Por esas mismas fechas, mediados de los setenta, pero ya no en la ficción cinematográfica, otra mujer angoleña, esta vez negra, tuvo que huir de su país en guerra cargada con una niña de dos años y un segundo hijo todavía alojado en su vientre. Había que buscar una vida mejor para los tres. Un refugio. Un techo...
Un dibujo a la entrada de la exposición en el CAM Gulbenkian de Carlos Bunga (Oporto, 1976) homenajea esta hazaña, en el que un ser femenino, medio humano, medio animal, con una cabaña por cabeza y con un guiño a un ejemplar de la revista 'Portugal colonial' protege con sus manos su barriga gestante. El propio Bunga convierte, de una forma más o menos consciente en los próximos meses, esta importante institución lisboeta en su propia casa. Un 'hogar'.
La cita lleva por título 'Habitar la contradicción' y es a todas luces la exposición más grande y compleja hasta la fecha de un artista que ya ha demostrado de lo que es posible en dos ediciones de Manifesta (2004 y 2024), en la Whitechapel de Londres, el Palacio de Cristaldel Museo Reina Sofía, el MAAT lisboeta, la Capella del MACBA o el Museo Helga de Alvear, y que ha desarrollado buena parte de su carrera en España, en Barcelona, de forma que esta exposición es como su regreso a casa, su entrada por la puerta grande.
La lengua materna
No es este un asunto baladí, ni para el artista, ni para el comisario, otro portugués 'expatriado', Rui Mateus Amaral, director artístico del MOCA (Museum of Contemporary Art Toronto) y que se dirige a nosotros en inglés porque ha perdido ya fluidez expresándose en 'su lengua materna'. Ambos se conocieron 'en el extranjero', en la edición de Frieze de 2019, y en 2020 ya estaban colaborando juntos en el museo que dirige el segundo. Ahora, el artista sabía que este tenía que ser su comisario, con el que recogiera el guante de la carta blanca que le lanzaba la Fundación Gulbenkian para generar una gran pieza principal para sus estancias y una lectura personal de su colección permanente.
Pero, ¿por dónde empezar, pues, tamaña empresa? Curiosamente, el germen de este impresionante proyecto no se encuentra en el interior del impoluto edificio de Kengo Kuma, sino en su jardín. Para un artista obsesionado con la 'mudanza', con lo que se transforma continuamente, lo que se reinventa y fluye, era inevitable buscar el origen de lo que ideara en la Naturaleza, territorio de transito, de pensamiento, en el que coinciden y se complementan constantemente la vida y la muerte.
Por eso la propuesta de Carlos Bunga es porosa: un deseo de trasladar ese jardín al interior del edificio y viceversa, que las obras de arte 'atraviesen' de alguna forma sus grandes ventanales, los que 'enmarcan', como si de cuadros en movimiento se tratara, la foresta circundante. Y por eso nos encontraremos esas sillas que descansan en el jardín en el interior de las salas (una silla producida por Adico del modelo Manel, nombre, curiosamente, del protagonista de 'Una quinta portuguesa', otro migrante, un suplantador que se pone en el sitio de otro) o, en este ámbito, un antiguo cenador es transformado por el artista en un 'besódromo', para que los cuidados y los afectos se prolonguen más allá de la exposición.
Bunga fuerza que la institución se transforme en hogar, y que en el atrio, por ejemplo, lugar de paso, descansen algunas de sus esculturas más canónicas, muebles a los que, sin embargo, por estar intervenidos, se les niega su utilidad. Algunos de ellos son los 'saltimbanquis' con los que participó en la reciente Bienal de Pontevedra, en los que sus objetos cotidianos se disponen en equilibrio, como lo es nuestro actual concepto de vivienda. Desde aquí ya se observan obras de otros autores (Fischli & Weiss) rescatados por Bunga desde la colección.
