La emperatriz hizo depositar la maleta, cuya modesta apariencia no permitía adivinar su valor, en una caja de seguridad en Quebec. Instruyó a dos de sus hijos para que guardaran este secreto hasta cien años después de la muerte de su esposo, que tuvo lugar en 1922. Tras la disolución del Imperio Austrohúngaro en 1918, Carlos fue al exilio junto con su esposa, primero en Suiza y luego en Madeira, donde falleció a los 34 años debido a una neumonía grave. Su muerte marcó el fin definitivo de la dinastía Habsburgo como poder reinante en Europa y puso en marcha el contador que Zita establecería después para el tesoro imperial.
Karl Habsburg, el actual cabeza de familia Habsburg-Lorraine, asegura que se ha enterado recientemente de la existencia de la maleta por sus primos Robert y Simeon, a los que sus padres hicieron partícipes del secreto junto con la transmisión del deber de cumplir con la voluntad de la emperatriz Zita.
Una vez recuperada la maleta, han aparecido un total de 15 valiosísimas piezas. El listado ha permitido comprobar que no están todas: entre otras, falta una corona de diamantes de Sisí que se creía parte de este conjunto.
El joyero vienés Christoph Köchert ha sido el encargado por la familia de confirmar la autenticidad de las joyas. Los Köchert fueron durante generaciones 'Joyeros de Cámara y de la Corte Imperial y Real', durante más de 100 años, y algunas de las piezas ahora auditadas fueron realizadas precisamente por sus antepasados.
El conjunto pasa a pertenecer a un fondo familiar y hay planes para exhibirlas al público, pero de momento las joyas se quedarán en Quebec por cuestiones legales, según ha informado el propio Karl Habsburg. «En Canadá, nuestra familia y nuestra herencia fueron rescatadas en 1940 mientras huían y fueron protegidas de circunstancias profundamente adversas. Las joyas encontraron un nuevo hogar allí hasta el día de hoy y la familia quiere expresar nuestra gratitud y nuestro más profundo aprecio al país y a sus gentes», ha declarado Karl Habsburg.
Hasta este descubrimiento, habían circulado rumores a lo largo de la tortuosa que llevó a la emperatriz al exilio. Zita estaba embarazada de su octavo hijo en ese momento y hubo de viajar primero al País Vasco y luego a Bélgica, desde donde huyeron a través de Francia y España hacia Canadá, en 1940. Investigadores y cazatesoros habían seguido el rastro de las joyas sin éxito por todo ese recorrido de Zita. En las memorias publicadas en 1966 por un comerciante suizo de piedras preciosas se afirmaba que 'El Florentino' había sido cortado en piezas. Y, como la emperatriz había nacido en Italia en 1892, también se especuló en vano con la posibilidad de que hubiese ocultado las joyas en su tierra natal. Lo cierto es que, cuando regresó a Europa en 1953 y luego vivió en Suiza hasta su muerte en 1989, no volvió a lucir ninguna de las joyas ni dio a nadie noticia de su paradero.