Habla el descendiente del héroe que defendió el último bastión del Imperio español en Chile

Mucho tiempo de estudio después, y con una infinidad de archivos históricos revisados a la espalda, Alonso se ha convertido en un auténtico experto en las peripecias de su trastatarabuelo. Hasta tal punto que ahora, según afirma con un destello de ilusión en la voz, va a tener el privilegio de cruzar el charco por primera vez para impartir una conferencia sobre Quintanilla en Chile. «¡Me pilláis haciendo las maletas!», bromea. El tema, admite, tiene miga: el bicentenario de la firma –y ratificación– del Tratado de Tantauco el 19 de febrero de 1826. Un pacto firmado por su antepasado tras meses de heroica resistencia que puso fin al dominio rojigualdo en el archipiélago de Chiloé. «Entre los diferentes actos, también se inaugurará un monumento en su honor hecho por el escultor Roppo Marsch», finaliza.

La historia merece la pena. Antonio Lorenzo Quintanilla y Santiago vino al mundo en la Cantabria de 1787 en el seno de una familia de agricultores. Ya desde chiquillo su vida destacó por la inquietud y la aventura: cuando sumaba 15 primaveras atravesó el Atlántico y cruzó los Andes rumbo a Chile. Fue en aquellas tierras donde cursó estudios de contabilidad y empezó a trabajar como dependiente de un comercio local. Pero aquellos inicios modestos quedaron interrumpidos en 1812, cuando las olas revolucionarias alzaron la voz contra la Monarquía hispánica. Él, bisoño, continuó en principio su actividad mercantil, pero la llegada a Concepción de tropas realistas –partidarias de España– le cambió la vida. «Aunque le iba muy bien en su oficio, se alistó en 1813», señala.

Empieza la guerra

Dice Alonso que su trastatarabuelo no era un militar de carrera… ni falta que le hacía para destacar en la brega. Durante dos largos años, Quintanilla colaboró en la pacificación del territorio y se ganó sus galones en batalla. «Tras la contienda de Rancagua, por ejemplo, dos altos cargos del ejército realista ratificaron su valor», sentencia Alonso. Aquello le granjeó ascender a la velocidad del rayo. Hasta el punto de ser nombrado en 1817 gobernador interino del archipiélago de Chiloé, al sur de Chile; un territorio deprimido, sin apenas hombres que reclutar y asfixiado por los independentistas. «Lo primero que hizo fue dar un golpe de efecto similar al de Hernán Cortés: quemó una goleta que su predecesor escondía para huir en caso de ataque. Era una forma de decir que estaría allí hasta el final», señala el autor.

Proclamación y jura de la Independencia de Chile, por Pedro Subercaseaux ABC

Fue allí donde Quintanilla brilló con más luz. Alonso se sabe de carrerilla los proyectos que impulsó como gobernador: «Para empezar, mejoró el camino de Castro a San Carlos, clave para la economía de la región, y favoreció el comercio local». En el ámbito administrativo, se preciaba de poner a disposición del pueblo las cuentas gubernamentales: no tenía nada que ocultar. «Los políticos actuales deberían aprender de él. Quería demostrar a todos que era un gobernante honrado y que se esforzaba en mejorar la economía», añade el experto. Y, cuando había que rascarse el bolsillo, lo hacía. Hasta llegó a vender las tierras de la Corona para obtener fondos. En el ámbito militar, reorganizó las escasas fuerzas locales, adquirió una pequeña flota de lanchas cañoneras, optimizó las defensas de Chiloé y entregó dos patentes de corso.

Caen los colosos

Con el paso de los meses, Chiloé se convirtió en el último bastión del Imperio español en la región. Una pequeña aldea gala contra la que la República de Chile lanzó dos expediciones en 1820 y 1824. «La segunda fue la más numerosa: enviaron más de dos millares de soldados. Los realista los vencieron en la batalla de Mocopulli; fue una de las últimas contiendas que ganaron en Hispanoamérica», sentencia el descendiente. Dos años después, lo volvieron a intentar; esta vez, de forma definitiva. «Se cree que mandaron entre dos mil y tres mil combatientes, aunque las cifras varían. Lo que es seguro es que había fuerzas muy profesionales asesoradas por un independentista que se había formado en la Academia de la Marina de San Fernando», completa. Tras una última derrota, a Quintanilla le quedaron solo un centenar de hombres.

«Los políticos actuales deberían aprender de él. Quería demostrar a todos que era un gobernante honrado y que se esforzaba en mejorar la economía»

Guillermo Alonso

Al final, la superioridad numérica acabó con los últimos espartanos de Chiloé y con un Quintanilla desesperado. «Para hacer defensa se necesitan fondos, entusiasmo y decisión, y nada hay según mi concepto», escribió el militar. El 18 de enero de 1826, el entonces coronel entregó la provincia al general Ramón Freire; fue el paso previo a la caída de la fortaleza del Callao y el canto de cisne del Imperio español en la región. Ante ese panorama, el trastatarabuelo de Alonso firmó el Tratado de Tantauco. «Fue un pacto justo y honroso para España y para la Armada. El mismo Freire respetaba a Quintanilla y ambos mantuvieron una relación epistolar de admiración», explica Alonso. El cántabro regresó a la península como un héroe; uno que hoy ha quedado olvidado y que su pariente se esfuerza en reivindicar.

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