A Gibert le esperaba su compañero John Kingston, paleontólogo de la Universidad de Michigan (EE.UU.), quien le cuenta que ha pasado tres días con alucinaciones por la malaria y el tifus. Supo de una tragedia, un niño devorado por un cocodrilo mientras recogía agua y, en su delirio, no podía quitarse la imagen de la cabeza.
Por desgracia, esos accidentes ocurren con frecuencia en Baringo. Los lagos son muy sensibles a los cambios en el clima. Y en los últimos veinte años el nivel de los del este de África (Tanzania, Kenia y Etiopía) no ha dejado de subir por el aumento de las precipitaciones, un fenómeno relacionado con el calentamiento del océano Índico. Miles de personas que vivían en sus entornos se han visto obligadas a desplazarse.
Aunque parezca contradictorio, Gibert y su equipo viajaron a estos lagos desbordados de Kenia para intentar comprender una increíble desecación: la del Mediterráneo hace seis millones de años. Denominada la Crisis Salina del Messiniense (CSM), conllevó la extinción del 90% de la fauna endémica en la zona. La crisis fue causada por la restricción de la circulación de las aguas entre el Atlántico y el Mediterráneo, debida al empuje hacia el norte de las placas tectónicas africanas. El Mediterráneo descendió y se depositaron un millón de km cúbicos de sal (formando una capa de 2 km de espesor), lo que se conoce en geología como el último gigante salino del planeta.
Un mar aislado
Las evidencias de la CSM fueron encontradas en unas prospecciones en el fondo marino y dadas a conocer en la revista 'Nature' en 1973. Desde entonces, la megadesecación ha atraído el interés de los investigadores, dando como resultado más de 2.000 artículos científicos. Sin embargo, sigue repleta de incógnitas: ¿Se secó el Mediterráneo completamente o seguía recibiendo aportaciones de agua? Si es así, ¿de dónde llegaba? ¿Y si se secó, cómo se volvió a llenar? ¿Pudieron las ratas y los lagartos cruzar de uno a otro continente?
«Diferentes hipótesis proponen escenarios opuestos para la formación de este volumen de sal en la cuenca mediterránea», señala Gibert. En 2007, un grupo de expertos reunidos en Almería acordó un modelo de tres etapas que describe la evolución del evento. Según este modelo, el Mediterráneo llegó a quedar completamente aislado y el nivel del mar cayó entre los 500 y 1.500 metros. Después, comenzó a recibir cantidades relativamente grandes de aguas de baja salinidad de ríos y del Paratethys (lo que hoy es el Mar Negro), convirtiéndolo en un lago salobre, conocido en la literatura como Lago-Mare.
«Pero este modelo se basa en gran medida en el registro sedimentario de Sicilia, que es muy diferente de otros registros clave del Mediterráneo. Por lo tanto, este consenso no puede considerarse definitivo», apunta el geólogo. «Lo que está claro para toda la comunidad científica es que para explicar el millón de km cúbicos de sal depositada se requiere la evaporación de 50 veces el volumen del agua del Mediterráneo», subraya. «Esto indica que existió una entrada de agua atlántica a un Mediterráneo restringido durante una parte de la crisis».
La crisis fue provocada por el empuje hacia el norte de las placas tectónicas africanas. Volverá a ocurrir
La cuestión es cómo. El Estrecho de Gibraltar se formó después de la crisis de salinidad y los corredores marítimos previos, que podrían haber transcurrido por el norte de Marruecos hasta Melilla o por la cuenca del Guadalquivir a través de la cordillera Bética, se habían cerrado. «Nosotros estamos investigando si esa alimentación pudo ocurrir de forma subterránea, a través de rocas porosas y fracturas», dice el investigador. Algo muy parecido ocurre ahora en el lago Assal, en Yibuti, el Cuerno de África. Situado 150 metros por debajo del nivel del océano global y más salado que el Mar Muerto, recibe infiltraciones desde el golfo de Adén a través de 10 km de rocas.
Las aguas del Nilo
El Mediterráneo también pudo recibir importantes aportaciones de agua dulce, y aquí es donde entra en juego el lago Baringo. Los lagos de Kenia proporcionan evidencias de cómo era el clima en la región en la época del Messiniense. Un clima más húmedo en el África tropical aportaría una mayor cantidad de agua al Mediterráneo a través del río Nilo, lo que habría ayudado a evitar una desecación completa del mar y explicaría algunas de las condiciones encontradas. «Las expansiones de los lagos por el aumento de las lluvias quedan marcadas en el terreno en forma de depósitos de diatomitas, unas rocas sedimentarias blancas y muy porosas compuestas por los restos fosilizados de millones de diatomeas, unas algas unicelulares. Forman un polvo silíceo que se utiliza mucho en la industria, por ejemplo, para fabricar filtros de cerveza», explica.
