—Vaya personaje controvertido que va a representar, nada menos que Diego Ribera...
—Las voces graves siempre condicionan, es como 'el malo'. Ves un bajo, un barítono o una mezzo o contralto y siempre tenemos esa parte 'negativa', pero está muy bien porque como intérprete te permite ahondar, primero en ti mismo, y así se aprende.
—Parece un proyecto ambicioso dado que el MET hace una nueva producción de un titulo ya estrenado.
—Cuando empezó la pandemia estaba a punto de ir al MET para hacer dos óperas, una de ellas era Bohéme y otra un Verdi, y la pandemia lo paró todo. Y después el Metropolitan, que ha sido un cómplice en mi evolución como cantante, ha pensado en mí al ser ésta una ópera en español. La obra se estrenó en San Diego y San Francisco, pero el MET hace una nueva producción. La compositora y el libretista son de origen hispano y han hecho un magnífico trabajo sobre esta 'pareja maldita' que fueron Frida Khalo y Diego Ribera, y la historia está en el borde de lo imposible, de ahí el título de 'El último sueño de Frida y Diego', porque Frida ya ha muerto y en el día de los muertos en México, Diego hace una especie de invocación para que a través de la Catrina, puedan volver a estar juntos. Por lo visto, la última voluntad de Diego Rivera fue que sus cenizas estuvieran junto a las de Frida Khalo, pero su última esposa no lo permitió. Así que esta ópera es como exorcizar esa reunión que no se pudo producir.
—¿Su papel es duro?
—No necesariamente. Está hecho de una forma en la que Diego utiliza recursos vocales para expresar estados de ánimo, pero está bien descrito por la escritura orquestal. Es asequible para el canto. No es una ópera incantable en la que se empeñan algunos compositores actuales, de esos que pretenden que sólo sea estudiada a la posteridad.
—Me causa curiosidad que en el momento actual de Estados Unidos, donde se desgrada el español, el MET programa una ópera en este idioma y con dos mitos tan tremendos del mundo hispano.
—Bueno, los compromisos en el MET se crean con años de antelación, y nadie hubiera podido pensar la situación de la política actual de Estados Unidos y la relación de hoy día con México y el mundo hispano. Es terrible la falta de respeto en un momento en que el español ha dejado de ser lengua vehicular para la administración federal, y eso es muy grave, y la gente no lo usa por temor a que te deporten. Pero Nueva York tiene junto con Chicago una forma más avanzada y cosmopolita de ver la Cultura.
—¿Cómo cree que reaccionará el público ante una ópera en español?
—Yo creo que bien, porque ya se han hecho algunas óperas en español en el Metropolitan en los últimos años. Y sí, quizás ahora es algo reivindicativo, aunque yo no he recibido ninguna instrucción, pero estoy seguro que el director general del MET de vez en cuando tendrá alguna llamada... En el MET se canta en italiano, francés, alemán, ruso, y por qué no en español. Creo que hoy más que nunca hay que reivindicar el español en Estados Unidos.
—Usted ha cantado mucho en Estados Unidos, ¿le da tristeza la situación de ese país en este momento?
—Sí, mucha tristeza y no porque mantener lo establecido sea lo correcto, aunque algunas cosas sí eran buenas para la evolución de las relaciones internacionales. El mundo de la cultura que pretende el bienestar del ciudadano, en situaciones como ésta tiene que ser más reivindicativo que nunca, y es por eso por lo que voy a ir a Estados Unidos, no porque me apetezca la situación política actual, sino porque me parece que es una obligación. Los artistas nos tenemos que manifestar, y si puede ser sobre el escenario señalando con un dedo cosas que no deben suceder, me parece justo y adecuado. Es una manera de reivindicar la tarea del arte y de la cultura como redención de lo que no funciona en la sociedad civil.
—¿Cómo es el panorama en nuestro país?
—Bien no estamos, porque en todo caso cultura y educación son los dos elementos fundamentales de una sociedad. En España la política nunca habla de la cultura, y somos en todo caso los que participamos de ella quienes debemos estar haciendo reivindicación constante. Creo que profundizar en la cultura nos permite avanzar, y aunque los pasos sean lentos, no hay que parar.
—¿Cuál es el momento actual de su carrera en la ópera?
—Ahora me doy más tiempo para los proyectos porque tengo que hacerlos compatibles con las demás cosas que quiero hacer. Subirme al escenario me permite ganar dinero. No tengo que explicar lo satisfactorio que es tener una actividad artística física. Tanto la danza como el canto son tan satisfactorios, tan euforizantes, que cuando es tu cuerpo el que se convierte en el instrumento fundamental, no hay nada que sea mejor. Pero este año cumplo 60 años, y aunque estoy bien física y vocalmente, quiero decidir qué deseo hacer en cada momento.
—¿Qué es lo que quiere hacer además de cantar?
