A las 8:40 de la mañana, cuando el Falcon 900 de la República Italiana tocó tierra, al pie de la escalerilla no esperaba un funcionario de segundo nivel. En el aeropuerto estaba la primera ministra, Giorgia Meloni, y el ministro de Asuntos Exteriores, Antonio Tajani. Una imagen de Estado potente que choca frontalmente con lo vivido tres días antes en la Terminal 4 del aeropuerto Adolfo Suárez de Madrid-Barajas, donde los cinco españoles liberados aterrizaron sin la presencia de Pedro Sánchez ni del ministro Albares, siendo evacuados por la pista trasera.
La voz frente a la mordaza
La diferencia más abismal, sin embargo, no estuvo en quién esperaba en la pista, sino en lo que sucedió después. Mientras los liberados españoles llegaron con una «cláusula de confidencialidad» bajo el brazo -aceptada por el Gobierno español como condición de la negociación-, los italianos bajaron del avión sin mordazas.
Mario Burlò, empresario turinés de 53 años, se acercó a los micrófonos apenas unos minutos después de abrazar a sus hijos para lanzar una descripción descarnada que en España no se pudo escuchar. «Ha sido peor que Alcatraz; 14 meses durmiendo en el suelo con cucarachas», sentenció con voz quebrada. Sin filtros, Burlò relató ante las cámaras la realidad de las cárceles de Maduro: «Cuando te quitan el derecho a hablar, es un verdadero secuestro», denunció. El empresario relató cómo, en celdas de apenas tres metros y medio por dos con una letrina central, les daban «un colchón diminuto» y, por miedo a caer de las literas superiores, les obligaban a dormir en el suelo. Perdió cerca de 30 kilos durante su cautiverio. Pero fue el terror psicológico lo que más le marcó. «He temido por mi vida, tenía miedo de ser asesinado», confesó ante la prensa. «Aquí pensaban que estaba muerto. Cuando uno lesiona el derecho a la defensa y a hablar... es una tortura». Burlò explicó que nunca supo de qué se le acusaba formalmente. Un testimonio crudo el del empresario que en el caso español quedó sepultado.
«He temido por mi vida, tenía miedo de ser asesinado»
Alberto Trentini, el cooperante liberado junto a Burlò, optó por la prudencia a través de su abogada, pero lo hizo por elección propia, no por imposición legal. «Nuestra felicidad tiene un precio altísimo», dijo, recordando a los que se quedan atrás.
Rendición de cuentas en el Senado
El tercer punto de divergencia es la transparencia institucional. Apenas unas horas después del aterrizaje, y mientras Meloni difundía las imágenes del emotivo reencuentro («¿Has abrazado a mamá? Ella ha estado muy preocupada», dijo Meloni al cooperante Trentini), el ministro de Exteriores, Antonio Tajani, se dirigió al Senado. Lejos de esconder los detalles, Tajani compareció ante la Cámara Alta para informar puntualmente de la liberación, recibiendo una ovación unánime de los senadores puestos en pie. «Es una gran alegría personal y del Gobierno», declaró el ministro, quien anunció solemnemente que Italia seguirá trabajando por los otros 42 italianos detenidos (24 de ellos políticos). En España, la reacción del ministro José Manuel Albares se limitó a un mensaje en la red social X celebrando un «día feliz».
Pragmatismo sin ocultación
Italia, al igual que España, ha tenido que ceder en el tablero diplomático. Para lograr estas liberaciones -gestadas con la ayuda de la inteligencia (AISE) y el Vaticano- , Meloni ha tenido que reconocer a Delcy Rodríguez como interlocutora válida. Pero la gestión del «día después» ha sido radicalmente distinta.
Roma ha demostrado este martes que se puede negociar para salvar vidas sin necesidad de esconder a las víctimas a su regreso. El «Bienvenido a casa» de Meloni fue un mensaje de Estado televisado. Y mientras Trentini abrazaba a su madre y Burló a sus hijos, frente a toda Italia, que lo celebró con orgullo, el silencio impuesto a los presos españoles liberados resonó hoy más fuerte al ver el contraste con lo ocurrido en Roma.