San Pedro y la Laureada de San Fernando

Por el Nuevo Testamento y el cine de espías, de gánsteres o de soldados sabemos que la negación de cualquier conocimiento público o privado puede atender a dos manifestaciones contrapuestas de la condición humana: el valor o la cobardía. Cuando el tocayo de Sánchez, el del Evangelio, niega a Jesús en tres ocasiones lo hace por miedo a que lo relacionen con quien está procesado por el Sanedrín y va camino del calvario. «Absolutamente anecdótica», «No recuerdo», «Las mínimas posibles», dice san Pedro en sus tres negaciones, acochinado por mero instinto de supervivencia, por las instrucciones del manual bíblico de resistencia o, resumiendo, por mera cobardía. En las películas de los géneros antes citados sucede justo lo contrario: el interrogado es sometido a las más infames torturas, que soporta hasta dar la vida por proteger a quien niega conocer, ni siquiera de vista. A toda esta pobre gente, mártires como luego Pedro –el apóstol, no el sanchista–, les suelen conceder una medalla póstuma al valor; en España, la Cruz Laureada de San Fernando

Si a Pedro Sánchez le hubieran machacado un dedo con un martillo de bola por cada «no me consta», o sacado un diente sin anestesia local por cada «no lo sé», o sacudido con un calambrazo de diez miliamperios por cada «no lo recuerdo», nos moveríamos en las coordenadas laureadas del valor, militar o criminal. No es el caso. Qué tiempos, tan de Scorsese, aquellos de «Luis, sé fuerte», cuando la familia utilizaba la mentira para protegerse, como los Bonnano o, subiendo desde Colón, los Genovese, sin el individualismo acusica de una banda que hoy se desmorona sin que siquiera alguien saque del macuto los alicates de las ortodoncias o una foto de Miss Asturias.

Insistir en la condición de mentiroso de Pedro Sánchez, algo que podría honrarlo en circunstancias extremas, delante de un flexo y atado a una silla, no deja de ser a estas alturas una malversación de recursos privados. Es la cobardía, como la de su tocayo el del Evangelio, lo que emerge como debilidad humana a partir de la que quizás empezar a explicar todo lo que ha sido su trayectoria en el campo de mentira, consecuencia y no causa de tanto mal.

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