En el interior, el jardín hace acto de presencia en forma de bosque: todo un bosque de inmensas columnas por el que transitar, perderse, dejarse ir; con incluso dos espacios para el recogimiento, dos refugios (como si de un pequeño homenaje a 'La materia del tiempo' de Richard Serra se tratara), donde lo más destacable de todo es su material 'innoble y frágil' como es el cartón, tan propio de este creador, que lucha contra la obsesión permanente por lo eterno del ser humano. Como viene siendo habitual con este artista, el fin de la misma será su destrucción parcial días antes de la clausura. Otro tipo de 'mudanza'...
Hay quien ve en esta monumental pieza un templo, un lugar 'sagrado' pero sacro. No olvidemos que las grandes catedrales góticas se idearon imaginando sus columnas como finos troncos que crecían hacia las alturas abriendo allí sus nervaduras. Algo de espiritual hay en la que es sin duda la propuesta en la que el portugués más se abre en canal hasta la fecha. Una pequeña retrospectiva sentimental que nos permite aproximarnos a disciplinas menos reconocidas en el artista (la fotografía, la escultura figurativa...), en la que las salas adyacentes que dan al jardín se convierten en pequeñas capillas que redundan en conceptos básicos de su imaginario: 'nomadismo', 'maternidad', 'hogar'...
Nómadas del futuro
Les hablaba al comienzo de esta historia de un dibujo, 'Mi primera casa fue una mujer 1975', de 2018, cuya protagonista, como ya habrán adivinado, era la madre del artista. Sus manos, de cuatro dedos y como de reptil, se repiten en las esculturas de otras capillas. Son sus 'nómadas', en madera, con cuerpo de niño (aunque por primera vez se sirve en una de ellas de un perro, un askal filipino, habituado a vivir en la calle), por ser la infancia un momento de descubrimiento y proceso de transformación, donde el juego es fundamental y la imaginación no tiene límites. Seres para Bunga que por su condición transitoria viven en el futuro, que no tienen género, sexo o especie, sin prisa por llegar a un destino final porque el viaje es su lugar.
Cuando la madre de Bunga llegó a Oporto habría de vivir en refugios y en una barriada provisional que las instituciones locales levantaron para acoger a personas en su situación. Ella, que no sabía leer o escribir, tuvo que ejercer la prostitución para sacar adelante a sus dos hijos. Por eso las dos capillas más emotivas son las que reproducen exultante a su madre, feliz, en algunos de sus lugares de trabajo, o esa pequeña maqueta con el cartón de una caja de cereales de la Casa Número 17 en la que Bunga pasó su infancia, en una vitrina, como si de una joya se tratara, rodeada de fotos con las que el artista documentó su estado años después. Y por eso el mejor contrapunto es ese vídeo proyectado enfrente en el que el portugués destroza una bombilla para recomponerla desde sus pedazos y constatar que aún así puede seguir funcionando.
Un piso más arriba, la mirada a un conjunto 'permanente' por parte de alguien que hace de lo transitorio leit motiv. Y por eso la selección incluye a artistas más desconocidos, más en los márgenes, obras que documentan procesos (Alberto Carneiro,Babette Mangolte), que deben ser cultivadas (Doris Salcedo), que son fragmentos (Larry Clark) o portátiles (Francisco Troppa), que ilustran crisis personales (como la que también vivió Helena Almeida con la pintura) o que directamente desaparecerán (Kapwani Kiwanga). Asimismo, su montaje ocupa incluso espacios poco habituales, de paso, en las alturas.
Carlos Bunga: 'Habitar la contradicción'
CAM Gulbenkian. Lisboa. Comisario: Rui Mateus Amaral. Hasta el 30 de marzo. Cinco estrellas.
Carlos llegó a Barcelona por amor. Su estudio está en Mataró y sus dos hijas son catalanas. Le pregunto por cómo puede sentirse aún nómada, cómo puede encontrar en el desplazamiento la inspiración. El artista responde inteligentemente y con rapidez: «Es un nomadismo sobre todo mental en el que creo». Y entonces, todo vuelve a moverse. ¡Bienvenido a casa, Carlos Bunga!