Cataluña: fin del chiste

22 años ha tardado España en cargarse aquel sistema de apadrinamiento desde que lo avisara el concejal. Por supuesto, no nos lo han explicado así. Las palabras importan, que siempre lo recuerda mi admirada Karina Sainz Borgo. Por eso es mucho mejor, más limpito, hablar de ordinalidad. El orden, la medida de todas las cosas. Como todos los sistemas hechos y derechos. Los primeros serán los primeros. Lo demás es tontería religiosa, que no nos engañen, ideología trasnochada en este mundo cruel. ¿Tanto abogar por la solidaridad y en que hay que ayudar al de abajo? Pero si encima no lo aprovechan. Es uno de los grandes argumentos trumpistas. En concreto de su vicepresidente, J.D. Vance. Lo expone en su libro 'Hillbilly, una elegía rural'. En él sostiene que a veces ayudar a zonas más desfavorecidas económicamente no sirve para nada. Supuestamente él es el contraejemplo, la excepción que confirma la regla. Viene de esa zona deprimida, en los Apalaches, y miren hasta dónde ha llegado. Pero en su caso es porque él se ha esforzado. Por eso nos mira, a los europeos, por encima del hombro. Nos espetó que estamos perdiendo valores. Hay que aprender de los hombres de orden, como él. Por eso, Sánchez y Junqueras han empezado a hacerle caso. ¿Qué es eso de entregar a otros lo que es mío? El dinero ha de estar donde esté el dinero: principio de ordinalidad. Como eso que dicen de que sólo los ricos saben hacer crecer el dinero. Los pobres no tenemos ni idea. El orden. El respeto. Al dinero, digo. Ya está bien de paripés y de sistemas de financiación autonómica buenistas. Somos unos ilusos creyéndonos que esto era una familia. ¿Padres responsables dando dinero a los hijos? Que trabajen. Aquí cada uno a lo suyo. Es lo que mejor funciona.
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