El sentido original de la Navidad

En esencia, la Navidad nace como la celebración del nacimiento de Jesús de Nazaret. Más allá de las creencias personales, ese acontecimiento encierra un mensaje que ha trascendido los siglos, las generaciones y las fronteras. La afirmación de que la esperanza puede surgir en los lugares más humildes. La escena del pesebre es, ante todo, un recordatorio de la dignidad de lo pequeño. En un mundo acostumbrado a medir el valor por la riqueza, el poder o la visibilidad, el relato del niño nacido en un establo resulta casi subversivo.

La tradición cristiana puso el foco en tres ideas fundamentales. La primera es la paz simbolizada por los ángeles que anuncian la «buena noticia» para toda la humanidad. La Navidad no invitaba originalmente a la tensión de las compras, sino al descanso, al reencuentro y a la reconciliación. La segunda es la solidaridad, los pastores y los Magos representan la diversidad de quienes se acercan al misterio sin distinción de origen o condición. Todos pueden participar, nadie queda excluido. La tercera es la esperanza, una virtud que no consiste en negarse a ver la realidad, sino en confiar en que el mundo puede ser mejor cuando empezamos a transformarlo desde lo cercano.

Con el paso del tiempo, estos valores fueron oscurecidos por las exigencias del mercado. La Navidad contemporánea se celebra a menudo como una competición de regalos, cenas interminables y agendas saturadas. Se vive más hacia afuera que hacia dentro. Pero la paradoja es evidente, cuanto más se intensifica el ruido navideño, más crece el deseo de recuperar su sentido auténtico y menos frenético.

Volver al origen no exige grandes gestos. Implica algo tan sencillo como recuperar la dimensión humana de estas fechas. Escuchar más, juzgar menos, compartir tiempo —ese recurso tan escaso— y recordar que la alegría no se compra. También invita a mirar a quienes llegan peor a fin de mes, a quienes están solos, a quienes están pasando un año difícil. La Navidad tiene sentido cuando genera vínculos, no facturas.

Tampoco se trata de renunciar a las luces ni a las celebraciones. La tradición puede convivir con la modernidad. Pero quizá deberíamos preguntarnos ¿qué queremos iluminar realmente? ¿Un escaparate o el corazón de una comunidad? En un tiempo marcado por la prisa y la polarización, recuperar el sentido original de la Navidad puede ser un acto profundamente renovador. Porque, al final, lo esencial de estas fechas sigue siendo lo de siempre, fomentar paz, ofrecer esperanza y compartir la dicha con todos los que nos rodean.

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