Francisco Mateo Vallejo es de la misma opinión: «Hemos tenido dos premios Nobel, Santiago Ramón y Cajal y Severo Ochoa, pero el resto de profesionales han tenido poco predicamento en el mundo». En declaraciones a este diario, el doctor en Medicina y Cirugía defiende que fue entonces, al palpar este desmán nacido al calor del cainismo y de la falta de promoción exterior, cuando decidieron recopilar a los grandes galenos peninsulares desde los tiempos de Al-Ándalus hasta la actualidad. El resultado es un nuevo ensayo coral que acaba de ver la luz –'Contribuciones de la medicina española al mundo' (Edaf)– y que busca justicia. «Hemos querido hacer una búsqueda de doctores, cirujanos y bioquímicos que hayan influido a nivel mundial. Han salido 42 capítulos, pero podrían haber sido una treintena más», completa.
Nació en Al-Ándalus
Dicen los expertos que la gran medicina fue impulsada por estos lares de la mano de árabes y judíos durante la conquista musulmana de la Península Ibérica, aunque la explosión se dio en el siglo X, y en un contexto a caballo entre lo tribal y la tradición hipocrática. «En la Alta Edad Media las prácticas de los galenos giraban entorno a la hechicería y a los productos naturales; por otro lado estaba la cirugía, que se dedicaba a operaciones como las sangrías o el drenaje de abscesos», desvela Mateo. En ese mundo nació el sefardí Musa ibn Maymun (1138-1204), más conocido como Maimónides, un cordobés de buena formación intelectual que rompió moldes y se convirtió en un médico humanitario y racional. «Describió muchas enfermedades y explicó el tratamiento de varias de ellas como las hemorroides o el asma», añade el experto.
Hubo que esperar un poco, hasta la llegada del Imperio español, para que fuera alumbrado Miguel Servet en los albores del siglo XVI. El teólogo y científico fue un genio que tuvo la mala fortuna, en palabras de Mateo, «de vivir en una época muy heterodoxa». Atraído por los círculos protestantes, realizó sus investigaciones mientras bregaba con mil y una acusaciones de herejía. En su obra más popular, 'Christianismi Restitutio', describió por primera vez la llamada circulación menor: el recorrido de la sangre desde el corazón a los pulmones. «Esta comunicación no se hace a través de la pared media del corazón, como se cree corrientemente, sino que por medio de un magno artificio la sangre es impulsada hacia delante desde el ventrículo derecho por un largo circuito a través de los pulmones», escribió.
«La expedición de Balmis controló la epidemia de viruela que había en la zona de Nueva Granada»
Francisco Mateo Vallejo
Dos siglos después, en 1753, nació otro de los grandes médicos y cirujanos militares del Imperio español: Francisco Javier Balmis. Este alicantino fue quien lideró la Real Expedición Filantrópica de la Vacuna entre 1803 y 1806 bajo el paraguas de Carlos IV. «El viaje se realizó para intentar controlar la epidemia de viruela que había en la zona de Nueva Granada. Lo curioso es que, como en aquella época no había forma de transportar la vacuna –la refrigeración era imposible–, se decidió inocular con ella a 22 niños huérfanos de entre 3 y 9 años», añade Mateo. Tras salir del puerto de La Coruña en el navío María Pita, la sustancia fue transmitida de un chiquillo a otro para mantenerla viva a lo largo del trayecto. Aquello salvó cientos de miles de vidas.
Glorioso siglo XIX
Con el siglo XIX llegaron algunos de los grandes médicos nacionales. Cuesta afirma conocer una infinidad de nombres, aunque subraya uno: el urólogo Joaquín Albarrán (1860-1912). «Nació en la Cuba española, estudió en Barcelona y se doctoró en Madrid. Hizo destacadas aportaciones en lo que respecta a la cirugía del riñón. Hasta inventó un aparato, la 'Uña de Albarrán', que se utiliza todavía», explica. En la práctica, este y otros tantos de sus avances permitieron a los médicos explorar y tratar la vejiga y los uréteres con seguridad. El experto también señala que fue un pionero que formó a generaciones de colegas y difundió la urología como especialidad reconocida. Tampoco quiere olvidarse en este campo de la saga Gil Vernet, fundada por Salvador, un genio que estuvo nominado al Nobel. «José María, su hijo, hizo el primer trasplante renal en España», finaliza.
Más conocido fue Santiago Ramón y Cajal. Nacido en 1852, demostró que el sistema nervioso está formado por neuronas independientes, y no por una red continua; a su vez, sentó las bases para comprender cómo se comunican entre sí. «Fue quien descubrió y estudió la neurona como tal. Hasta entonces primaba la teoría reticularista; él acabó con esta idea», señala Cuesta. Además, y siempre según el experto, «creó una escuela de la que salieron personalidades que llegaron a ser propuestas para el premio Nobel». La lista de pupilos destacados es extensa. Fueron personalidades como Lorenzo de No –continuador de las investigaciones de su maestro–; Nicolás Achúcarro –con estudios sobre neurología, alcoholismo y Alzheimer–; Pío del Río‑Hortega –descubridor de la microglía y los oligodendrocitos– y Fernando de Castro –conocido por sus hallazgos sobre el sistema nervioso autónomo–.
«Ramón y Cajal creó una escuela de la que salieron personalidades que llegaron a ser propuestas para el premio Nobel»
Miguel Ángel Cuesta Valentín
El otro ganador del premio Nobel con acento español, Severo Ochoa, tiene también un capítulo en el ensayo. Este asturiano alumbrado en 1905 descubrió cómo se sintetiza el ARN, uno de los ácidos nucleicos esenciales para la vida. En la práctica, su trabajo permitió comprender cómo la información genética se transfiere dentro de las células. «Tras el estallido de la Guerra Civil se marchó a Inglaterra primero y a Estados Unidos después. Allí formó a muchos discípulos que fueron sobresalientes; el más destacado de ellos fue el bioquímico Arthur Kornberg, con el que obtuvo el Nobel», señala Cuesta. Mateo, por su parte, defiende que el científico «ha tenido una influencia vital en el estudio de la biología molecular y celular».
Pero el alumno más aventajado de Severo Ochoa fue una alumna: Margarita Salas. Asturiana nacida en 1938, se convirtió en una científica de gran peso internacional por el descubrimiento del ADN polimerasa Phi29. Esta enzima fue clave por su capacidad para producir copias genéticas de forma precisa a través de rastros escasos. Aunque ella no ha sido la única mujer que ha despuntado en el mundo de los avances médicos, ni mucho menos. «Hay muchas más. Sara Borrell se dedicó al estudio de las hormonas. Carmen Gil Fernández, por su parte, fue una de las virólogas más importantes de España», explica Mateo. La lista es larguísima, no hay duda, y continúa en el ensayo de estos médicos.