—Tengo un proyecto titulado Ópera Estudio, que estamos desarrollando en Málaga y que permite a jóvenes cantantes tener la oportunidad de ser ellos los responsables absolutos de subirse al escenario y ser los protagonistas, algo que me sucedió a mí. Yo debuté con 23 años y eso es lo que quiero para mis colegas jóvenes, y si lo podemos hacer desde Andalucía, mucho mejor. Hay cantera, hay buenos cantantes jóvenes, pero debe haber condiciones. Hay que tener en cuenta que un cantante sólo puede desarrollarse sobre el escenario, y cuando las oportunidades son pocas, es complicado. Ojalá fuéramos valientes y utilizáramos bien el dinero, porque es verdad que las producciones son caras por la gran cantidad de gente que trabaja en ellas, y sobre todo, porque se deben dar una condiciones y acústica adecuada. Cuando dicen, vamos a deslocalizar el mundo de la ópera utilizando escenarios que no son adecuados..., eso no funciona, y a partir de ahí esta tradición de más de 400 años corre el riesgo de desaparecer.
—¿Esta es una profesión dura?
—Sin duda, es posiblemente una de las profesiones más duras porque no depende sólo de ti, sino también depende siempre de la opinión de los demás.
—¿Qué otros trabajos fuera de la escena lleva a cabo?
—El trabajo en el Sindicato, porque cuando pensamos en cantantes líricos siempre pensamos en gente que tiene éxito, pero el noventa por ciento de la profesión no está en ese rango, y es por quienes hay que trabajar, por conseguir buenas condiciones de trabajo que sean, no sólo dignas, sino reales con la percepción que se tiene de la lírica en nuestro país; un convenio colectivo, estar en las mesas de negociación donde se crean las leyes o el desarrollo del Estatuto del artista..., yo quiero estar, y ahora que formo parte de la nueva junta directiva de la Academia de las Artes Escénicas de España, ocupar un espacio ahí también, y todo eso requiere tiempo. Porque lo fundamental en este trabajo es lo que no se ve. Lo que se ve es efímero, pero lo que no se ve es lo que requiere mayor energía.
— Volviendo a su carrera, ¿cuánto tiempo le requiere estudiar una nueva ópera?
—Entre seis y ocho semanas es el tiempo que se requiere para memorizar una ópera como la que estrenaré en mayo en el MET y para aprenderme bien el papel de Diego Ribera. En medio, en este caso, no quiero hacer otras cosas, necesito estar muy enfocado en esta obra, sobre todo porque cuando llegue a Nueva York estaremos trabajando enseguida. Recuerdo una vez que un director de escena que venía de la tradición teatral y no de la operística, nos dijo que fuéramos el primer día sin saber nada de la obra. Pero claro, para los cantantes es imposible, cómo vas a saber si la parte que te corresponde te va a tu voz. Ese tipo de iniciativas son absurdas, eso sí que da miedo. Y además, en esta ópera hay que trabajar con directores musicales en siete funciones.
—Cuando vuelve la vista atrás a los 23 años, todo lo que quería hacer, ¿lo ha hecho?
—No sólo lo eso sino que he hecho más de lo que podía esperar nunca de esta profesión, fundamentalmente porque yo no esperaba nada, y de eso a hacer lo que he querido, prácticamente siempre, eso es un buen bagaje, y sobre todo porque han pasado los años suficientes. El pianista de los ensayos de la Tosca en Pamplona me decía, maestro es que tú ya perteneces a la historia. Yo me abrumo con ese tipo de cosas.
—Pero no ha sido fácil, recuerdo que tuvo una seria lesión que puso en peligro su carrera. ¿Hay un antes y un después de aquello?
—Sí, claro. Tras aquella afección por la que me operaron de las cuerdas vocales en 2008, tuve que parar mi carrera, y luego es verdad que tienes una manera de priorizar distinta y de afrontar el trabajo que no puede ser algo que disuelva el resto de tu vida. El trabajo nos representa y es lo que nos da un status, pero si quitas el trabajo y no te llama nadie, eso es terrible, y en mi caso eso no sucedió, y me llevó a tomar una actitud muy profesional. Recuerdo que hubo una visita a España del entonces presidente francés Sarkozy, y la Casa Real me invitó a una cena. Yo hablé con protocolo y les dije: miren, me llaman porque soy un cantante de cierta relevancia, pero yo ahora no estoy trabajando, y no me parece bien estar ahí, y no fuí. El hecho de que el trabajo pueda ponerse en entredicho, no por tu voluntad sino por algo ajeno a ti, te obliga a tener muy claro quien eres, y yo no quiero ser sólo 'Carlos Álvarez, coma, barítono', no, yo soy el hijo de mi madre, el padre de mis hijos, el marido de mi mujer, el amigo de amigos... No somos uno y muchos más. Eso te da una calma y te permite tener una cierta perspectiva y reconducirte a situaciones de solidaridad y empatía que hoy son muy necesarias.
—Imagino que no le habrá vuelto a decir que no a un director, como hizo en 1993 a Ricardo Mutti.
—Aquello fue algo increíble. Me llamó el maestro Mutti para debutar en la Scala de Milán con 'Rigoletto' y le dije que no, porque intentaba no defraudar la expectativa que tenía sobre mí. Nunca he vuelto a decir que no a un director, pero entonces fue un valor honesto. Tenía 27 años y era una locura. Eso pasó y sirvió para poner atención en mi trayectoria y me permitió luego trabajar con Mutti y tener un trato de tú a tú en lo artístico. Pero eso pasa sólo una vez en la vida.