«Nadie quiere estar en la calle en el fondo», opina Baltasar Pérez Rebollar, voluntario de Cruz Roja en Palencia. «Pero quien está, igual ha acabado ahí por algo traumático y lo ha normalizado diciéndose que así es su vida», plantea, para una situación vital extrema en la que cree que pesan la pérdida del trabajo, la salud mental o el «desarraigo familiar». Cruz Roja funciona, ante esto, a través de lo que denomina Unidades Móviles en Emergencia Social (UES), vehículos con equipos de voluntarios que salen por las noches para que los que pernoctan fuera «vean que no todo el mundo les da la espalda y para acompañarles en la medida que nos permiten», cuenta el voluntario. Están operativas en varias ciudades, como León, en la que, según los cálculos de la entidad, se visitó a 74 personas durante este año que acaba de terminar.
Desde la capital palentina, Baltasar explica que la labor pasa así por proporcionar «calor humano y también comida caliente». El palentino menciona guantes o gorros, latas, fideos, agua, café o natillas, que se reparten en un trabajo más profundo, que va desde una orientación para «reorganizar» su vida a, simplemente, interesarse por ellos. «Estos días y meses, incrementamos y reforzamos las salidas», incide también Daniel Gordo, responsable del programa de atención a personas sin hogar de Cruz Roja en Salamanca, donde llegan a hacer cinco 'pasadas' semanales.
Plazas extra
Una labor parecida realizan en Valladolid desde Red Íncola, otra de las organizaciones que mantiene rutas nocturnas. En su caso, desde 2007, cuando detectaron esa «necesidad en calle». El pasado 21 de noviembre, con los primeros fríos 'fuertes', la ONG llevó a cabo una jornada de «voluntariado exprés» en la que repartió más de una veintena de «kits de invierno» con térmicas, sacos o bufandas. En sus salidas regulares, se «complementan» con Cruz Roja, con quien hay «muy buena coordinación». También se coordinan con otras asociaciones o el ayuntamiento, lo que «permite trabajar en red», mantener una comisión y hacer un seguimiento de cambios de sitio, hospitalizaciones o historias de vida. Así lo explica la responsable del programa del Café Solidario, Alexandra María Flores Flores, que añade que el albergue municipal, con 65 plazas, sumó 25 más en previsión de la ola de frío. «Lo primero que hicimos fue avisar a las personas a las que visitamos», comenta.
Aumentar las plazas de los centros que acogen a los sintecho es una medida que se repite, si bien cada ciudad tiene su fórmula asistencial. Zamora encara el sinhogarismo a través de «un educador de calle que recorre varios puntos» y, sobre todo, con el centro Casa Betania -bajo la batuta de Cáritas-, que abre «365 días al año y 24 horas al día», concreta su director, David Marcos Hernández. «La gente sale y entra, pero el centro suele estar lleno siempre y la Navidad se ha pasado como en una familia grande», refiere. En Burgos, el centro asistencial también lo gestiona Cáritas y, a las 40 plazas del albergue (dos de ellas como servicio de urgencias) se suman ocho más de soporte invernal. «Esta unidad de mínima exigencia se creó, de hecho, hace doce años, tras un fatídico diciembre en el que murieron cuatro personas en calle», explica el educador social que coordina el programa en la ciudad, David Polo Delgado. En la provincia burgalesa, la ONG diocesana también tiene estructura para el sinhogarismo en Miranda de Ebro o Aranda. «Estamos en un año en que, como nunca antes, estamos teniendo una variedad de perfiles y algunos no saben resguardarse, así que estamos haciendo equilibrios para ayudarlos», indica, para ejemplificar que hace una semana, con las plazas llenas, llegaron a dejar a una persona «dormir en un sillón» porque llegó a las tres de la mañana. Según la hora y el caso, buscan la solución, apoyándose también en hostales. Polo indica que siguen atentos porque «estos días Burgos ya no está en alerta, pero sigue haciendo mucho frío».
Más allá de urgencias y de las lunas que caen bajo cero, los expertos están de acuerdo en que persiguen un trabajo más «integral». Intentan devolver la «dignidad» olvidada, ayudar con el papeleo o la búsqueda de empleo. «No nos quedamos en la asistencia básica, se intenta una intervención social», recalca Gordo. Cuando van a su encuentro en Salamanca, también es para «avisarles de que tenemos un centro y ellos un recurso al que acudir». Así, estima que en 2025 habrán atendido a unas 600 personas, gracias a un centro con 20 plazas -amplían con cuatro- o al esfuerzo de los profesionales combinado con el de unos 70 voluntarios.
No obstante, el problema crece a pasos agigantados. En 2024, el número de personas sintecho aumentó un 43,8 por ciento según el informe de la Federación Europea de Asociaciones Nacionales que Trabajan con Personas sin Hogar (Feantsa). A nivel autonómico, aunque los conteos son muy variables y la realidad del sinhogarismo muy cambiante, la Junta publicó que en 2024, entre todos los centros de alojamiento para personas sin hogar de Castilla y León se recibió a una media diaria de 1.825 personas. Eso supuso un 13,3 por ciento más de usuarios que en 2022, añade el propio Gobierno regional. «Vemos un aumento de personas en situación de calle y correlación con el aumento de precios de alquiler», admite Gordo. Polo coincide en un problema que «afecta a todos», recuerda: «Aunque en Burgos hay pleno empleo, muchas personas no llegan a pagar una habitación, el precio se ha duplicado en menos de dos años y lo más barato que encontramos es 400 euros con gastos», remarca, para considerar que es algo extrapolable a Castilla y León. «Hay más baratas, pero nadie las 'suelta'», añade. Según describe, a ese panorama de vivienda complicado llegan inmigrantes irregulares -venezolanos, marroquíes, malienses- que «buscan una vida mejor», así como personas con pensiones no contributivas o con «patologías duales» (enfermedades psicológicas y consumo de drogas). Todo un desafío individual, pero también para la sociedad.
Porque el otro gran reto del sinhogarismo parece ser cómo se mira y se trata desde fuera, desde los ojos de quien sí tiene una casa a la que volver. «Hay que visibilizar todo un submundo que sale cuando nos vamos a dormir» y en el que «cada uno tiene su situación, que no se debería generalizar», opina Baltasar Pérez. «Tenemos que desterrar ese rechazo, ese miedo, y dignificarles como personas», apoya Flores, que recuerda que «no son un bulto» sino gente «con historias muy fuertes» que no se deberían juzgar a la ligera. «Son situaciones tan límite que es difícil dar el paso hasta de aceptar los recursos», sostiene, para reivindicar el acompañamiento. Recuerda el reproche al aire de una de estas personas frente a la actitud de un vecino: «¿Por qué llamas a la policía en vez de venir y preguntarme si me pasa algo?»