Javier Benavente es decano de la facultad de Ciencias del Mar y Ambientales de la Universidad de Cádiz y aglutina más de dos décadas de experiencia, sobre todo focalizados en la zona del Golfo (Huelva y la provincia gaditana). Entiende que los planes de adaptación dibujados por las administraciones públicas necesitan ya de una actuación. Ha de ser distinta en cada punto del litoral por las diferencias. Pero el aporte de arena, un parche necesario, requiere de medidas más drásticas porque no es viable económicamente gastar millones de euros cada año en reparar daños y regenerar la playa. Por eso, en algunos puntos de la costa, el único remedio es el retranqueo.
—Después del último temporal, el paseo marítimo de Matalascañas ha quedado seriamente dañado. ¿Qué lectura hace de lo ocurrido?
—Lo ocurrido en Matalascañas es la crónica de una muerte anunciada. Es un problema que se arrastra desde hace más de una década, incluso más, y que viene generada por una combinación de factores que han generado la tormenta perfecta.
—¿Cuáles son esos factores?
—Son tres fundamentales. El primero es que Matalascañas se construyó antes de la entrada en vigor de la antigua Ley de Costas de 1989, ocupando el propio sistema playa-duna. En algunos puntos, tras el temporal, hemos visto cómo el paseo y las viviendas estaban literalmente sobre las dunas, que son el almacén natural de arena de la playa. Si eliminas las dunas, condenas la playa a la erosión.
El segundo factor es la construcción del espigón Juan Carlos I, uno de los más grandes de Europa, que corta todo el transporte natural de sedimentos hacia Matalascañas. Esa arena se queda atrapada en otros puntos de la costa, como Punta Umbría, que ha crecido cientos de metros.
Y el tercero es la falta de sedimentos procedentes de los ríos, especialmente del Guadiana, regulado desde los años 60 y prácticamente bloqueado tras la construcción de la presa de Alqueva (Portugal) a finales de los 90. Los sendimentos no llegan a la costa y si lo hace es a base de impulsos y menor.
—Con esos ingredientes, la playa estaba condenada.
—Sí. Con solo esos tres factores, Matalascañas ya estaba condenada. Y a todo eso se suma el cambio climático, con la subida progresiva del nivel del mar, que empeora aún más la situación.
—El problema es multifactorial, ¿tiene solución?
—No existe una solución milagro. No se va a desmantelar el espigón Juan Carlos I ni se van a eliminar las presas del Guadiana. Desde el punto de vista científico, la única solución realista es el retranqueo del paseo marítimo, regenerar la playa y reconstruir el sistema dunar delante del paseo para que actúe como protección natural. Aún así, hay una falta de sedimentos crónicos y el aporte debe ser periódico.
—Eso implica derribos.
—Claro. El retranqueo supone, en algunos tramos, el derribo de edificaciones. Tiene un enorme coste económico, pero también sentimental, social y personal. Es una decisión muy dura, pero técnicamente es la única que puede dar estabilidad a medio y largo plazo. Quitarlos y recolocarlos en algún otro sitio. Es una política que se está haciendo ya en Francia, Gran Bretaña o Países Bajos.
No es viable borrar de un plumazo todas esas urbanizaciones. Sí que es viable el retranquear y hacer que por lo menos esas regeneraciones sean más duraderas.
En España, la última modificación de la Ley de Costas es más permisiva que la del año 89, lo que ha permitido que los chiringuitos sean permanentes. Están ocupando zonas que son inundables y por eso son arrasados durante la llegada de los temporales. Es como construir en el cauce de un río.
—El alcalde de Almonte pide más arena. Otros hablan de espigones...
—Los aportes de arena son un parche necesario, porque hay un déficit crónico de sedimentos, pero deben ser periódicos y planificados.
En cuanto a construir espigones perpendiculares, es una auténtica locura.
—¿Por qué?
—Porque sería vestir una playa para desvestir otra. Un espigón en Matalascañas captaría arena que dejaría de llegar a Doñana. Y eso significaría condenar a largo plazo al Parque Nacional, cargárselo, condenarlo a la erosión. Sería su muerte. Por eso el Ministerio ya no construye este tipo de espigones: saben que generan más problemas de los que resuelven.
—Pero esto no solo pasa en Matalascañas. Hay muchas Matalascañas en Andalucía...
—Hay muchos casos similares. Caños de Meca, Camposoto en San Fernando, Santa María del Mar en Cádiz, zonas de la desembocadura del Guadalquivir como Sanlúcar y Chipiona, Valdelagrana en El Puerto… En esta última, por ejemplo, la playa ha retrocedido más de 400 metros en 15 ó 20 años con motivo del espigón del Guadalete. No se han visto grandes problemas porque es una playa natural.
Una playa natural puede adaptarse y retroceder. El problema aparece cuando detrás hay un paseo marítimo y viviendas: la playa no puede moverse, la energía del oleaje aumenta y el mar se la lleva. Doñana por ejemplo se está adaptando, porque en una zona natural las playas se van retranqueando.
—¿Y qué ocurre en el Mediterráneo?
—La Costa del Sol es un muestrario de ingeniería costera. El litoral está fijado artificialmente desde los años 70. Allí no falta tanto sedimento como espacio para adaptarse. Todo está construido a pie de playa, y las inversiones necesarias para mantenerla serán enormes.
—Andalucía pierde una media de tres metros de playa al año. ¿Es así?
—Es una media en la zona del Golfo de Cádiz. Hay zonas donde se pierde mucho más y otras que son muy estables, como Tarifa o Bolonia, que no sufren el retroceso ni hay una subida del nivel tan clara. Además, no es una pérdida lineal: podemos pasar cinco años sin temporales y luego perder metros de playa en un solo invierno. En el mediterráneo es imposible saberlo. Habría que medirlo por la cantidad de arena que se ha aportado.
—En otros países ya se ha optado por el retranqueo.
—Sí. En Francia y Reino Unido se han derribado hoteles y viviendas. En Holanda se están reinundando antiguos pólderes porque ya no es viable mantenerlos. En Cataluña ya se han retranqueado paseos marítimos. En Europa esto ya no es un debate teórico.
—Con el modelo actual, ¿cómo será la costa andaluza dentro de 30 o 40 años?
—Es un problema que se está trabajando con planes de adaptación. Habrá zonas donde no quede más remedio que invertir millones para mantener playas urbanas. En Cádiz capital hay una ciudad sobre la playa, así que no queda más remedio que la aportación de arena. Y otras donde la única opción será retirar infraestructuras, porque no será viable hacer inversiones de 2 o 3 millones de euros de una regeneración para mantener una playa prácticamente virgen o donde haya un hotel o muy pocos asentamientos. Lo que habrá que plantearse es desmontar esas pocas edificaciones. No podremos salvarlo todo.
—¿Matalascañas será el primer gran retranqueo?
—Probablemente. No es el primero en Europa ni en España, pero sí el más visible en Andalucía. Y no será el último. Ha habido cuatro o cinco regeneraciones allí en la última década. Detrás vendrán más, no queda más remedio.
Estamos teniendo suerte dentro de lo que cabe con el cambio climático porque nuestra zona, sobre todo en el Golfo de Cádiz, han disminuido las llegadas de temporales. En en Mediterráneo no tenemos un problema tan grave de falta de aportes, pero sí de falta de espacio para adaptar la costa.
Además, las previsiones indican que puede haber un incremento de número de temporales en la costa mediterránea.