Los cambios ambientales del Messiniense fueron los más abruptos desde la desaparición de los dinosaurios hace 65 millones de años
El caso es que los investigadores encontraron en Baringo grandes depósitos de más de 100 km de diatomeas acumuladas durante el Messiniense, algo que pudieron datar con precisión al incluir estos depósitos capas de ceniza depositada por las erupciones volcánicas registradas desde la formación del Valle del Rift. «Nuestros datos preliminares indican que en la zona de Baringo los lagos crecieron enormemente durante la crisis de salinidad del Messiniense. Sabemos que en Etiopía también ocurrió algo parecido, por lo que podemos concluir que se trata de un fenómeno regional que tendría como consecuencia el transporte de grandes cantidades de agua hacia el Mediterráneo oriental, pudiendo formar un gran lago de agua salobre», señala.
El clima húmedo en esa época pudo deberse a que el gigante salino enfrió el clima, modificando el ciclo de carbono y disminuyendo la temperatura de congelación del agua de mar, favoreciendo una mayor extensión del hielo polar y más albedo (la superficie refleja más luz solar y absorbe menos energía, lo que resulta en un enfriamiento del clima). Los hallazgos alejan la idea de un Mediterráneo completamente seco.
Gran extinción
La mayoría de las especies marinas endémicas se extinguieron. Solo organismos extremófilos pudieron vivir en condiciones de alta salinidad. «Sin embargo, en ocasiones, dentro de la sal y del yeso recuperado de sondeos del fondo del Mediterráneo han aparecido organismos planctónicos que viven en condiciones de salinidad normal, lo que significa que el mar pudo estar estratificado y presentar una masa de agua hipersalina en su fondo y otra de menor salinidad en la parte superior que permitiese la vida. También puede ocurrir que esos organismos provengan de la erosión de sedimentos más antiguos situados en el margen de la cuenca. Las dos hipótesis plantean escenarios muy distintos. Estamos trabajando en ello y esperamos aportar respuestas en un futuro próximo», afirma Gibert.
Ratas y lagartos africanos pudieron cruzar por un puente terrestre hasta Iberia
La caída del nivel del Mediterráneo permitió intercambios entre la fauna de la península ibérica y la africana. «Pero no fue un intercambio masivo. Solo algunas especies como roedores y reptiles africanos llegaron a Iberia, lo que sugiere que no existía un puente terrestre total», subraya.
El investigador apunta un dato intrigante. En Kenia, durante el Messiniense, apareció el primer primate bípedo. Aunque hay un fuerte debate sobre qué especie de homínido fue la primera en ponerse de pie, generalmente se le atribuye el mérito a Orrorin tugenensis. Gibert se pregunta si ese logro en la evolución humana tuvo que ver con el crisis de salinidad. «El clima del Este de África cambió y eso afectó a los lagos, el paisaje y la fauna facilitando procesos evolutivos. Sin embargo, conocemos poco de ese momento, y más fósiles son necesarios para entender qué pasó realmente. En las montañas de Tugen Hills, en el Valle del Rift, existe un registro muy continuo de rocas volcánicas y sedimentarias de los últimos 15 millones de años, un buen lugar para entender qué ocurrió antes y después de la crisis de salinidad y completar el rompecabezas», afirma el investigador, quien también colabora en numerosos trabajos de paleontología humana.
Una cascada gigante
El Mediterráneo volvió a recuperar sus aguas, pero tampoco está claro cómo lo consiguió. «Eso no suele ocurrir. Lo habitual cuando se cierra un océano es no volver a abrirse», señala Gibert. Entre las propuestas, destaca la de una cascada gigantesca de kilómetro y medio de longitud que trajo las aguas del Atlántico de forma repentina, rellenando el Mediterráneo en menos de dos años. Gibert cree que ese tipo de hipótesis «son interesantes», entre otras cosas, «porque atraen la atención del público hacia la geología, pero hay otros escenarios, menos espectaculares, que también podrían explicar la reinundación».
Pero volvamos a la actual Kenia. Kingston se recuperó de la malaria porque un joven keniata lo vio delirar y lo llevó al médico del pueblecito más próximo. «Una persona que no tiene nada le salvó la vida. El altruismo y la colaboración es lo que les permite sobrevivir allí, en situaciones límite», subraya el investigador. «Seguramente también fue fundamental para nuestra supervivencia como especie en el pasado y tendría que ser la estrategia de la humanidad ante un futuro incierto», sostiene.
Los cambios ambientales del Messiniense fueron los más abruptos desde la desaparición de los dinosaurios hace 65 millones de años. No sabemos lo que nos espera a nosotros. Lo que está claro es que «el Mediterráneo se volverá a secar, sin duda, porque África se está acercando a Europa y el estrecho de Gibraltar se cerrará. Quizás ocurra dentro de un millón de años y probablemente no estemos aquí para verlo, pero lo ocurrido es un anticipo del futuro».