenger, y cuando vio que tenía una conversación con el periodista Antón Meana, entonces reportero de Radio Marca, le obligó a borrar su número y le exigió que jamás volviera a hablar con él.
Un periodista al que Mourinho llegó a encerrar en el cuarto anexo a la sala de prensa de Valdebebas, justo después de una rueda de prensa, para obligarle a que le confesara quién era su fuente dentro del vestuario y al que le recordó en tono despectivo y amenazante el fondo de pantalla que tenía en su móvil: «Sé que tienes el marcador del día que perdimos 0-1 contra el Sporting».
Toril, Valdano, Casillas...
Mourinho vivió esos tres años obsesionado con las filtraciones de sus onces. Tanto que llegó a echar al jefe de prensa, al médico y hasta al cocinero. No se fiaba de nadie. Tampoco de Toril, el técnico del Castilla, al que le cortó el circuito interno de televisión de Valdebebas para que no pudiera ver nada del primer equipo, ni tampoco le daba acceso a los entrenamientos durante los parones de selecciones, aunque se llevara a medio Castilla con él para compensar la ausencia de los internacionales.
También se cargó a Valdano, al que públicamente hizo de menos en varias ocasiones y cuya verborrea calificó de «filosofía barata». El entonces director deportivo del Madrid, que dejó de serlo tras la primera temporada de Mourinho, discrepaba con el luso por sus continuos ataques a los árbitros, como aquella famosa lista de 13 errores de Clos Gómez tras un Madrid-Sevilla. También por sus faltas de respeto a entrenadores rivales, como sucedió con Manolo Preciado, al que acusó de dejarse perder en el Camp Nou, en un 7-0 del Barça al Sporting, y este le respondió llamándole canalla. Aunque bien es verdad que con el paso del tiempo, Mou y Preciado se hicieron amigos y el luso le homenajeó tras su muerte.
Mou y Valdano también chocaron cuando el portugués exigió el fichaje de un '9', a pesar de que tenía a Benzema en la plantilla: «Si vas a cazar con un gato cazas, pero si vas con un perro cazas más», dijo. Y otro lío importante se produjo cuando Florentino y el propio Valdano le negaron la posibilidad de compatibilizar el cargo de seleccionador de Portugal con el de entrenador del Madrid, algo que quiso hacer en el parón de octubre de 2010, en una situación crítica para su país, que acababa de despedir a Carlos Queiroz: «No entiendo que no me dejen ir si voy a estar 10 días en Madrid de vacaciones».
«Es verdad que cuando no te interponías en su camino Mourinho era adorable, pero si lo hacías, te machacaba todo lo que podía. Era una política de desgaste continua», recuerda a este periódico un veterano empleado del club. Y eso pasó con Casillas. Aquella guerra Madrid-Barça, con Íker y Xavi de por medio y la selección española como daño colateral, la llevó al extremo Mourinho, hasta el punto de convertir al mejor portero del mundo, junto a Buffon, en el suplente de Adán. El luso no concebía que Casillas no le bailara el agua, consideró una traición que llamara a Xavi para hacer las paces, le dolió en el alma que ambos recibieran el Príncipe de Asturias, y le consideraba el 'topo' mayor del vestuario por chivar a sus periodistas más afines los onces. Y eso era sagrado para Mourinho: «Para él, que no se supieran el once titular era el termómetro de tener el control, o no, del vestuario», recuerda este mismo empleado.
Una política de desgaste que llevaba, por supuesto, también al límite con los medios. Por ejemplo, en Estambul, antes de un partido contra el Galatasaray decidió entrenar en el campo del Besiktas. Así obligaba a los periodistas a elegir entre entrenamiento o rueda de prensa, que tenía que ser obligatoriamente en el campo del Galatasaray. El tráfico extremo en Estambul hacía inviable cubrir ambas cosas. Otro ejemplo. Si los entrenamientos de previa solo se podían ver 15 minutos, él los abría por completo si eso hacía que la prensa pasara frío. Así lo hizo en Moscú, antes de jugar contra el CSKA, donde entrenaron a 15 bajo cero.
Que no caiga en el olvido cuando Mourinho defendió a Karanka en la rueda de prensa.pic.twitter.com/oEoI8V5qAG
— LaVozGalactica (@Lavozgalactica) May 26, 2025
Una relación tóxica que tocó cumbre antes del primer Madrid-Barça del rally de los clásicos, en abril de 2011, cuando Mourinho decidió que Karanka sería el encargado de dar la rueda de prensa y los medios, excepto los sudamericanos y Punto Pelota, boicotearon esa comparecencia y se marcharon. Después, tras el partido, se vengó y fue él quién ignoró a la prensa: «Si ustedes no contestan a mi segundo, yo solo contesto a vuestro director».
Así fue la era Mourinho. Tres años de continua tensión, división, confrontación e histeria que, paradójicamente, Florentino recuerda con mucho cariño. De hecho, hoy sigue pensando que el paso del luso por el Madrid fue decisivo para lo que vino después, que no es otra cosa que la mejor etapa de la historia del club, con permiso de la de Di Stéfano. Y hasta mantiene contacto y amistad con un Mourinho que hoy se mide al Madrid en Da Luz, en un partido tan morboso como decisivo para ambos equipos. El Benfica se juega los cruces y los blancos, el top-8.