Este muerto está muy vivo

—No cantes victoria —le respondí—. Me he enterado que han traído al que filtró lo del Fiscal. ¿No has visto la nube de fotógrafos en la puerta?

El camarero levantó la vista del lavavajillas. Tenía la expresión cansada de quien ha oído demasiados pésames, casi como unos «buenos días» en forma de despedidas.

—¿Otro político? —preguntó.

—No exactamente —dije—. Dicen que es el que filtró los datos de lo del novio. O, al menos, el que dijeron que lo filtró.

—Ah —dijo el camarero, con tono de quien reconoce un cadáver mediático—. Por eso sonaba tanto su móvil dentro del ataúd.

El bar del tanatorio olía a colonia barata y a titulares muertos. Había silencio, pero un silencio de esos que no reposan: el que suena entre dos portadas. En la sala contigua, un grupo de periodistas jubilados discutía si escribir necrológicas cuenta como vocación o como venganza. Andrés dio un sorbo y miró al techo.

Sobre el ataúd había tres coronas. La primera, con cinta dorada, decía: «Gracias por tus servicios»

—Mira que hay maneras de morir, pero ser cabeza de turco tiene que doler más en vida. Ahora es difícil que proteste. Ya ni te cuento que le llamen a declarar.

—En este país —le dije—, el que filtra acaba drenado. De datos y de alma.

Sobre el ataúd había tres coronas. La primera, con cinta dorada, decía: «Gracias por tus servicios. El silencio será bien remunerado. —Tus amigos de partido». La segunda, más discreta, llevaba un mensaje de manual de ética periodística: «La verdad te hará libre, pero no funcionario».

Y la tercera parecía enviada por el fiscal general en persona: «Descansa en paz. Ya hemos archivado tu caso (y tu conciencia)».

El camarero las leyó con la solemnidad de un notario.

—Aquí los muertos reciben mejores contratos que los vivos —dijo—. Y, además, sin cláusulas abusivas.

En la barra, un par de personas con traje tomaba notas en servilletas. Uno aseguraba que el muerto había actuado por amor a la transparencia. El otro, que lo había hecho por la promesa de un buen cargo en el cielo. Nadie supo si hablaban en serio.

Andrés suspiró.

—En este país la transparenciaes como el vidrio de los ataúdes: te deja ver dentro, pero no te deja salir.

—Bueno —respondí—, al menos a los muertos les sacan de las cloacas.

El camarero nos sirvió otra ronda. El ron sabía a resignación y a titular en diferido.

—Dicen que van a investigar la filtración otra vez —comentó—, pero solo si no afecta al Gobierno, a la oposición ni al sistema solar.

—Perfecto —dijo Andrés—. Investigación sostenible. Sin residuos políticos.

Una mujer con moño institucional se acercó al ataúd con un ramo envuelto en celofán. Parecía más portavoz que viuda.

—Pobre hombre —dijo con voz de rueda de prensa—. Hizo lo que debía, o al menos lo que le dijeron que debía hacer.

—Y lo que le dijeron que hiciera —añadió alguien detrás.

El camarero levantó el volumen de la radio. En las noticias hablaban del fiscal general, de su independencia, de sus vínculos, de su serenidad cósmica.

—Ahí lo tienes —dijo Andrés—. El único que puede archivar un pecado antes de que se cometa es el presidente.

—Y resucitar un expediente si hacen falta votos —añadí.

Nos reímos. La risa en el bar del tanatorio siempre suena como un brindis en un funeral: desubicada, pero necesaria. Es casi como una cura ante una enfermedad irremediable.

Una vibración con sonido leve interrumpió el momento. Un móvil sonaba desde dentro del ataúd. Todos nos quedamos en silencio. El camarero arqueó una ceja.

—Debe de ser el fiscal —dijo—. Quiere confirmar que el muerto sigue guardando el secreto.

El tono del móvil insistió, agudo, casi burlón. Nadie se movió. Al final, cesó con un pitido breve, como si el difunto hubiera decidido ignorar la llamada por decoro institucional. Andrés levantó su copa.

—Brindemos —dijo—. Por los que mueren por error administrativo y por los que siguen vivos por falta de pruebas.

—Y por los que aún creen que la justicia tiene batería —añadí.

El camarero sonrió, limpiando un vaso con un trapo que llevaba meses triste.

—Mientras sigan viniendo políticos a este bar, el negocio está asegurado —dijo—. Aunque el futuro esté en manos del forense.

La viuda del muerto —o quizá su jefa de gabinete— se acercó a darnos las gracias «por acompañar al proceso». Parecía como si quisiera asegurarse que el muerto no nos había filtrado nada a los del bar.

—¿Al proceso? —preguntó Andrés.

—Al duelo —corrigió ella, tras pensarlo un instante.

Cuando se fue, el bar volvió a su calma de siempre. Los neones del tanatorio parpadeaban como si tuvieran dudas. Afuera, la noche se extendía con la parsimonia de un informe pendiente de firma.

Andrés miró su vaso vacío.

—¿Sabes lo que me preocupa? —dijo—. Que cuando todos estos se mueran de verdad, nadie sabrá quién archiva sus casos.

—Tranquilo —le respondí—. En el cielo deben de tener ya su propio fiscal general.

—¿Y si es el mismo?

Nos quedamos callados.

El camarero encendió la cafetera.

—¿Les pongo otra copa? —preguntó.

—Por Dios, amigo —dijimos al unísono—. Nadie tiene que saber si nos hemos bebido una, dos o tres copas. Se dice ¿les pongo una copa? Total, la verdad está muerta y el bar sigue abierto. Pero hay demasiados periodistas que no deben saber si nos hemos bebido una o cien.

—¿Y tú crees que en el cielo hay también cloacas? —preguntó.

—No te quepa duda —respondió, Andrés. A ese que están velando le han prometido ser asesor de San Pedro a cambio de llevarse crudo lo de la filtración.

—No somos nadie — Ni que lo digas, amigo. Ni que lo digas.

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