En efecto, hoy son los maquinistas. Ayer eran los camioneros, ganaderos y agricultores, supuestamente conjurados con la derecha extrema rural. Eran los jueces, fiscales, catedráticos y abogados que alertaron de los efectos de benevolencia injusta de la ley del «solo el sí es sí». Eran los vecinos de Paiporta, abducidos por grupos ultras en los abucheos a Pedro Sánchez. Eran los periodistas, que difundían todos los días bulos e insidias sobre el ex fiscal general del Estado o la esposa o el hermano del presidente del Gobierno; periodistas que ninguno ha sido condenado por sus informaciones. Eran los policías, particularmente los de la UCO, que levantaban las alfombras del Ministerio de Transportes, de las empresas públicas que contrataban a las 'sobrinas' de Ábalos, de la sede socialista de Ferraz. Eran los magistrados de la Sala Segunda, de los que se ha dicho que eran «fachas con toga». Eran los socialistas críticos del sanchismo, como Felipe González, Javier Lambán, Eduardo Madina o Jordi Sevilla, insultados algunos de ellos con especial saña por el ministro de Transportes, Óscar Puente, frenético activista de las redes sociales. Son los pasajeros de la red ferroviaria que tienen la mala fe de grabarse dando botes en sus asientos mientras atraviesan los baches de unas líneas que iban a llegar a 350 km/h y hoy van a 160 km/h. Son los médicos, tan jaleados cuando formaban la «marea blanca» contra la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, y hoy empujados a los paros por la gestión de la ministra de Sanidad, Mónica García.
Dice Gabriel Rufián que es de «anormales» comparar el accidente de Adamuz con la dana. El dirigente independentista ha puesto letra al pensamiento de esa izquierda que aspira a coliderar el PSOE y que solo pretende ser la prótesis de Sánchez en las próximas elecciones generales. Este es el método para la confrontación cívica que ha seguido el sanchismo, en el que milita Rufián: la descalificación y la deslegitimación de todos los que se atreven a cuestionar la gestión del Gobierno. No son comparables las tragedias, es cierto, pero sí exhiben la doble moral de una izquierda que se siente sitiada tras al muro.