Según ha informado el grupo ABU, los arqueólogos responsables de la intervención preventiva asociada al proyecto inmobiliario, Florentino Pozo y Rosa Gil, han analizado «las capas» que han ido encontrando y la época a la que pertenecen.
«Recapitulando: seis metros de rellenos modernos y contemporáneos de carácter industrial de los siglos XV al XX. Inmediatamente debajo de estos rellenos, que llamaríamos 'modernos', nos topamos con un gran nivel de limos de inundación. Lo que demuestra que en esta zona se produjo un colapso de los terrenos, que fueron inundados y se generó una sedimentación bastante importante, de unos 60 o 70 centímetros, que ha servido para sellar u ocultar la mayoría de los restos anteriores durante muchos siglos».
Al hablar de los restos constructivos que había bajo el limo, se indica que se trataban de restos de la época romana, concretamente del siglo I de la era actual.
En las conclusiones extraídas de la excavación arqueológica subyacen dos fases importantes que ayudan a comprender la zona desde el punto de vista morfológico e histórico. Una de ellas, la relación de Roma con Sevilla. Híspalis fue muy importante y clave estratégicamente para el comercio romano en la Península Ibérica por ser puerto: «Sevilla está en el peor sitio construida, por lo insalubre e inundable, pero en un enclave muy adecuado para el trasporte, por eso ha tenido éxito», asevera Pozo.
«En época romana era casi cabecera del mar, por el Lacus Ligustinus y, por lo tanto, entraban embarcaciones de gran calado para transportar lo que Roma quería: aceite, vino, salazones o garum», precisa, abundando que estos productos de alto consumo se trasportaban en ánforas y cuando llegaban a Roma estas se extraía y se tiraban los recipientes; por lo que se llegó a formar un monte llamado 'Monte Testaccio' o 'Monte dei Cocci', «una colina artificial construida entre los siglos I y III d. C. con ánforas de la bética, la mayoría de carácter oleario».
La antigua Sevilla romana tenía un puerto enorme en la misma desembocadura del río Betis, por el que remontaban y bajaban mercancías hacia y desde el interior de la provincia de la Bética.
Debido al remanso de amplias zonas de lagunas pantanosas, era muy sencillo acceder y trasladarse de un lado a otro mediante barcazas de poco calado. El puerto imperial era una zona muy amplia que hoy en día estaría ubicada en la avenida de la Constitución y la Puerta de Jerez y llegaría hasta donde se encuentra el Hotel Alfonso XIII.
En el solar del citado proyecto inmobiliario del Residencial en Artillería hay vestigios de ese comercio de ánforas. Se ha podido documentar arqueológicamente el esfuerzo que hicieron los romanos, a base de buena ingeniería y arquitectura, para llevar a cabo un proceso de desecado de una zona pantanosa e inundable y trazarla con canales artificiales navegables que estarían en conexión con el puerto, sobre los que se transportaban en barcazas las ánforas repletas de productos como el garum, vino o aceite. Y de Sevilla, a Roma.
Se ha documentado así un sistema de canales principal y secundarios que formarían una bien diseñada red de transporte fluvial. El canal principal hallado es bastante amplio, con casi cinco metros de ancho y un calado que se calcula que puede tener hasta tres metros. En la excavación se ha comprobado que tenía su propio embarcadero y su pantalán. Además, se ha localizado un sistema de postes de madera para soportar las tablas del pantalán que se empleaba para el trasiego de mercancías en las barcazas denominadas 'scaphas'.
Lo más visible de ese embarcadero romano es la acumulación de ánforas de desperdicio, que al romperse quedaban inservibles para el transporte, pero sí servían para sujetar la madera del embarcadero como apeo para fortalecer la estructura. Muchas de ellas son de salazones y contenedoras de arrope de vino, un conservante muy común en el mundo romano. En muchos casos provienen de alfares de la bahía de Cádiz.
Llegado un momento, y poco después de su construcción a mediados del siglo I de nuestra era, este sistema colapsó, con lo que los canales sufrieron inundaciones periódicas y, seguramente, alguna traumática que lo colmató a base de cieno que cubría toda la zona.
Por ello, se redujo el calado para las barcazas y lo rellenaron con tierra de mejora traídas de otro lugar, con cascotes o escombros. De este modo, los ingenieros de la antihia Híspalis romana consiguieron cegarlo y habilitar la zona para otro.
Se constata que prepararon el terreno para instalar un cementerio a finales del siglo I. Todo el entorno fue así rellenado, al menos 35 o 40 centímetros de tierra y esa extensión llegaría hasta el entorno que actualmente La Florida y la calle Luis Montoto. Según apunta Florentino Pozo, hay constancia de excavaciones en aquella zona de un expediente similar a este, pero en la Vía Augusta, que era una de las vías principales de entrada a la ciudad.
Para evitar nuevos encharcamientos en la zona fue creado un colector de agua subterráneo, un acueducto de obra, con ladrillos y bóvedas para conducir agua; así como un sistema de riego y una serie de piletas de agua que posiblemente sean para riego o tratar determinados productos.