Se trata del complejo industrial de Repsol en La Coruña, una ciudad en miniatura que permanece en funcionamiento las 24 horas del día, todo el año, conectada por hidroductos tanto al puerto interior coruñés como al exterior de Punta Langosteira, al que trasladarán toda su actividad en los próximos años. Un paisaje marcado por kilómetros de tuberías que se entrelazan entre edificios, silos y grandes torres desde las que se destilan los distintos tipos de combustible. Un motor económico para Coruña y Galicia con un tejido de cien empresas generado a su alrededor y que, al igual que las instituciones y la sociedad en general, se ha ido modernizando hasta el punto de comprometerse a alcanzar las cero emisiones netas de CO2 en el año 2050, una profunda transformación que ya se lleva a cabo en las instalaciones coruñesas.
En total, el complejo puede procesar hasta seis millones de toneladas de crudo al año para generar productos como asfaltos, azufre y coque, así como componentes químicos para otras fabricaciones como el propileno o la nafta. Todo ello sin contar al gasoil y la gasolina, los principales combustibles producidos, y la energía eléctrica derivada de los 40MW de potencia instalada en el complejo.
En estas instalaciones no solo se producen combustibles, ya que entre las 40 unidades presentes se incluyen oficinas, salas de control, laboratorios, una planta de tratamiento de agua e incluso un departamento de bomberos propio. Además de contar con todos sus trabajadores formados en prevención de riesgos, la seguridad se extiende a un monitoreo constante del estado del aire, con mediciones en tiempo real de las emisiones que emite cada una de las tuberías –a los que también tiene acceso a la Xunta y Protección Civil– y sistemas preparados para garantizar la seguridad en las instalaciones ante cualquier tipo de eventualidad.
De hecho, los simulacros forman parte prácticamente del día a día de los trabajadores de la refinería, con hasta 250 entrenamientos de emergencia al año. Entre los indicadores, destaca la antorcha habitual en en las refinerías, siempre encendida y que permite quemar de forma controlada los excesos de gas evitando peligros.
Transformación en marcha
Más allá de los retos que implica el mercado internacional del petróleo y sus derivados, desde Repsol llevan más de dos décadas preparándose para la considerada por muchos como la última revolución industrial: la transición a un modelo energético basado en fuentes renovables. Una realidad que a priori puede contrastar con la actividad de una refinería como la de La Coruña, pese que ya desde el año 2000 comenzaron a implementar alternativas al crudo para la producción de combustible, con la biogasolina a partir de aceites vegetales y la paulatina reducción de elementos como el azufre de los combustibles.
Fue la primera piedra de una transformación que continuó en 2011 con el primer plan de reducción de emisiones de CO2 y en 2016 con la primera estrategia de economía circular para reducir los residuos, el uso de recursos y la contaminación. Ya en 2019, Repsol fue la primera compañía del sector en comprometerse a reducir sus emisiones netas a cero en 2050, desarrollando las medidas anteriores con 320 iniciativas de economía circular e hitos para los próximos años con el objetivo de sustituir completamente el crudo de origen fósil como materia prima por residuos, ya sean sólidos, urbanos, industriales, agrícolas o ganaderos, plásticos o biomasa entre otras posibilidades.
fueron empleadas para generar combustibles en La Coruña en el año 2024
Un ejemplo es el aceite usado de cocina, incorporado desde 2021 en el complejo de La Coruña como materia prima tras adaptar las instalaciones. Según Repsol, repostar en cualquier estación de servicio a día de hoy en Galicia ya implica que parte de la gasolina o diésel incluye un porcentaje de este y otros aceites –desde su puesta en marcha, la energética ha recogido más de 70.000 litros de aceite usado solo en Galicia–. En 2024, la refinería coruñesa ya empleó más de 220.000 toneladas de distintas materias primas de origen orgánico –entre ellas aceites– para producir combustibles como el diésel renovable y el biopropano.
Todo ello sin desviar el foco de la eficiencia energética, una de las principales vías empleadas por la compañía para reducir la intensidad energética y de carbono, y de la capacidad para extender la descarbonización a todas las fases del proceso, lo que incluye también al transporte de los productos. La hoja de ruta no solo contempla en objetivo de cero emisiones para 2050, sino que incluye objetivos como reducirlas en un 55% para el año 2040, un 28% en el año 2030 y un15% para 2025.
Unos hitos que evolucionan incluso mejor de lo planteado en un principio, ya que los datos de 2024 indican que la compañía energética consiguió doblar la reducción de emisiones prevista para este año, eliminando más de 50.000 toneladas de CO2 del proceso productivo. Un paso más que responde a estrategias y acciones como las llevadas a cabo por Repsol entre los años 2018 y 2023 dentro de su plan de descarbonización, por el cual invirtieron 42 millones de euros y consiguieron reducir sus emisiones de CO2 en 114.300 toneladas.
La apuesta se mantiene clara en un contexto complejo, en el que China concentra la tecnología y producción necesaria para este cambio en el paradigma energético ante una oposición estadounidense encarnada en Donald Trump que apuesta por mantener, al menos de momento, la hegemonía de los combustibles fósiles.