Más allá de ser los números uno y dos del mundo, protagonistas de la que ya es la gran rivalidad del tenis mundial, había interés añadido en el choque por tratarse del primer partido de Alcaraz con Samuel López en la grada como entrenador principal. O, dicho de otro modo, por la gigantesca ausencia de Juan Carlos Ferrero al lado del murciano. Pero pronto quedó claro que no era una jornada para ese tipo de análisis. Lo subrayaron los propios jugadores con su actitud: gesto relajado, sonrisa permanente y ganas de agradar a un público entregado (15.000 espectadores abarrotaron el Incheon Inspire Arena). Era un día de virtuosismos y golpes imposibles, de puntos pensados para los highlights televisivos, y no para mostrar lo que de verdad guardan piernas y brazos para la competición de verdad.
La pista también tuvo su papel. Bajo techo, con una moqueta de las de antes, velocísima, aunque por color recordara a la tierra batida de Roland Garros. En teoría, unas condiciones ideales para Sinner. Pero se trataba de una superficie tan distinta a cualquier otra que obligó a ambos a un ejercicio similar de adaptación y lectura constante.
Dentro de ese tono distendido, fue Alcaraz quien mejor interpretó el contexto. El español, que en noviembre había perdido el último duelo oficial entre ambos, la final de la Copa de Maestros en Turín, simplificó el juego, cargó el centro y utilizó el cortado como herramienta de supervivencia más que como recurso estético. Sinner, más fiel a su golpe plano y directo, tuvo momentos de iniciativa, incluso opciones de quiebre, pero mostró menor capacidad imaginativa.
La manga avanzaba de forma casi irremediable hacia el tie-break cuando un pequeño resbalón de Sinner, en un lateral de la pista, le cambió el paso con 40-30 a su favor en el duodécimo juego. El de San Cándido se asustó y perdió los tres puntos siguientes, entregando el set a su rival.
En todo ese tiempo no hubo ni una sola imagen de Samuel López, ni se vio a Alcaraz acudir a él en busca de ayuda, consejo o aprobación, más allá de alguna mirada furtiva hacia la grada, de destino incierto. Estaba escrito que no era un día para eso. Su interés era seguirle el juego a Sinner, a quien, por una vez, se le borró el gesto gélido y casi impenetrable para sumarse con ganas al espectáculo. El italiano llegó incluso a entregar su raqueta a un niño al inicio del segundo set para que le «ganara» uno de los puntos. El chaval alucinó al verse frente a un Alcaraz cómplice, decidido a regalarle un momento inolvidable, una historia que probablemente contará hasta la jubilación.
Jannik's reaction to the kid's point against Carlos 😭 pic.twitter.com/xjkvRt7C57
— janniksin archive (@sinnervideos) January 10, 2026
El partido continuó por los mismos derroteros, con un Sinner sin intención de asumir más riesgos y decidido a sacar adelante sus turnos de servicio a base de sartenazos. Conforme se acercaba el desenlace, disminuyeron las delicatessen y aumentaron los golpes buscando líneas. Debajo del barniz amable, la rivalidad estaba ahí. Se llegó al tie-break, donde Sinner dispuso de una bola de set al resto que no aprovechó. Alcaraz gozó del mismo privilegio a continuación, esta vez para cerrar la función, y él no falló.
Se despidieron con un largo abrazo en la red y se citaron, seguro, para empresas mayores. Carlitos, al igual que Sinner, abandonó la pista de Seúl casi a la carrera, con destino al aeropuerto. Su plan era viajar de inmediato a Melbourne, aterrizar este domingo y, tras un breve paso por el hotel, desplazarse al Rod Laver Arena para una primera toma de contacto con el escenario del primer Grand Slam del año. Una de sus grandes obsesiones para este curso que acaba de empezar y la llave para desbloquear un nuevo récord: convertirse en el jugador más joven en ganar los cuatro grandes.