La Fundación March y la revista Scherzo hacen del piano un objeto de culto y celebración

Cinco pianistas españoles de las tres últimas generaciones, a solo o en distintas combinaciones a cuatro y seis manos, se reunieron en la March para ofrecer lo que el crítico Esperanza y Sola llamaba «una especie de curso práctico de la historia de la música del piano», desde Bach hasta hoy en día. La frase proviene de un texto publicado con motivo de un concierto del maestro madrileño de pianistas José Tragó, allá por 1895, y en el que Esperanza y Sola se alegraba de que hubieran quedado atrás lo que llamaba «los tiempos de las medianías» en los que la música de salón se anteponía los grandes clásicos que todavía eran desconocidos en España o tenidos en poca estima. Tragó colaboró a dar forma a una época de mayor dignidad musical, del mismo modo que la March apostó hace medio siglo por la homologación cultural internacional en paralelo al desarrollo un país implicado en una inevitable transformación política y social.

En el programa de mano del concierto puede verse una amplia selección fotográfica que describe cincuenta años de pianismo en España mostrando a intérpretes que han pasado por su auditorio. Entre ellos está Josep Colom, cuya calidad merece una consideración especial, muy bien demostrada en la sentida versión del sexto «Intermezzo, op. 118» de Brahms y, lo más curioso, en la presentación como autor de «desvaríos» musicales sobre Antonio Soler y Ligeti, con el estreno de su «Fantasía fúnebre sobre una pequeña gran idea» del autor rumano. También a solo, Josu de Solaun ofreció una abundante «Fantasía baetica»; Juan Floristán descubrió a la checa Vítězslava Kaprálová, nacida casi con el siglo XX, de muy corta vida y de sólida obra; Ana Guijarro volvió sobre la premonitoria «Sonatina» de Manuel Castillo, y Noelia Rodiles observó con gracia a la mexicana Gabriel Ortiz, autora de «Su-Muy-Key, la exótica del mambo», dedicada a la famosa bailarina que, en los años cuarenta y cincuenta, trabajó en teatros y cabarés.

También Scherzo tiene su galería de ilustres aunque el álbum hay que leerlo desde un punto de vista distinto. A una revista le importa la actualidad y el intérprete. Por Madrid pasaron celebrando sus primeros aniversarios Claudio Arrau, Krystian Zimerman, Alba Ventura, cuya reciente grabación de la «Iberia» de Albéniz le ha colocado en la portada del último número de noviembre, Anatol Ugorski, Christian Zacharias y Sviatoslav Richter, y sus conciertos que fueron, entonces, auténticos acontecimientos. Solo el primer aniversario a cargo de Cristina Bruno incluyó en programa dos estrenos absolutos de José Luis Turina y Eduardo Rincón; a partir de ahí los conciertos miraron a «grandes clásicos» porque lo importante era el gesto de inmediatez musical que sigue vigente en el cuarenta aniversario como bien demuestra el programa de mano en el que se incorporan detallados perfiles de cada uno de los participantes y ni una frase sobre el programa a escuchar.

Estos detalles no son menores porque ayudan a evaluar lo que se ha sido y dónde se está: lo diferente que era el panorama musical dominado por la ilusión y cuyas carencias Scherzo ayudó a dar sentido, y la situación actual, abocada a la apariencia general. Los primeros conciertos de Scherzo insuflaron energía a la vida musical madrileña de la época y lo hicieron apoyándose, en cada caso, en el nombre de un solo intérprete, de un mito. Ahora se recurre a un recital coral, con diez pianistas importantes que por sí solos merecerían presentarse en solitario, y, sin embargo, en la sala sinfónica del Auditorio Nacional se vieron huecos. La «permanencia y el compromiso» de Scherzo son indiscutibles, pero las dificultades que ahora hay que vencer son distintas… y no menos exigentes. Solo hay que ver el desparpajo y disposición de las dos jóvenes pianistas que han participado en este concierto para comprender que el futuro existe y que ya apunta en otra dirección.

A él pertenece la electrizante y exquisita versión de la segunda «suite inglesa» de Bach a cargo de la francesa de dieciséis años Arielle Beck, y la espectacular y desenvuelta del «Preludio, coral y fuga» de César Franck, según la rusa Alexandra Dovgan que tiene dos años más. Junto a ellas hay que citar, otra vez, a Juan Floristán capaz de anteponer la emoción a la exactitud, según delineó la sanguínea interpretación (de nuevo) de la «Fantasía baetica» y de la «Alborada del gracioso» de Ravel. Hay que valorar muy especialmente la meticulosa, asentada y también amable interpretación de las «12 Notations pour piano» de Pierre Boulez a cargo de Pierre Laurent-Aimard; las resonancias de vieja escuela con las que Elisabeth Leonskaja adornó la «Wanderer-Fantasie» de Schubert; la personalísima visión del «Nocturno, op. 5 núm. 2» de Chopin hecha por el ruso Alexei Volodin como prólogo a la deslumbrante «Sonata 7» de Prokofiev, interrumpida por aplausos y algún móvil, y cuyo «Precipitato» final acabó en aclamación; la tranquila rectitud de la «Sonata 27» de Beethoven que interpretó el vienés Till Fellner; el popurrí del veterano y ecuánime Christian Zacharias uniendo a Scarlatti con Poulenc, Couperin y Haydn, autor de quien dejó una visionaria versión de su sonata 48; el mecánicamente preciso Chopin de la también rusa Yulianna Avdeeva; y los lánguidos y prudentes «Intermezzi, op. 117» de Brahms ofrecidos por el británico Paul Lewis. Todos ellos han participado en esta celebración de forma desinteresada y parte de lo recaudado será destinado por la Fundación Scherzo a becas para jóvenes instrumentistas. Casi cuatro horas de concierto transmitido en directo por Radio Clásica y a cuyo saludo final de todos los intérpretes se unió Antonio Moral, fundador , primer director de Scherzo y «alma mater» de la celebración.

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